Vacaciones en el cine

Punta del Este en marzo tiene algo de ciudad fantasma. Edificios semivacíos, calles despobladas, hoteles con pocos huéspedes, y esas construcciones a medio terminar, esqueletos de veinte pisos abandonados durante décadas a consecuencia de las sucesivas crisis económicas argentinas, o de importantes estafas. Pero así, el balneario se convierte en un universo transitable en el que se puede dar con hallazgos increíbles (como un teatro barrial abandonado, con butacas escondidas entre la maleza). Pero ante todo, es una fiesta del cine. Hubo un cambio sustancial respecto a años anteriores: las entradas a la mayoría de las salas fueron gratuitas, y gracias a esto hubo proyecciones atestadas de un público sediento de celuloide.
Tanta fue la necesidad local de ver cine que el público aplaudió fervientemente películas como Mi planta de naranja lima, un melodrama lacrimógeno y anacrónico que sigue los pormenores de un niño desgraciado que nunca supo poner otra cara que la de un burro apaleado y huérfano, o W E, el despropósito filmado por Madonna en el que la reina del pop se las ingenia para que dos simples historias paralelas se pierdan en un bosquejo ampuloso, histérico y estridente.
Y ya que empezamos por lo peor, es en este tenor que se impuso la también ovacionada Mi amigo alemán, estelarizada por Celeste Cid y dirigida por Jeanine Meerapfel (ambas presentes en el festival). Entre otros deméritos, cuenta con las líneas de diálogo más inverosímiles, incluyendo contextualizaciones históricas alevosas por parte de los personajes y sentencias de porte serio que acaban causando un efecto contrario.
Mucho más interesante y simpática fue la ecuatoriana En el nombre de la hija, ganadora del premio voto del público y el premio a mejor película del jurado joven. Se inscribe en una tendencia latinoamericana de cine autobiográfico (Las malas intenciones, El premio), en el que se refleja un período histórico desde la perspectiva de una niña. Si bien la narrativa es ágil y hay un buen uso del humor, a veces los niños parecen demasiado pendientes de sus líneas de guión (siempre esperan que el otro termine de hablar para decir lo que tienen que decir) perdiéndose de a ratos la soltura y la espontaneidad. Igualmente simpáticas, ¿Y si vivimos todos juntos? y Mi peor pesadilla son las típicas comedias francesas, medianamente inteligentes, efectivas, notablemente actuadas –la primera cuenta con la presencia impagable de Jane Fonda, la otra con la de Isabelle Huppert–, esas apuestas a seguro que quizá se olviden pronto, pero que llevan a pasar un rato agradable.
Desde Chile llegaron dos propuestas poderosas. La lección de pintura cuenta la historia de un niño prodigio en un entorno rural, durante el período previo al golpe de Estado en Chile. Más allá de la anécdota central, la película acierta en exponer un perfil idiosincrásico de ciertos sectores reaccionarios de la sociedad chilena con personajes tímidos, maledicientes, alcohólicos, racistas y ocasionalmente violentos. Dotada de un registro radical y dardenniano de aproximación a un personaje particular, Carne de perro llevó el premio a mejor actor por el brillante Alejandro Goic, quien aparece en el 99 por ciento de los planos interpretando a un ex torturador en su vida diaria. Un personaje solapado, atormentado e incontinente que recorre con perfecta impunidad las calles de Santiago. La película da cuenta de cómo esta clase de sujetos pueden darse el lujo de autorredimirse a su antojo, sepultando un pasado indefendible en el más perfecto de los olvidos. Como dato curioso, el propio Goic fue torturado en la dictadura, y es la segunda vez que interpreta a un torturador; una curiosa manera de asimilar y superar las vivencias pasadas.
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