“Post Tenebras Lux”
La película que por ahora gana por goleada a todas las exhibidas hasta ahora es Post Tenebras Lux, del siempre polémico cineasta mexicano Carlos Reygadas (Japón, Batalla en el cielo, Luz silenciosa). Según cuentan, en su estreno en Cannes, terminada la proyección exclusiva para la prensa se hicieron sentir en la sala los silbidos y los abucheos por parte de los periodistas presentes. La explicación para este comportamiento seguramente se deba al carácter fragmentario de la película, a la ausencia de una narrativa clara. Se trata de una sumatoria de escenas que en muchos casos no tienen aparente continuidad, ni coherencia, ni relación entre ellas. Es verdad que hay una anécdota central, pero ella tampoco acaba resolviéndose con claridad. Reygadas dijo públicamente sentirse halagado por los abucheos, y que si sus películas no fueran abucheadas estaría preocupado; para rematar dijo que los programas de televisión son “el peor veneno del mundo de hoy” y que sin embargo nunca son abucheados. Pero aun con la mala recepción por parte de algunos sectores de la crítica, Reygadas se llevó el premio a mejor director en el festival ese mismo año.
No es la primera vez que ocurre algo así. Uno de los abucheos más famosos de Cannes fue el que recibió Antonioni en 1960 finalizada la proyección de La aventura, y como se sabe, esta actitud fue la que llevó a otros críticos a defenderla enfáticamente, y la historia acabó dándoles la razón (La aventura está presente en todos los tops de mejores películas del siglo xx), como para subrayar que la prensa suele equivocarse. En el caso de Reygadas, la cosa es más incomprensible aun, ya que Post Tenebras Lux es una obra dotada de buen rítmo, de personajes llamativos y un conflicto constante. Pero la necesidad de “entender” todo en una película seguramente haya sido lo que llevó a muchos al rechazo.
Lo inconcebible es que más allá de los cabos sueltos no se haya percibido lo poderosas e impactantes que son algunas escenas, lo envolvente de los climas, la agudeza y la certeza en plasmar cierta visceralidad humana. La primera escena, de una niña de unos 3 años adentrándose sola en un campo entre barro, vacas y perros mientras la noche va cayendo y empieza a avecinarse una tormenta eléctrica, es uno de los fragmentos más brutales que haya dado el cine en los últimos años. Y marca desde ese comienzo la impronta que recorre todo el filme, una atmósfera onírica, dominada por una sensación de alerta ante un peligro constante, a veces de origen incierto. Pero incluso los momentos que parecen completamente enigmáticos y descontextualizados –la aparición de un demonio fluorescente que recorre las habitaciones de una casa, los preparativos de un equipo adolescente de rugby– están directamente relacionados con los instintos más básicos y primitivos del ser humano, cómo esas pulsiones son algo universal que trasciende las fronteras y los estratos sociales. De todos modos hay una anécdota sólida que recorre la película: una familia que vive en el México rural junto a sus dos hijos parece encontrarse al borde del agobio y la ruptura. El nihilismo rasante roza la pesadez existencialista, en una de esas herméticas películas que se quedan en la cabeza del espectador, y que lo invita a reincidir con segundos y terceros visionados.