Nuevas bases para un viejo ritual
- Última actualización en 22 Febrero 2013
- Escrito por: Ronald Melzer
Oscar 2013
El ritual, tan caro a la industria como al arte, no ceja. El último domingo de febrero se repartirán los premios Oscar en una ceremonia que por televisión o por Internet verán cientos de millones de personas; más millones, en todo caso, que los que están dispuestos a pagar una entrada de cine para asistir a la(s) película(s) premiada(s).
¿Nada nuevo bajo el sol o bajo las luces de los reflectores del teatro Kodak de Los Ángeles? Depende de lo que se entienda por “nuevo”, o por “viejo”, o del tiempo que se fije para delimitar lo uno respecto de lo otro, o de lo que se busque. En rigor, algo importante, suponiendo que toda esta cuestión pueda tildarse de “importante” y que está en fase de cambio. De cambio continuo.
Está cambiando el concepto de calidad y están cambiando las coordenadas dentro de las cuales se deciden éxitos y fracasos de taquilla. Desde la primera premiación, en 1929, en la que se impuso la película Alas, hasta los años setenta u ochenta había concordancia, no absoluta pero concordancia al fin, entre lo que con las manos votaban los académicos y lo que con los pies votaban los espectadores. Los académicos son las personas que en Estados Unidos hacen las películas y luego, con las correspondientes garantías del secretismo, eligen lo que a su juicio merece ser elegido. Los espectadores son los que, por definición, consumen lo que aquellos les proporcionan. Unos y otros suelen interactuar, al menos en aquellos tiempos interactuaban fuertemente. Gran Hotel (mejor película en 1932), Lo que el viento se llevó (1939), Ben Hur (1959) y El padrino (1972) tuvieron buenas críticas y recaudaron cifras siderales. Un Oscar a mejor actor o mejor actriz reconocía o lanzaba a una estrella. Las excepciones a estas reglas, como Annie Hall (1977) o como el reconocimiento en 1975 a la actriz de Atrapado sin salida, Louise Fletcher, fueron escasas y sólo se dieron hacia el final del período señalado.
Un período en el que no se podrían haber concebido los presuntos exabruptos del galardón máximo para Belleza americana (1999) y Sin lugar para los débiles (2007), por no hablar de la anacrónicamente muda y en blanco y negro El artista (2011). Se trata de películas que, legítimamente, los académicos consideraron las mejores de sus respectivos años, con independencia de que, antes de la premiación, las masas hayan acudido o no a verlas, o, después de ella, se dispusieran a hacerlo. Siguiendo la misma lógica, la mayoría de las películas más populares de 1999, 2007 y 2011 ni siquiera alcanzaron la instancia de la nominación.
Con las variantes del caso, esta situación se repite con los nuevos Oscar. Cabe, ya, hablar de tendencia. Enumeremos cuatro de las causas que motivan y en buena medida fundamentan la tendencia. Uno, el sensible acortamiento de las “ventanas” de exhibición, lo que lleva a que a fines de febrero una parte de las competidoras ya no integren la cartelera; eso torna irrelevantes o poco relevantes los efectos económicos de los premios. Dos, el peso abrumador de la parafernalia de efectos especiales que convierte en populares o en “vendibles” productos más dependientes del aspectos técnicos que de los supuestamente artísticos. Tres, el furibundo avance de las nuevas tecnologías y su efecto sobre modalidades de exhibición, sobre gustos muy emparentados con mentalidades adolescentes y poco emparentados con lenguajes más puramente “cinematográficos” –signifique eso lo que signifique–, y sobre la manera en que se hacen o se deben hacer los productos que aspiran a ganarse el favor de los teenagers, única franja etaria capaz de engrosar en términos millonarios las taquillas y que no está representada en esta votación. Cuatro, el hecho de que, al contrario que sus colegas de treinta o sesenta años atrás, los hacedores del cine actual se han educado en universidades –muchas veces en carreras comunicacionales o artísticas– y se consideran a sí mismos informados, cultos y sensibles; más allá de conveniencias laborales, optan por lo que consideran un alimento para su espíritu, no para su bolsillo.
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