“Oz el poderoso”
Lejos de querer convertirse en una nueva versión del gran clásico de 1939, la presente película acude a otros cuentos acerca del mundo de Oz que Frank Baum publicara a principios del siglo pasado. Ahora, en lugar de girar en torno a la jovencita Dorothy, el asunto toma como protagonista al mago del título que, tanto allá como acá, resulta siempre un cuentero de marca mayor. Vuelven a asomar Dorothy bajo forma de muñeca y Glinda la bruja buena, su hermana la mala se transforma en dos, los Munchkins tardan pero llegan, la ciudad soñada sigue siendo esmeralda y para llegar a ella hay que seguir el camino amarillo, y la anécdota involucra al mago en cuestión, que se empeña realmente en ayudar no sólo a la citada niña y al oprimido pueblo de Oz sino también a Glinda, de quien se enamora porque le recuerda a alguien que conociera en Kansas antes de que soplara el ciclón. Como en el filme que Victor Fleming dirigiera con la ayuda de King Vidor, George Cukor, Richard Thorpe y Mervyn LeRoy –raro ejemplo de muchas manos al servicio de algo que salió bien–, todo empieza en blanco y negro para luego acudir a las ventajas del color, la pantalla ancha y las tres dimensiones, sistema este último que sustrae algo de luminosidad a la proyección para beneficiar efectos que casi nunca agregan algo especial al desarrollo.
Lo mejor entonces conviene buscarlo por el lado de las dudas, los remordimientos y las imprevistas valentonadas del charlatán que compone espléndidamente James Franco, cada poco tiempo a merced de los obstáculos que las malísimas Mila Kunis y Rachel Weisz siembran a su paso, más allá de todo el apoyo que pueda recibir de la buena de Michelle Williams, un monito que se las trae, un enano con cara de malo pero que no lo es tanto y de la proverbial Dorothy. El director Sam Raimi, un amante del cine y de las aventuras con toques fantásticos –como es el caso de El Hombre Araña–, se sabe manejar para hacer participar a todos los que anteceden en un cúmulo de idas y venidas que tienen en cuenta el objetivo de divertir y entretener sin perder de vista el par de buenas enseñanzas que el estadounidense Baum nunca dejaba de incluir. Un presupuesto generoso se encarga de satisfacer las exigencias de escenografía, vestuario, maquillaje y trucos especiales requeridos por un proyecto poblado de figuras conocidas que Raimi aprovecha en su justa medida. Sin pretender competir con las inmortales andanzas de la perdida niña de Kansas y sus amigos el león cobarde, el hombre de lata y el espantapájaros tal como las reflejó Fleming, el trabajo de Raimi posee más gracia e inventiva que varios pasados intentos –hubo hasta un musical de Broadway llevado luego a la pantalla por Sidney Lumet– de volver al singular universo de Baum. Ya es algo.