“Psicosis”: en el nombre de la madre, del hijo y del espíritu de Hitchcock

cine de ayer mirada de hoy

La primera exhibición pública de Psicosis tuvo lugar en Nueva York el 16 de junio de 1960. Fue, en la medida de aquellos tiempos, un acontecimiento mediático. La popularidad y el prestigio que Alfred Hitchcock podía exhibir como ningún otro director del sistema, el enorme éxito de su película inmediatamente anterior Intriga internacional, el halo de misterio que se creó artificial o naturalmente en torno a su rodaje, la expresa y ampliamente publicitada prohibición de ingresar en la sala una vez comenzada la proyección y la invencible eficacia de un tráiler que durante la friolera de ¡cinco minutos! acompañaba al director en persona en su recorrida por el motel que regenteaba Norman Bates (Anthony Perkins) y por una casona adyacente donde se suponía que moraba la madre de éste, alimentaron una expectativa que, una vez que se le vieran las patas a la sota, corría el grave riesgo de ser tildada de desmedida. Hitchcock tenía razones adicionales para sentirse ansioso y, acaso, preocupado. La película era en blanco y negro; en aquellos tiempos algo raro, no tanto como ahora pero raro al fin para una película “clase A”. La protagonista femenina (Janet Leigh), una suerte de vehículo oficioso que transportaba las emociones de un espectador irremediablemente identificado con ella, era una mujer de costumbres licenciosas que practicaba el sexo con un hombre casado (John Gavin), luego se convertía en una ladrona que engañaba a su jefe y a un cliente y, para colmo, moría exactamente a la mitad del metraje: para una audiencia forzosamente pacata, tres anatemas al precio de uno. Y a modo de redondeo, el “rey del suspenso”, como con ligereza se lo llamaba entonces, cambiaba de género y viraba al terror gótico, nocturno, fantasmal. Era un operativo riesgoso.
Casi 53 años más tarde ya no lo parece, e incluso hay que hacer un esfuerzo mental y hasta una frugal investigación para imaginar un riesgo estrictamente fechado en 1960. Ocurre que pocas películas cambiaron tanto en tan “poco” tiempo aunque nadie haya alterado un fotograma del original. Con la misma ligereza reduccionista que sus antecesores de las décadas del 50 y del 60 pero bajo un rótulo distinto, los espectadores de hoy suelen identificar a Hitchcock como un viejo manipulador de sustos o, en todo caso, como un perverso ejecutante del decálogo del “humor negro”; además, con el tiempo Psicosis se convirtió, gracias al público, a un sector de la crítica, a varios libros de texto, a media docena de secuelas torpes y oportunistas y a una innecesaria remake cuadro a cuadro pero en colores a cargo de Gus van Sant, en su película más famosa: en conclusión, ninguna sorpresa desagradable podría aguar el festín. Por otra parte, gracias a que otros directores le han dedicado cientos (literalmente) de citas, homenajes y parodias a su secuencia más famosa, que es precisamente la del asesinato en plena ducha de la pobre señorita Leigh a manos de Bates/Perkins o de su señora madre, ya no queda espectador que no sepa que esta protagonista “pierde”, y rápido. A su vez, una mirada en retrospectiva permite comprobar que la película calza a la perfección con buena parte de la sintomatología Hitchcock más reconocible. Como en Rebecca (1940) o Cuéntame tu vida (1945), la explicación psicoanalítica de conductas sospechosas, cuando no criminales, resulta la más plausible. Como en La ventana indiscreta (1954) y Vértigo (1958), la sustitución de personas es un móvil dramático que ahora alcanza ribetes trágicamente edípicos en el o los personajes que interpreta Perkins e, incluso, policiales, con la súbita irrupción de Vera Miles como la hermana curiosa de la desaparecida Leigh. Como en toda la carrera del director, hay un McGuffin, excusa argumental que al final se torna irrelevante para que todos los personajes se busquen, se persigan, se espíen y se celen: ese papel lo cumplen los 40 mil dólares que la ladrona ha mal envuelto dentro de un diario. Y hasta podría haber un “falso culpable”: ¿Perkins, su madre, los dos, una mezcla de ambos? Psicosis es puro Hitchcock, no sólo un Hitchcock puro.
Sigue siendo, también, puro cine. El envoltorio terrorífico ya no sorprende como antes y la perorata final de un psiquiatra “invitado” limita otras interpretaciones a una trama más sugerente que creíble, pero en contrapartida se filtran, con más claridad que otrora, otros rasgos de su genialidad como cineasta. Sobran ejemplos: el sinuoso barroquismo del músico Bernard Herrmann, los dibujos de los pajaritos y el águila embalsamada que decoran, por así decirlo, los cuartuchos del hotel Bates, los dobleces gestuales de Perkins, la socarrona altanería del detective privado que compone Martin Balsam, adquieren en manos del maestro del suspenso –y del terror– una aureola turbulenta que multiplica el valor y el sentido de lo que se ve y lo que se oye. Como consecuencia se adivina y se escucha, a lo lejos, la risa soterrada, en sordina y, en definitiva, lasciva, de un titiritero que ha logrado lo que, en la pantalla, pocos: convertir la obsesión propia en un objeto artístico compartible por los demás. 

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