Brecha Digital

Las dos caras de la violencia

“Hasta que la muerte nos separe”

El texto que la escocesa Jennifer Hartley escribiera y dirige a partir de su experiencia poniendo en la metodología del teatro del oprimido propuesto por el brasileño Augusto Boal, apela a dos únicos actores para a retratar a una de las tantas parejas que ilustran casos de violencia familiar. Al principio todo luce como el enfrentamiento de esos contrincantes con una platea a la que se dirigen para explicar qué sienten y, quizás, lo que los condujo a ese proceder que el espectador ahora se encargará de analizar y juzgar. Un par de sillas y una mesa en un escenario desnudo no ayudan a concebir que, poco a poco, se instalará allí una teatralidad encargada de explorar momentos de la convivencia de los implicados, un par de miradas a aparentes tiempos mejores, la detallada observación de varios estallidos y las desoladas confesiones de una y otra parte, puesto que, más allá de la culpabilidad de un agresor, también importa establecer las causas por las cuales alguien llega a protagonizar episodios tan extremos. Ese entretejido de diferentes escenas se agrega a las explicaciones que los protagonistas lanzan a la platea y hace crecer el espectáculo desde una mera exposición de motivos a una puesta en escena sobre un caso tan pleno de detalles como de contradicciones. Si por un lado el desarrollo pone de relieve la importancia del alcoholismo del hombre como factor desencadenante de sus agresiones, el texto –y un subtexto integrado por reproches, miradas reprobatorias e injustificadas tolerancias– deja en claro que a veces la violencia latente resulta favorecida no sólo por el acatamiento de la víctima, sino también por procederes erráticos que pueden incluir hasta la misma incitación a la violencia por parte de ésta.
Como comentaran Hartley y sus actores el día del estreno, lo que acontece en el escenario es tan sólo uno de los tantos ejemplos de violencia familiar que tienen lugar en el mundo. Las situaciones y los rasgos de los implicados cambian, por cierto, y en cada caso existen matices que agrandan, empequeñecen o hacen palidecer lo que se ve a lo largo de este trabajo que, antes que nada, provoca una profunda reflexión en quien lo contempla y al mismo tiempo reconoce e identifica aconteceres, hechos y psicologías que laten, si no en su propio entorno, en otro muy próximo. El reconocimiento ayuda aquí a comprender –no a tolerar-, y la mejor comprensión  puede llevar a una más rápida búsqueda de soluciones. Por lo pronto, vale la pena tener en cuenta el valioso aporte que Hartley hace a la causa –el espectáculo será llevado a distintos escenarios barriales– y el estupendo aporte de Gabriela Iribarren y Agustín Maggi, sinceros y conmovedores protagonistas de una historia al alcance de todos.

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