El viaje hacia el encuentro

Con Diego Fernández Pujol

Muchos recordarán a Diego Fernández por Nico y Parker (2000) o por aquel divertidísimo cortometraje Fábrica de enanos (2004). Pero después de varios cortometrajes, este director de 40 años, formado en la Universidad Católica pero también a través de una larga experiencia tanto en Uruguay como en el extranjero, estrena hoy su primer largometraje. Primer estreno uruguayo en un año que promete ser pródigo en el asunto. Rincón de Darwin es una película donde el humor juega un papel importante, pero según la mirada de esta cronista, en desacuerdo en esto con algunos de sus colegas, el humor no es en este caso lo fundamental. El planteo, sencillo, de poner a tres personas de distintas generaciones y perfiles en una vieja camioneta rumbo al paraje cuyo nombre da título a la película, sostiene un encuentro que se va abriendo paso, a través de situaciones banales, desbrozando la maraña de las primeras y evidentes diferencias. Y el precio de los encuentros humanos puede tener su matiz de humor, pero nunca es cómico. Beto (Jorge Esmoris), un fletero de pasado algo oscuro y aventurero, Américo (Carlos Frasca), un formal escribano, y Gastón (Jorge Temponi), un joven prendido a la tecnología y con su proyecto de futuro recientemente truncado, no tienen en común más que el lugar adonde deben llegar. Pero un camino que se ahonda en el campo puede, de a poco, ir derrumbando barreras sociales que en el fondo carecen de importancia. Lo que apuntalan las palabras de Charles Darwin, en off y en inglés, como para remarcar la distancia. La película de carreteras, la road movie, brinda el género ideal para una historia como ésta.
Algunas reflexiones del director Diego Fernández.

—La idea original era que tres personas que seguramente no se elegirían entre sí para eso compartieran un viaje. Me atraía esa particularidad del ser humano cuando se ve en compañía de otros con los que no tiene nada que ver. Elegí tres personajes que no sólo eran de generaciones diferentes sino también de perfiles bien diferentes. Después apareció el tema de Darwin, y como siempre me interesó mucho la historia –de hecho quería ser profesor de historia y me considero más que un cineasta un contador de historias que aprovecha el cine para hacerlo– me colgué con eso. Los apuntes de Darwin te hacen pensar en que los humanos nos consideramos el centro de todo y en realidad solo somos unas hormiguitas. Que esos prejuicios que tenemos con los otros son muy poca cosa...

—Busqué los paisajes tratando de que no fueran postales sino que sea el campo que uno encuentra cuando va afuera. Quería que, a medida que se adentran en ese campo, esos tres tipos urbanos fueran perdiendo los referentes cotidianos que frente a los otros les permiten mantener su identidad. En el fondo seguimos siendo como simios que nos ponemos cosas para protegernos y distinguirnos, y creo que cuando por la fuerza te vas despojando de esos elementos, eso te permite ser mejor persona.

—Traté que, aunque los personajes sean reconociblemente uruguayos, no se subrayara ese carácter, que no quedara nada “típico”. Y que los conflictos que ellos tienen fueran más que nada internos, no los relativos a la falta de oportunidades sino esos que para solucionarlos sirve cambiar la perspectiva

—Trabajé mucho la estructura porque el hecho de tener tres protagonistas plantea una tensión especial, nunca hay equivalencias. Temponi, Esmoris y Frasca no sólo interpretan a tres personajes muy diferentes, sino que además, como actores, son bien distintos entre sí. Temponi fue el primero porque ya lo tenía en la cabeza cuando escribía el guión, luego a Frasca lo encontré cuando ya había conseguido la financiación, y el papel de Esmoris en realidad lo iba a hacer otro actor y un mes antes de empezar el rodaje avisó que no podía. Por suerte apareció Esmoris, y hubo que buscar qué se adaptaba más a su personalidad para que el personaje fuera verosímil.

—Me gustaba que fuera una comedia, pero una comedia dramática. Que hubiera más humor al principio y que luego a medida que los personajes van zanjando sus diferencias el humor fuera desapareciendo.

—Con este proyecto gané el fona la quinta vez que lo presenté, en el 2009. Y cada vez lo iba trabajando y modificando; si hubiera ganado a la segunda o la tercera sin duda no sería esta película. Después corrieron tiempos razonables. Al año siguiente Ibermedia me trajo la coproducción con Portugal, en el 2012 filmamos y este año estrenamos. Planificamos el rodaje para cuatro semanas y así se hizo, aunque filmamos en digital trabajamos como si hubiera sido en 16 milímetros, no repetir por la ventaja que te da el digital. Estamos ahora aplicando a los festivales pero decidimos no esperar para estrenar acá sino hacer rutas paralelas. Tomamos los tiempos necesarios para poder pagarle a todo el mundo, para que no se endeude el proyecto, y poder hacer una buena promoción.

—Creo que la gran base de mi formación es de cuando era niño y leía de todo, ciencia ficción, historia, comics, me devoraba el Tony y lo canjeaba por otro, creo que de ahí viene mi vocación por contar. Luego, como nos pasó a varios, traté de aprender el cine por mi cuenta. En Cinemateca aprendí más que en la facultad, íbamos a Cinemateca y después discutíamos horas lo que habíamos visto. En cuanto a esta película, me vi todas las road movies que hay, para ver como funciona el género, pero creo que si reconozco un referente es Bajo el peso de la ley de Jim Jarmusch.

—Me gustan las películas que emocionen, que entretengan, que hagan pensar. Me puede encantar una película de David Lynch pero no pretendo hacer un cine así. Admiro el cine de Alexander
Payne porque no es comercial pero tampoco totalmente “de autor”, es abierto pero no condescendiente con el espectador. Yo viví un año en Estados Unidos, y me encanta como Payne retrata esa sociedad, sutilmente, con agudeza, pero no juzgándola. Hice el liceo allá, y cuando vi Election dije: al fin alguien retrata lo que es el liceo en Estados Unidos. Pero creo que lo bueno es que haya muchos tipos de cine, y más en Uruguay, aunque acá el cine de género creo que está rezagado, falta que se desarrolle con una personalidad local.

“Rincón de Darwin”
Tres uruguayos en camioneta

Al norte del departamento de Colonia, entre Carmelo y Nueva Palmira, en el quilómetro cero del Río de la Plata y frente a la desembocadura de los ríos Paraná y Uruguay, en 1833 Charles Darwin dedujo que América y África fueron alguna vez un solo continente que se separó en dos y que por ahí surgieron las especies. Cada una por su lado evolucionó libremente. Desde la banda sonora de esta película,* el propio Darwin propicia la idea de que “no todos los uruguayos somos de la misma especie”. Como prueba de ese vaticinio aquí hay tres especímenes bastante diferentes: un escribano resignado, el fletero groncho de una camioneta Ford 250, un joven heredero despistado que debe reconocer una casa que le dejó su difunto abuelo en el Rincón de Darwin y que quizás venda.
Los tres viajan por la ruta 1 y siguen hasta Darwin con éxito relativo. Empiezan con algún equívoco, progresan con las torpezas de cada personaje y desembocan en la frustración del grupo: el escribano no hará ninguna escritura, el fletero deberá arreglar la camioneta destartalada, el joven heredero cambia de idea y no venderá ninguna casa porque imagina que sus desavenencias con novia distante se solucionarán. Se trata obviamente de una película humorística con tres personajes en un viaje muy accidentado, con discordias y resignaciones ante la incompetencia o la chapucería de los respectivos acompañantes. Ni el escribano (Carlos Frasca) es un tipo seguro y sólido, ni el fletero (Jorge Esmoris) puede asegurar que llegarán a ningún lado, ni el joven (Jorge Temponi), fanático de Internet, sabe para qué seguir viaje. Ni el trío ni sus conflictos ocultan alguna razón superior, aunque pareciera que al final coinciden en que lo mejor es tolerarse. Y ese sería el resultado de la expedición. El camino está poblado de averías, un asado al borde de la carretera es impedido por autoridades policiales, una noche en un hotel al paso donde afloran más disputas, la mujer del escribano que lo llama por celular a cada rato porque está preparando una boda. La gracia de esos apuntes de comportamiento aumenta porque son rasgos uruguayos muy típicos, con los que el espectador se identifica, particularidad que estaba en Nico y Parker (2000, también en el interior de un auto pero detenido frente al cuartel de Bomberos), cortometraje que Diego Fernández codirigió y donde aparecía el humor despreocupado que aquí es casi el único contenido de la historia.
Pareciera que la vocación del director Fernández lo conduce a la gracia y el humor, poco frecuentes en el cine uruguayo, pero lo que en los cortos funcionaba (Mandado a hacer y Fábrica de enanos), en un largometraje (Rincón de Darwin es el primero a que se atreve) exige mayor desarrollo y aplomo. Algo que la incorporación de Darwin al argumento, que pudo ser un recurso más irónico y loco, apenas insinúa. Otro dato anecdótico, donde el escribano encuentra a un amigo que no frecuentaba y comprueba que el tiempo no pasa en vano, queda como un toque ferozmente dramático que se pierde como si fuera una broma más. Así como está la película es una diversión muy liviana tan disfrutable como olvidable.

M M C
* Rincón de Darwin. Uruguay-Portugal 2013.

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