Diario de juventud
- Última actualización en 08 Marzo 2013
- Escrito por: Lucía Secco
Idea antes de Idea
Desde sus 16 años, y aun antes, desde los 11, en unos cuadernos que se perdieron, Idea Vilariño llevó un diario íntimo que continuó escribiendo hasta dos años antes de morir. Se edita ahora un volumen que abarca lo escrito entre sus 16 y sus 25 años, y del que BRECHA da este adelanto exclusivo.
Es una Idea desconocida la que traen las páginas de este Diario de juventud, una Idea anterior a la generación del 45, a Onetti, a Marcha, a sus canciones políticas, a sus Poemas de amor, sus Nocturnos, su Pobre mundo. Es el diario de una joven que todavía no ha decidido su vocación; estudia violín, aprende pintura, escribe poemas, pero también hizo preparatorios de derecho y comenzó los de medicina y va a las conferencias de Vaz Ferreira. Estas páginas inéditas registran una educación sentimental, el descubrimiento del amor, primero en devaneos superficiales y luego en experiencias hondas y complejas. Son años de pérdidas, la muerte del padre y de la madre, y del padecimiento de una enfermedad entonces aparentemente incurable que lacera su piel y humilla su belleza. Diario de juventud permite asistir a la creación de una poeta que fue construyendo su soledad como una manera de alcanzar la poesía. Damos aquí un adelanto de distintos años y momentos; hemos omitido las notas que lleva la edición que a partir de hoy estará en librerías.
De “Memoria primera”*
Mi abuelo Leandro (Lolo le llamábamos, porque a mi abuela Dolores le decíamos abuelita Lala) murió pronto, tal vez antes de nacer yo. Era asmático. Y pienso si lo habrá dañado como a mí el polvo de cal. Le tengo apego al único retrato suyo que conservo, a su rostro delicado y tranquilo de donde vienen, creo, algunos rasgos nuestros. No sé cuándo compró ese local de la Calera vieja; tal vez poco después de venir de España. Parecen haber tenido bienes allá. Tuvimos los papeles como de una sucesión en que se detallaban construcciones, bienes muebles, herramientas, con tono escribanil. Nada del otro mundo. Un día papá, ordenando la gran caja fuerte, los partió en pedazos y los echó al canasto. Yo recogí algunas tiras que aún conservo. Por 1936? recibimos unas cartas de España en que un notario o algo así nos invitaba a participar en los gastos de una sucesión, porque heredábamos unas tierras. Papá dijo que todo se iría en pagar abogados, y que nada nos darían esas tierras sino problemas y gastos –aunque fuera linda la idea de tener un pedazo de verde junto a las rías–. Lolo se casó en Montevideo con Lala. Eran –ella, por lo menos, era– de la Parroquia de Cesullas, Puente Ceso, La Coruña, un hermoso lugar, entre las rías, de un verde maravilloso, que siempre nos prometimos visitar papá y yo, pero que después visité sola, en 1954. Hay una serie de pueblos por allá que se llaman Santa María de Vilariño y otros semejantes –incluyendo el apellido, un diminutivo de villa, supongo–. Pero no sé si Leandro vino de uno de ellos o de la misma parroquia. Mi abuela decía que fue pastorcita de sus ovejas y contaba que una vez se encontró con un toro malo cuando iba con una falda roja. Corrió, y el toro tras ella. Quedó tendida en el suelo y el toro pasó sobre ella. Eso recuerdo. Y alguna canción que me enseñó a escandir los versos de gaita gallega:
Toca a frauta, Domingo gaiteiro.
Toca a frauta. Non quero, non quero.
Non é que non queiras, é que non sabes.
O que che falta é a habilidade.
Cuando estuve en Galicia, en Santiago de Compostela, un famoso artista gallego de cuyo nombre no puedo acordarme se lamentaba por ver entonces –la guerra, los curas, el franquismo– a todas las campesinas gallegas de opaco y riguroso negro, después de haberlas conocido siempre de amarillo y rojo, con aquellos pañuelos multicolores, que venían de Checoeslovaquia, creo. Esa anécdota, creo, era lo único que me enteraba de que mi abuela Lala no había sido siempre una anciana de negro de gran y alto moño gris, de cabellos muy finos, parca, y como desinteresada de los niños. Sus únicos regalos eran dineros –sólidos– para nuestras alcancías, que no nos interesaban. Con eso, después, nos compraron nuestro primer piano. —Qué bien tocás, papito, decíamos cuando la primera noche que estuvo en casa, papá se sentó al piano y, con un dedo, comenzó a tocar fragmentos de arias de ópera que conocíamos tan bien. Pero eso fue después –¿mis seis años?–. Sé que durante la Guerra del 14, la Calera, que había sido próspera y mantenido bien a mi abuelo y sus cinco hijos, se arruinaba, y papá, el mayor, tuvo que salir de su casa y trabajar en una confitería del Paso del Molino, así llamada. Después de morir mamá, él comenzó a ir al Paso muchos fines de semana. Nos lo decíamos, pero nadie se animó a ser lo bastante amigo como para preguntarle a quién iba a ver, ni si había encontrado allá amigos. Volvía a la hora de cenar y suponíamos que había encontrado a alguna novia de su juventud. Él era tan respetuoso para con nosotros, tan incapaz de preguntarnos lo que no decíamos, y hablaba tan poco de sí mismo. Pero creo que hubiera sido bueno preguntarle y que si no lo hicimos fue por una especie de fidelidad a mamá. Hubo una mujer agradable que, cuando él murió, estuvo allí y, después de preguntarme si yo era Idea, se abrazó de mí llorando desconsoladamente. No me animé a preguntarle, y nunca supe quién era. […]
31 de agosto de 1940
Mamá murió el 16 de este mes.
Diciembre de 1940
Cuando estaba preparando mis exámenes de Medicina, ya enferma, deshecha, escribía: “Qué días más raros estos míos. Vivo sintiendo la vida de cada instante porque siento que al siguiente estaré muerta (supongo que aquellas terribles distonías neurovegetativas). La cabeza, ah, la cabeza me enloquecería si fuera un poco más débil. Estas sienes apretadas, este latir continuo, este tambor sonando día y noche, amenazando romper las cansadas arterias. Y mientras tanto, estudiar de la mañana a la noche porque nada de lo que leo queda. ¡Cómo ha de quedar si tiene más presencia esa batahola que las letras! Y pienso que debía pasar mis últimos días entre cosas muy distintas a las fórmulas de física. No tengo miedo. Si no tuviera que pensar en ellos terminaría esto enseguida. Ahí está el gas. Estoy hastiada de este desprecio por todo que ha ido creciendo a medida que conozco gentes y cosas. Ah, qué asco, qué imbéciles son. ¡Cómo no ven! Dicen que tienen conciencia ¿pero conciencia de qué? Mi gata ha tenido cuatro animalitos que lloran y maman y se arrastran con los ojos cerrados. Así ellos”.
Junio 8, 1941
Hace un año que no escribía. Ahora creo que va a ser muy distinto. Quiero empezar hablando de ellos: de Sylvia y de Claps.** Desde hace varios meses ella es la playa en que descanso después de mis naufragios. He sido débil. Primero ese amor inmenso, loco, que tal vez nadie sospechó en toda su plenitud, en toda su grandeza y que ni yo misma pude decir acabadamente nunca. Después, el duro golpe. Y después la llegada a una cumbre en que el clima es demasiado seco, es demasiado frío para cualquier flor. Y, después, la enfermedad. Pero siempre quedaba en pie la amiga, la primera, la única tal vez, ofreciendo el apoyo de sus brazos y la calma de su playa. Yo sé que esa calma esconde a veces oscuras corrientes subterráneas. Pero siempre está allí su alma bella y serenísima como un piano, como el cielo, esperándome. Él recién llega. Ya le conocía desde el año pasado, en las clases de Oribe y de algunos conciertos. Me atraían su actitud, sus ojos cuando oía y que ni me viera. Hace algún tiempo Sylvia le dio mis versos. Después nos vimos alguna vez a la salida de las clases de Oribe o de Cáceres, hablando poco y mal. Separados y lejanos. ¡Dijo tantas veces que iba a venir! ¡Lo esperé tantas tardes! Un día le escribí una carta sin pensar en dársela ¿o sí? Sylvia insistió en que debía leerla, y se la dio.
Decía:
Amigo mío: estoy triste. Desde que llegué del teatro estuve pensando en usted, en mí, en los lazos que nos unen y en las distancias que nos separan.
Ahora voy a tenderle por última vez la mano. Ustedes dicen que yo me voy a los extremos (Oribe: Idea es una mujer de todo o nada). En ciertas cosas sí: usted será mi amigo o no lo será. Usted me dio no hace mucho una poesía de Rilke bajo la cual decía “M A Claps –para él y para sus amigos”. En esos días yo leía sus poesías y usted las mías. Yo comprendí sus versos. Sylvia me dijo que a usted le gustaron los míos. (Usted nunca me dijo nada.) Yo, una vez que los leí le dije a Sylvia que quería hablarle. Tenía que decirle algo. Usted dijo que vendría. ¿No ha podido? ¿No ha querido? A mí me duele ese alejamiento. Nunca tuve amigos. Llegó Sylvia. Después usted y fue su amigo. Casi desde ese momento fue también mi amigo. Yo lo iba conociendo por intermedio de ella. Poco a poco lo hacía mío. Cuando nos encontramos y lo quise tomar se me deshizo entre las manos como una pompa de jabón. No quedó nada. Desde entonces se me está escapando. Yo sé que mi manera de ser le ha chocado. Pero es que a mí me llegó la hora del desprecio en plena juventud. Estoy un poco deformada y un poco fuera de ambiente. Entonces veo distinto y juzgo de otra manera. Todo lo que me suena a hueco me repugna y provoca sus reacciones que le disgustan y mi lenguaje se hace brusco y se resiente porque hablo poco y desde no hace mucho tiempo de esa manera y me faltan las palabras.
Claps: he vuelto triste del concierto. Yo me pregunto cómo es posible que sintiendo lo mismo, amando las mismas cosas y hasta las mismas personas se pueda estar tan lejos; sobre todo nosotros que estamos tan unidos por Sylvia. Si me parece que eso hasta me aleja de ella. Por eso le hago este último llamado.
Cuando Sylvia le dijo la otra vez que viniera era sobre todo porque yo tenía que hablarle. Pero pensábamos en otra cosa. Mi casa es fea. Pero soy dueña de una habitación con algunos libros, algunas flores, donde se puede estar solos y en la que podríamos reunirnos los tres para hablar o para quedarnos callados. S y yo hicimos de ella un refugio en que vivimos tardes tan hermosas y tan llenas de poesía, de Oribe, de música y de todo lo que amamos, que quisimos compartirlo con usted. ¿Es que no quiere? ¿Acaso usted no crea posible la amistad entre ambos sexos a no ser con seres excepcionales como Sylvia? Si eso fuera, Claps, olvídelo. Aunque yo no estoy hecha de la misma pasta que ella, nunca me podría enamorar de usted. En el primer lugar porque su gran amor por su novia hace de usted una especie de “luz defendida” y, además, porque yo también estoy defendida por algo similar. De todos modos, se puede intentar; a los veinte años se puede realizar lo irrealizable. En fin, amigo mío, yo he dejado de lado mi amor propio para no tener que reprocharme una cobardía. No tiene necesidad de contestarme. Su conducta me lo dirá.
De todos modos, yo seré su amiga siempre, aun a pesar suyo.
Idea
[…] El 7 de junio cumplió años y le regalamos un libro: La política del espíritu de Valéry, con una dedicatoria que decía “A M Claps, libertado”. Aun no era cierto. Ahora sí.
De tarde estuvo Alma. Después fui al concierto: Vivaldi, Frescobaldi. ¡Con Chopin! No oí más que con los oídos! Bajé en casa de Sylvia que había llegado cansada de sus clases de Pando. Hablamos algo de cómo la ve Claps y cómo es ella. En casa Poema me dijo que Claps llamó. Papá y Azul habían salido. Lo llamé. Me dijo que aún no era él. Yo, que él era todo lo que él podía llegar a ser viviendo como vivía. –Pero ¿yo no creía que él podía llegar a más? –No, viviendo como vivía. Así comenzó una conversación maravillosa. Yo pensaba en su trabajo, en su obra, cuando le decía eso. Él dice que aún no sabe qué va a ser ni qué va a hacer. Que aún no sabe. Que su posición frente a la vida es la mía y, en ese caso, no sabe si será cobarde o no. Está tan desconcertado como lo estuve yo. Y fuimos descubriéndonos, revelándonos matices tan iguales que parecían ecos unos de otros. Después llevamos la conversación a otro plano y como ya no tememos llevar entre nosotros los análisis hasta lo último hablamos de sus relaciones con las mujeres. Me dijo que (es delicado como una mujer y con más fuerza) factores temperamentales y racionales se lo impiden y que por otra parte puede pasarse sin ellas. Él no podría unirse sin amor. Y nosotros ¿podríamos unirnos? Él no sabe, dijo. –Yo sí. Y creo que se puede llevar la amistad hasta ese extremo; pero, por encima está esa exigencia de amor para aceptar la unión y como nunca podría amarlo ello no será nunca posible. Dijo entonces que eso era exactamente lo que él sentía. Terminamos de hablar a la una de la mañana. Se despidió diciéndome que dormiría sobre mi pecho. […]
Jueves 9 octubre 1942
Estoy triste, querido ¿Por qué estarás tan lejos? Yo te beso en las noches, dulcemente, en los labios, pero en el día, contra qué apoyar la boca apretando tibiamente? Contra tu ausencia… Aquí hace frío. Parece que se hubieran ido contigo las tardes suaves, los cielos quietos, el aire dorado. Y yo cruzo los días y atravieso el frío pero no encuentro la sangre que espero. Tengo, sin embargo, motivos para esperar. Y espero. Quisiera que me preguntaras algo, que me pidieras algo, para contestarte, para darte algo de lo poco que sé, de lo poco que tengo.
Idea
Menos mal que ya escribí a Claps. Ahora me puse a acomodar el cuarto y hago las cosas llorando. Tengo escalofríos. No sé si tengo una enfermedad nueva o si será una variación de la que tuve. Me molesta, me enferma pensar en eso. Anoche me lastimé de nuevo como antes, los brazos, las piernas. No caminaría. Hablé a casa con cualquier pretexto pero nadie puede venir. Cómo terminar esta historia. Pensé en un cuchillo. Pero antes tendría que limpiar y arreglar un poco la habitación. He tirado papeles debajo de la cama. Además estoy muy fea. Me duelen las heridas. Odio mi cuerpo y se me terminó el dentífrico, y el algodón, tendría que ir a la farmacia, y al correo, a buscar la orden para ese médico, terminar el dobladillo de la sábana, aprontar los frascos para Rosalía. Le dije a Poema que yo escribiría a Esther. Tengo la cara, las manos mal. ¿Por qué no vendrá mi período? ¿Es que no vendrá?
1 de enero de 1943
Pasan los días y no recibo nada suyo. Está cansado, agotado. No sé. No sé qué hacer. No sé. Lo siento tan lejano, tan indiferente. Tengo tanto que reprocharle: los libros que lee, las gentes que ve, su vida. Su encanto, su perfil, su lejanía, su silencio junto a mí se disuelven, se pierden... PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.


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