Las palabras
- Última actualización en 15 Marzo 2013
- Escrito por: Ana Inés Larre Borges
Adiós a Suleika Ibáñez
Poeta, narradora, dramaturga, versada en lenguas y en arte, autora tardía, Suleika Ibáñez fue una rara demasiado discreta por carácter, no por su obra.
“Ave de Avon, deja caer la sombra de una pluma de tu pecho en mi papel desnudo.” Con esa frase, plegaria a Shakespeare, iniciaba Suleika Ibáñez el libro breve que dedicó a su hija Galia, muerta en plena juventud. El homenaje y el dolor no dejaban de expresarse en la lengua de arte de Suleika. En su voz hecha en la erudición y la sensualidad de las palabras. El duelo pronunciado en el lenguaje exquisito y arcaizante que fue el sello de su creación. La imposibilidad de articular las palabras ante las dimensiones del dolor era expresada asimismo en la cadencia de los versos mayores y en el juego de rimas y aliteraciones de su prosa. Así se lee en este párrafo hipnótico y desgarrado que escribe, en paradojal efusión verbal, que no puede escribir: “Pero escribir no pude, hasta escarmiento. Hasta el sarmiento mudo en nudo a nudo, como un barco sediento de veloz sequedad en viaje duro. También la eternidad se coagulaba, más avara de ayeres ya de yesca, yesca penal de chispa condenada. Más muda que el enigma, y el estigma encima de un pistilo sin ovario, negando flor, flotando por la Nada, nadando inmóvil aguas sin orillas. Orillando de muros y de mudos a la sombra vacilada de las palabras no nacidas, del papel con la tinta renegada”. A través de ese estilo que embelesa y provoca, Suleika Ibáñez fue capaz de convocar la memoria más doméstica y los gestos íntimos de su hija ausente. También de pronunciar la rebeldía: “Mírame, Dios, atrévete si puedes”.
Ahora que es ella quien ha muerto –el 7 de marzo–, en prosa simple diremos quién fue esta talentosa, aunque todavía demasiado desconocida escritora, destinada a ser redescubierta para el altar de raros de nuestra literatura.
OTRA ESTIRPE. Siempre manifestó su gusto por Byron, un poeta que le vino adjudicado desde su nacimiento cuando sus padres eligieron su nombre. Suleika fue hija de Roberto y Sara de Ibáñez, respectivamente el crítico literario que fundó los estudios de archivos literarios en Uruguay y reunió y atesoró en el Instituto Nacional de Investigaciones Literarias (el inial que él creó, hoy Departamento de Investigaciones y Archivo de la Biblioteca Nacional) las colecciones de autores canónicos como Rodó, Julio Herrera y Reissig, Quiroga, Delmira Agustini y otros fundantes de la generación del Novecientos. En Lo que los archivos cuentan, reciente publicación de la Biblioteca Nacional, Ignacio Bajter traza una biografía intelectual de Ibáñez que valora su herencia intelectual en esa tarea de salvaguarda del patrimonio literario uruguayo. Roberto Ibáñez fue además poeta, pero ese perfil ha quedado en un segundo plano a pesar de que sus sonetos fueron insólitamente premiados en las primeras ediciones del concurso literario de Casa de las Américas, porque es consenso que su esposa, Sara de Ibáñez, fue poeta mayor y, consta, admirada por Neruda. Además de Suleika, Roberto y Sara fueron padres de Ulalume y de Solveig Ibáñez; las tres hijas aceptaron la predestinación de esos nombres inspirados en personajes de Byron, Poe y Goethe; fueron escritoras en ese arduo desafío que implica ser escritor hijo de escritor.
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