Brecha Digital

Cosas que pasan

Hay un ansia de apocalipsis en el aire. Como si el todavía reciente final del milenio hubiera defraudado a todos. Será que ni siquiera tuvimos la fortuna de que se verificara el apocalipsis digital y2k, que amenazaba con provocar un caos informático cuando las computadoras interpretaran el 2000 como 1900 y se paralizaran hasta las licuadoras. Sea como fuere, el fin del mundo captura la imaginación de las personas, y a veces hasta sus corazones: en 2011 era el cometa Elenin el destinado a extinguirnos, en 2012, según los mayas o más bien según sus malos intérpretes, sería un planeta o una enana marrón –llamada Nibiru o Planeta X–, o un asteroide, o la alineación de los planetas o todo lo anterior, los destinados a borrarnos del mapa. Sin embargo, no habían pasado ni un par de meses de habernos salvado de la extinción cuando un nuevo peligro asomaba en los cielos: el asteroide 2012 da 14. Previsiblemente, no se escuchó a los que hasta el 21 de diciembre pasado leían el calendario maya como un oráculo de la salud del planeta, llamar a la tranquilidad, en vistas de que habiéndose iniciado lo que los mayas llamaban un nuevo período largo, el mundo no será destruido por lo menos en los próximos 5.200 años.
Sin embargo, si bien el riesgo era inexistente, por lo menos había algo de verdad en el asunto: el asteroide 2012 da 14 pasaría bastante cerca de la Tierra. Tan cerca como para entrar en el anillo donde orbitan los satélites meteorológicos, de comunicaciones, y la propia estación internacional. Una roca de 45 metros disparada a 468 quilómetros por hora no es algo que alguien quiera volando por los alrededores, y es verdad que su pasaje a una distancia 13 veces menor a la que nos separa de la Luna es una ocurrencia importante para un objeto de ese tamaño. No es que no hayan pasado otros asteroides tan o incluso más cerca de la Tierra, pero eran más pequeños.
Pero finalmente 2012 da 14 pasó por donde tenía que pasar y no volverá a estar tan cerca por lo menos en los próximos 30 años. Lo que no estaba previsto era el meteorito ruso que surcó los cielos de Cheliábinsk. Y fue hilarante. Son esas cosas las que deberían tentarnos a pensar por un momento que Dios existe, porque la broma fue muy ocurrente: es como si antes de recibir el flechazo en la manzana, alguien le tirara una pelotita de papel en el medio de la frente a la ayudante de Guillermo Tell.
En el último siglo Rusia parece haber ejercido un atractivo particular para los meteoritos. Es el país más grande del mundo, está bien, pero no deja de ser curioso que el último gran episodio de esta índole, el conocido como “el bólido de Tunguska”, ocurriera en Siberia en 1908. La Rusia zarista no investigó demasiado la explosión que devastó más de 2 mil quilómetros de taiga, más interesada en atribuir al episodio las características de castigo divino por las turbulencias políticas y sociales de principios del siglo xx que de encontrarle una explicación científica. Las fotografías del evento son verdaderamente impactantes, y su relativa oscuridad ha favorecido que haya sido tomado, por ejemplo, por Thomas Pynchon en su novela Contraluz. Es que si bien hay suficiente evidencia de que la devastación fue causada por un meteorito, hay una teoría que a Pynchon le venía como anillo al dedo: aquella que atribuía la explosión a un experimento del físico Nikola Tesla. La historia cuenta que Tesla estaba dispuesto a probar la transportación inalámbrica de energía a cientos de quilómetros de distancia, para lo que había construido una enorme antena con la que dirigía su “rayo de la muerte”. En 1908, Robert Peary se dirigía al Polo Norte cuando Tesla le pidió que estuviera atento a cualquier actividad inusual. El 30 de junio de 1908 Tesla apuntó su rayo hacia el Ártico y lo encendió, pero ni los diarios ni Peary reportaron nada inusual. Mientras tanto, en Tunguska todo voló en pedazos: Tesla desarmó rápidamente su antena, convencido de haber causado el desastre pero también seguro de su genio. Muy a su estilo, Pynchon le da el crédito también por haber dado pie a la leyenda de Rudolph el Reno, volando con su nariz roja, guiando a Santa Claus por los oscuros bosques en invierno… Es que el bólido de Tunguska barrió miles de árboles y renos: ligar a Rudolph y su nariz luminosa con el mago de la luz Nikola Tesla y una gran explosión es un chiste muy de Pynchon.
De modo que unas 16 horas antes de que el asteroide 2012 da 14 efectivamente nos esquivara, gracias a la reciente moda rusa de poner cámaras de video sobre el tablero del auto todo el mundo pudo ver la bola de fuego atravesando el cielo de los Urales y ponerse a especular sobre si Abraracúrcix, el jefe de la aldea de Asterix, no tendría razón y una de las cosas a temer es que se caiga el cielo sobre nuestras cabezas. Lo peor es que al día siguiente en California y Cuba se avistaron otros dos meteoritos de menor tamaño atravesando el cielo. Algo que sucede con frecuencia, pero que debido a la confluencia de todos ellos, pareció indicar que algo verdaderamente extraño estaba sucediendo. En rigor, un evento como el de Cheliábinsk ocurre una vez cada cien años, mientras que impactos menores suceden decenas de veces cada año.
Hoy día está mapeado el 90 por ciento de los asteroides que orbitan en las cercanías de la Tierra y cuyo diámetro es mayor de un quilómetro, y tras el incidente ruso se han sumado varias voces que piden invertir más en el mapeo de objetos de menor tamaño. El video ruso ha asustado a muchos para quienes la palabra meteorito está directamente relacionada con la extinción de los dinosaurios, y aun los menos apocalípticos han corrido a señalar que si el meteorito de Cheliábinsk hubiera llegado intacto a la Tierra e impactado contra alguna de las centrales nucleares de los Urales, donde están depositadas enormes cantidades de desechos radiactivos, la catástrofe hubiera sido inmensa. No es que no pueda suceder, pero es como en las películas de cine catástrofe: en ellas, si caen cinco meteoritos le dan justo a la Estatua de la Libertad, la torre Eiffel, la Basílica de San Pedro, el Cristo Redentor y la torre de Pisa.
Hoy día uno de los mayores riesgos de que nos pegue un objeto cercano a la Tierra lo representa el asteroide 1950 da. Si la roca mantiene su órbita actual, se acercará a la Tierra el 16 de marzo de 2880. Hasta entonces su órbita variará levemente y dicha variación puede resultar en dos trayectorias: una que esquiva la Tierra por decenas de millones de quilómetros y otra que lleva la probabilidad de impacto a una en 300. Los humanos tenemos 867 años para pensar cómo evitar el choque. Mientras tanto, podemos ir meditando sobre el primer largometraje de cine catástrofe uruguayo, cuyo precedente más inmediato será Ataque de pánico, de Fede Álvarez. En él, efectivamente, el asteroide chocará contra la Tierra, impactando exactamente en el estadio de Maracaná. Viniendo de Uruguay la película seguramente se llame “1950 da (Después de Alcides)”.

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