Brecha Digital

Tensión y dramatismo de la forma

La obra de Eduardo Díaz Yepes

Desde hacía décadas no se había logrado una reunión tan importante de piezas escultóricas de Eduardo Díaz Yepes (Roda, 1910-Montevideo, 1978). La muestra1 supone una revaloración de su aporte a la cultura uruguaya en sus múltiples ramificaciones y vínculos, tanto en el ambiente local como con la plástica peninsular.

 

Las dificultades de la iluminación de las salas, inherentes a la exhibición de conjuntos escultóricos de distintos formatos, han sido sorteadas con éxito. Se echa de menos una información más precisa sobre técnicas y materiales, imprescindible en tanto la escultura de Yepes incursiona en nuevas materias como la resina poliéster e integra elementos naturales diversos –piedras incrustadas en madera, laminado en metales, amatistas de fondo, etcétera–. El negro de las paredes y pedestales refuerza cierta atmósfera tenebrista propicia a la obra de este español que en dos etapas recalaría en suelo uruguayo. La primera, de 1934 a 1936, con Olimpia Torres y su futuro suegro Joaquín Torres García, y la segunda a partir de 1948 ya con Olimpia y dos hijos, familia constituida, para radicarse definitivamente y obtener la carta de ciudadanía: más allá de cualquier señal oficiosa se hace palmaria la contribución de Yepes al entendimiento local de la escultura como capital simbólico. Y este hecho relevante viene dado por dos razones.
En primer lugar, por la actividad docente en el Taller de Escultura en la Escuela Nacional de Bellas Artes y en el Instituto de Bellas Artes San Francisco de Asís (1955-64), aporte fundamental para la renovación de los presupuestos escultóricos en el momento que la región asiste a fenómenos de internacionalización de la producción artística –exposiciones clave provenientes de España, influencia del expresionismo abstracto– e ingresan en la conciencia artística local las vanguardias de posguerra a través de las primeras e influyentes bienales de San Pablo. Frente a otras opciones formativas como las que ofrecían entonces Severino Pose y Juan Martín, Yepes representa la apuesta renovadora. Octavio Podestá, Silvestre Peciar, Adela Neffa, entre otros alumnos, se verán absorbidos por esa presencia potente y esa atmósfera seminal, que trasciende incluso el hecho de que el mismo Yepes descreyera de las posibilidades de la soldadura y otras técnicas ajenas al barro, en las que algunos de sus alumnos incursionarían más adelante con buena fortuna.
En segundo lugar, y sin contradecir sino más bien con afán de complementar y explicar lo anterior, Yepes prosigue con una línea de investigación sobre los usos –hoy diríamos sociales– del arte escultórico tal como fue entendido desde antaño, es decir, en su capacidad “cristalizadora” de valores humanos encomiables. Por ejemplo, los bustos y retratos de personalidades vernáculas que lleva a cabo –Artigas (1963), Batlle y Ordóñez (1955), Emilio Oribe (1948), Susana Soca (1960), Carlos Vaz Ferreira (1958), Beatriz de Haedo (1955), Paco Espínola (1965), Renée Pietrafesa (1977) –siempre tamizados por un sistema expresivo y psicológico particular– o la estatuaria religiosa que es conducida hacia un sendero de innovación –véase la colaboración con Eladio Dieste para la Iglesia del Cristo Obrero, en Atlántida– y hasta los encargos de las llamadas artes derivadas –personajes de Peloduro para carros alegóricos del Carnaval (1935)– o “menores”, hoy más relacionadas con el diseño, como los trofeos y estatuillas conmemorativas –con la prueba del aún vigente premio Florencio Sánchez–. De este modo, además de la decisiva contribución de la escultura en espacios públicos, Yepes despliega un rol articulador que tiende una red de vínculos –personales, familiares, amistosos, laborales– de carácter cohesivo y multiplicador. Estas funciones sociales, es justo señalarlo, son cumplidas por otros escultores en actividad, pero en la fuerte convicción creativa, en el vertebrado compromiso social –milicia republicana mediante en la guerra civil española– y en los resultados plásticos obtenidos, definen una personalidad de protagónica influencia en nuestro medio.

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