Con el director Adrian Sitaru
Pese a las sospechas generalizadas de que el fenómeno del cine rumano era poco más que una moda pasajera, año tras año se continúa confirmando la solidez de sus cineastas, con producciones que sobresalen como varias de las más importantes del panorama europeo actual. En la pasada edición del Festival de Cine de Mar del Plata, Rumania volvió a ser un país protagonista.
El nivel no ha decaído en lo más mínimo. El gran Cristian Mungiu –autor de la brillante Cuatro meses, tres semanas, dos días– volvió a impactar con Beyond the hills, película que acabó llevándose el máximo galardón de Mar del Plata; y a su vez, el menos renombrado Adrian Sitaru presentó Domestic,* un inteligente drama con toques de comedia que también formó parte de la competencia oficial y recibió ovaciones a salas repletas. Su película presenta, como en un cuadro coral, varias familias que conviven en un edificio y afrontan cambios vitales, transiciones y pérdidas, pero que son enfocados en su peculiar interacción con sus animales domésticos.
Pese al notorio cansancio del realizador rumano al ser interceptado por Brecha –ya había dado unas tres entrevistas a lo largo de la jornada– y a la presencia de una traductora que, forzosamente, afectaba la fluidez del diálogo, una breve conversación con él permitió echar cierta luz sobre su obra y sobre el nuevo cine rumano.
—Últimamente desde Rumania se viene produciendo anualmente un cine que tiene un lugar fijo en festivales, y estamos conociendo una buena camada de cineastas que dirigen con una calidad y una riqueza conceptual sorprendentes. ¿A qué creés que se deba este fenómeno?
—Realmente no lo sé, no encuentro una explicación. Desde mi punto de vista las escuelas de cine no son fantásticas, así que no creo que sea uno de los motivos. Para mí es casi un milagro que desde 2005 se hayan ganado tantos premios. Cristian Mungiu, Cristi Puiu, Cristian Nemescu, Corneliu Porumboiu: nunca tuvimos un grupo integrado, ni un programa, ni “un dogma”, sólo hacemos lo que nos gusta por nosotros mismos. Es verdad que a veces leemos nuestros guiones y nos comentamos cosas, pero no formamos un grupo real que planifique cosas.
—¿Entonces no te sentís parte de un movimiento?
—De alguna manera me siento parte porque todo pasa en estos últimos años, pero en realidad es difícil ver desde adentro si uno es parte o no de un movimiento. Cada uno se pone sus propias metas, sus propios desafíos, no tratamos de seguir lo que hacen los demás.
—Un rasgo muy particular del cine rumano es la abundancia de planos larguísimos, muy logrados y difíciles de concebir. ¿Sabrías decirme a qué puede deberse esta predilección por este tipo de planos?
—Creo que es una cuestión de gustos. No planificamos hacerlo así. De hecho en mi anterior película, Hooked, no usé esta clase de planos. Hay también otros puntos en común en el cine rumano: por ejemplo, en nuestras películas no estamos usando música, por lo general. Quizá sea porque tenemos influencias en común, gustos en común, por lo general influye mucho en nuestro estilo el cine de Kiarostami, o el de los hermanos Dardenne.
—Hay un rasgo en común a tu obra y es cierto abordaje de las peleas conyugales cotidianas. En Hooked concretamente había mucha violencia en una relación amorosa. ¿Creés que es algo que está vinculado a cierta forma de ser propia de los rumanos o lo sentís como algo más universal?
—Sería demasiado decir que es un asunto rumano. Quizá sean más bien mis problemas personales, mis obsesiones, los temas en los que más estoy interesado. La interacción familiar es algo que está en todos mis filmes, incluyendo mis cortos. Y sí, intento evitar los temas sociales o políticos, y que mis filmes representen preferentemente historias universales.
—En el cine rumano y especialmente en tus películas hay un componente humorístico importante, pero es un humor muy particular porque surge desde cierta incomodidad provocada por las situaciones. ¿Cómo creés que se logra este efecto humorístico?
—Hay un componente emocional que se mezcla con componentes hilarantes, y la audiencia se ríe porque además se siente reflejada y tocada. Con respecto al tema de la incomodidad, probablemente tenga que ver con que es un tipo de humor muy cercano a la comedia negra, en la que se cruza normalmente el drama con el humor.
—En Domestic los personajes canalizan sus angustias a través de sus mascotas, crecen y cambian desde su relación con ellos. Y en los animales se deposita tanto amor como violencia por parte de sus dueños, al punto que la película también lleva a pensar en los humanos como mascotas. ¿Era esta tu intención?
—Traté de retratar la cotidianidad. En el comportamiento humano, y muchas veces en el mío propio, está presente esta polaridad, este contraste entre el amor y la violencia que todos tenemos. En nuestro comportamiento estamos mucho más cerca de los animales de lo que pensamos, a pesar de creernos seres superiores. Esta dualidad yo mismo me la pregunté antes de hacer la película, por qué quiero tanto a los animales pero al mismo tiempo los mato para comer. No soy vegetariano, pero igual quise explorar eso y despertar incógnitas en ese sentido. En muchas maneras somos muy estúpidos en nuestras decisiones y en las formas en que nos comportamos, e intento mostrar eso a través de mis películas.
—Pasando a un tema más general, ¿cómo creés que influyó la censura imperante durante el período de Ceaucescu en la forma de filmar de los rumanos?
—Es una buena pregunta. Personalmente no veo a la censura como algo esencialmente malo, porque creo que cualquier forma de censura ayuda a los directores a volverse más creativos, a crear metáforas para hablar, por ejemplo del comunismo. Creo que sin este hecho no hubiéramos tenido tanto éxito fuera del país, hemos utilizado bien estos recursos. Por supuesto, la censura llega a puntos ridículos, como lo que está ocurriendo con Jafar Panahí en Irán.
—¿Qué viabilidad comercial tienen las películas rumanas dentro de tu país?
—La distribución dentro del país es muy mala. Y no sólo ocurre con el cine rumano, sino también con el cine europeo en general, el cine argentino, con las cinematografías de cualquier parte del mundo. El año pasado hubo una excepción, la película De caracoles y hombres, de Tudor Giurgiu, una comedia rumana que vendió 600 mil entradas en el país. Pero en realidad hay muy pocas salas y no se les da mucha difusión. En Rumania hay ciertos fondos para la distribución, pero eso no garantiza que la gente vaya al cine, no ayudan a generar audiencias. Los rumanos no van a ver películas rumanas. Los festivales en el exterior nos ayudan para que algún distribuidor nos vea y poder conseguir audiencias en el extranjero. n
* Domestic. Rumania, 2012.