31 Festival Internacional de Cine

“Tabú”
Revelación
Pocas veces queda tan en claro y con una sola película la grandeza de un cineasta. Miguel Gomes es portugués, un mal estudiante en general –según sus propias palabras– y alguien que continúa una tradición de consagrados cineastas que también fueron prestigiosos críticos (Rohmer, Truffaut, Godard). En realidad Gomes ya había filmado A cara que mereces (2004) y Aquel querido mes de agosto (2008), que este cronista aún no vio (aunque asegura que reparará esas faltas con presteza) y entrega aquí una bellísima historia sugerente, humana, poderosa y rica en significados. Dividido en dos episodios, el personalísimo planteo está filmado íntegramente en blanco y negro, aunque en distintos formatos: la primera parte fue filmada en 35 milímetros y la segunda en 16, notándose esa diferencia en el cambio sustancial de la granulación de la imagen durante la segunda mitad.
El primer episodio se ubica en Lisboa, en la actualidad. Una mujer está preocupada por la situación de su anciana vecina, quien se ve afectada por su propia ludopatía y por importantes delirios paranoicos. Arribada la segunda parte, esta historia es abandonada por completo y se plantea un inesperado salto hacia atrás, cincuenta años antes, situándose la acción en Mozambique, colonia portuguesa, en un contexto político y moral absolutamente diferente (notar el contraste entre las preocupaciones sociales de la protagonista durante la primera parte y el desinterés total generalizado en la segunda). Además de ser un homenaje inmenso al cine clásico –Tabú es también el nombre de la ficción-documental filmada conjuntamente por dos de los más grandes: F W Murnau y Robert J Flaherty–, la película hace un brillante juego de confrontación entre una historia y la otra, planteando una exploración sobre el amor, sobre la percepción del paraíso (los únicos paraísos son los paraísos perdidos, decía Borges), acerca de la juventud y la vejez, y de cómo muchos nos olvidamos que detrás de ésta vino aquélla, marcándola a fuego con traumas, culpas y tabúes que determinan la personalidad.

Portugal/Alemania/Brasil/Francia, 2012.
“Cosmópolis”
Un virus que atraviesa Manhattan

Seguramente nunca se había visto un Cronenberg tan deliberadamente filosófico y profundo. Y tratándose de un director que bucea dentro del lenguaje audiovisual como pocos y que, haga lo que haga, siempre propondrá además un buen espectáculo, esta voluntad es más que bienvenida. Con un personaje excéntrico y extraterrenal –un multimillonario apático que navega en limusina a través de las calles de Manhattan– y una estética sofisticada y pulcra que recuerda a los elegantes devaneos de Crash (1996), el director canadiense plantea un recorrido único, la travesía de un lado al otro de la ciudad en la que el apático y paranoico protagonista pretende llegar a una peluquería para hacerse un corte de pelo que ni siquiera necesita. En su recorrido, una atractiva fauna de personajes –varios de ellos actores inmensos, como Juliette Binoche, Mathieu Almaric y Samantha Morton– dialoga con él. Pero las calles están cortadas por una manifestación popular de indicios apocalípticos –recordar la revolución de la “nueva carne” de Existenz (1999)– y el universo del protagonista se resquebraja –pasa a una bancarrota radical en cuestión de segundos por una apuesta financiera desacertada– de la misma manera en que se va destruyendo su limusina, a la cual al menos le queda un lugar donde dormir. Las constantes cronenbergianas se imponen: perversiones que exceden a lo mundano, el hombre presentado como el mayor virus imaginable, la toxicidad de la carne y sus caprichosas deformaciones, el triunfo de las pulsiones sobre lo racional, el desapego, la tecnología y su transformación social. De un nihilismo rasante, una obra que habla de un tiempo y de una época como pocas, y que quizá acabe por ser mucho más grande de lo que aparenta.

Canadá/Francia/Portugal/España, 2012.

“En otro país” (In Another Country),
La vida multiplicada

Ya era hora de que nos llegara una película del maestro surcoreano Hong Sang-soo. Es uno de los menos conocidos cineastas de su país, pero no por ello se trata de uno menor a los que pudieron verse aquí. Heredero del mejor Eric Rohmer, su cine se centra en unos pocos personajes, en anécdotas aparentemente mínimas, en situaciones casuales que en principio no parecerían trascender demasiado. Como aquél, Hong es un maestro del artificio, ya que utiliza los artificios cinematográficos para generar la ilusión de que no existe artificio y que tan sólo estamos presenciando fragmentos de realidad, que nos encontramos entre los personajes, dialogando apaciblemente.
Pero como en el cine de Rohmer, no es tan importante lo que los personajes dicen como lo que ocurre por detrás: lo que puede inferirse en los pequeños gestos, en las miradas, en los tiempos de reacción, en las fricciones, en los sutiles indicios de interés, desagrado o desconfianza. Es en estos detalles que se construyen las verdaderas historias, los que aportan a los personajes un matiz único, una profundidad emocional y psicológica, y lo que da a las anécdotas una dimensión universal.
Aquí se presenta una chica en apuros, que para pa-liar su desesperación se dedica a escribir tres guiones con una misma protagonista llamada Anne (la maravillosa Isa­belle Huppert, en los tres casos). En cada una de las historias Anne llega a una ciudad costera en Corea del Sur y siente una profunda atracción por un guardavidas. Los tres episodios presentan variaciones –las características del personaje principal, básicamente– y muchísimos puntos en común, de manera que se establece un constante diálogo entre ellos, proponiendo, como la vida misma, una infinidad de variables a una misma situación.

Corea del Sur, 2012.

“Las cosas como son”

La amenaza marginal

El director chileno Fernando Lavanderos ha dicho en una ocasión que hace cine “para cuestionar la realidad”. Pero Las cosas como son no se inscribe con facilidad en el cine social tal cual lo conocemos, ya que apunta sus baterías a cierta clase media desahogada y a su idiosincrasia. En Chile las brechas sociales son enormes, y pese al auge económico, la desigualdad no ha mejorado. La segregación se encuentra profundamente ligada a las instituciones educativas –que suelen marcar el estrato social al cual pertenecerá el estudiante de por vida– y a la división territorial. Barrios opulentos, cercados e impenetrables se oponen a poblaciones pobres que pueden encontrarse a quilómetros de distancia, sin espacios en común para el encuentro. Lavanderos aborda este tema desde la perspectiva de un muchacho, pero con una mentalidad de viejo. Su larga barba da la pauta para esta curiosa dualidad, y permite entrever su perfil taciturno y poco sociable. También sugiere que es temeroso, que se esconde detrás de todo ese pelo de la misma manera en que refuerza las seguridades de su casa y tiene una actitud poco amigable ante la gente que lo circunda. Cuando una atractiva chica sueca aparece en su vida e intenta ocultar a un adolescente marginal en su casa, su existencia da un vuelco, descolocándolo y dejando en evidencia sus paranoias, sus prejuicios, su manera de concebir el mundo, que no deja de ser los de la amplia mayoría de nosotros. Surgen esas excusas de que “las cosas son así”, las cuales son invocadas solamente cuando nos conviene y vemos peligrar nuestra estabilidad.

Chile, 2012.

“Era uma vez eu, Veronica”

Existencialismo en los trópicos

La película empieza con una orgía en una playa. Pero no hay nada de chocante en el fragmento, y el cuadro todo está filmado con esa energía contagiosa, con la cálida alegría, la estética luminosa característica y prácticamente exclusiva del cine brasileño. Veronica es una mujer que no parece muy dada al romance, pero sí al sexo, y disfruta del Carnaval, del mar, de sus amantes pasajeros y de su convivencia con su anciano padre. Una vez recibida de médica, le toca chocarse con la más acuciante realidad de la ciudad de Recife: su atención en una clínica pública le depara pacientes desvalidos, desesperados, excéntricos o directamente desquiciados que incorporan una fuente de estrés considerable a su vida. Descolocada ante esta primera entrada a la más ardua rutina laboral, se le suma que la salud de su padre comienza a dar indicios de fragilidad. Él, temiendo que su hija quede sola, como última voluntad le ruega que antes de que muera encuentre al amor de su vida, lo último a lo que Veronica parecería aspirar. El director Marcelo Gomes (Cinema, aspirinas e urubus y Viajo porque preciso, vuelvo porque te amo, en codirección con Karim Ainouz) aporta logrados climas y buen ritmo, y logra dar con la nota agridulce necesaria para que su relato se vuelva una experiencia vital universal. La brillante actriz Hermila Guedes sustenta con su presencia un relato palpitante, en el cual, de golpe, todo el peso de la existencia pareciera invadirla. 

Brasil, 2012.

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