Un Stone de galera
- Última actualización en 22 Febrero 2013
- Escrito por: Roberto Robertson
200 años de Verdi en el SODRE: crónica de un ensayo
Si la posibilidad de una nueva gira de los casi septuagenarios Rolling Stones es motivo de renovado asombro, qué no decir de la vigencia de Verdi a sus 200. Este 2013 tiene el 10 de octubre marcado en rojo con el bicentenario del nacimiento del autor de “Aída”. Montevideo le dedicará una gala lírica este sábado 23 en el Auditorio Adela Reta.
Ocho y media de la mañana, martes. Los estímulos climáticos son contradictorios. El cielo gris incita a transitar las calles del Centro con ese ritmo contrariado de quien aún no ha terminado de despertar. Sin embargo la temperatura, algo más fresca que en días anteriores, ayuda un poco a que el tejido muscular de la ciudad se tense y deje atrás, como una piel provisoria, la somnolencia del verano más largo del mundo.
Las puertas del Auditorio Adela Reta están cerradas salvo la entrada del personal, ubicada sobre la calle Florida. Pasan cinco minutos de las nueve. Dos muchachas, espigadas y ágiles, dan grandes zancadas y se pierden en dirección hacia donde han de estar preparando La sílfide, que el Ballet del sodre estrenará el 14 de marzo.
La sala de ensayo de la gala lírica por los 200 años de Verdi, con la que mañana se inicia la temporada 2013, queda en sentido opuesto. Dos pisos por escalera y se llega a una pecera en la que está instalada la Orquesta Sinfónica. Los músicos ocupan todo el espacio contenido por paredes revestidas de madera clara. Hace al menos diez minutos que comenzaron su trabajo. Si la vieja palabra griega “orquesta” significaba “lugar para danzar”, aquí no queda sitio ni para arrimar una silla. En la base del radio de ese semicírculo, un hombre en los treinta y pico está sentado en un asiento algo más alto que los demás, con barba candado y en mangas de camisa. Desde ahí se despliegan cuerdas, maderas y metales hasta llegar a un solitario timbal, apretado por un piano en desuso y el escaso par de sillas que sobran.
“No, así, no. En esta parte el padre de Aída pide clemencia al rey de Egipto. Lo están haciendo como si en vez de pedir clemencia la exigiera.”
La orquesta suaviza su voz y entonces sí, queda conforme.
Como un director técnico en medio de una práctica de fútbol, el chileno Víctor Hugo Toro va deteniendo las acciones para remarcar algo, acomete fragmentos aislados como si en determinado momento se concentrara en la definición de los delanteros y luego quisiera ver cómo la defensa se planta frente a un tiro de esquina en contra; después marca un punto de la partitura, dice “Tutti”, y deja que los players ensayen un segmento entero.
Todo lo comunica con un lenguaje propio del submundo sinfónico. Abundan los piano, los pianissimo, los forte, intercalados con letras que han de significar zonas de la partitura y con indicaciones más precisas, tales como “cinco antes de hache”. Argot puro. A veces es la música la que hace de traductora para el oído neófito: “Ahora salteamos una negra”, dice Toro, y aunque se ha pensado que es otra indicación sólo inteligible para iniciados, cuando la orquesta ejecuta lo pedido se identifica, claramente, en determinado punto, el vacío, el lugar donde debía estar la nota que se ha salteado. En otros momentos el director tiene que ir más allá. No alcanzan letras, números, notación, ni siquiera las convenciones de la dinámica. Debe recurrir a la metáfora: “más oscuro” o “casi teatral”. Y en efecto, así suena.
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