Manolo Guardia (1938-2013)
El rigor periodístico y el corazón no suelen llevarse bien. Y es muy comprensible. La muerte de un enorme músico y a la vez una enorme persona convoca emociones más que análisis, recuerdos personales más que la revisión de los ítems en un currículum.
Más que buscar datos, resumirlos, ordenarlos, la muerte de Manolo me lleva a recordar, antes que nada, dos charlas muy largas, enriquecedoras y –tratándose de él– también muy divertidas.
Tendría yo unos 18 años y Camerata del Tango –la integración original–, Ministerio de Cultura mediante, se presentó una noche de verano de 1971 en el Club de Pesca de Marindia. Un diminuto club casi recostado a los médanos de esa playa a apenas 40 quilómetros de Montevideo. Ante un público de veraneantes de clase media en short y remera, la orquesta desplegó su impresionante arte. Tras la actuación, me presenté a Manolo, y éste dedicó el resto de su tiempo en ese club a charlar en una de las mesas, largo y tendido, con aquel pibe que alguna vez fui, cotejando datos, analizando discos, mencionando músicos y obras que admiraba especialmente. Su sencillez y su don de gentes eran tan grandes como su talento de pianista, compositor y arreglador.
Muchas décadas después, teléfono mediante, nuevamente conversé con Manolo, quien era el mismo pero a la vez bien diferente. No había pasado sólo el tiempo; también una penosa intervención quirúrgica que en 1997 lo dejó parapléjico. A pesar de que ese hecho nefasto pesaba todo el tiempo en esa charla sacada al aire en un programa nocturno de radio El Espectador, Manolo no perdía su clásico humor y su filosa ironía. Acababa de editar su disco Tangos para la mano derecha grabado en su casa, precisamente sólo con la mano derecha, dedo a dedo y nota a nota en una computadora doméstica con un modesto teclado Kawai, editado por el sello Ayuí a instancias de Fernando Cabrera y Mauricio Ubal.
.. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.