En busca del texto perdido

Cien años por el camino de Swann
Dos nuevas traducciones completas de “En busca del tiempo perdido”, de Marcel Proust, permiten releer esa catedral de la literatura del siglo pasado a 100 años de la publicación de su primer tomo, que salió de imprenta el 12 de noviembre de 1913. Pese a esto, habrá muchos que sigan considerando a la vieja versión de Pedro Salinas como la más “proustiana”.

 

Después de haber reflexionado mucho sobre la traducción durante los tiempos ociosos de su período como diplomático en India, Octavio Paz pronunció una conferencia en Cambridge que se ha convertido en un punto de referencia para el oficio. Más allá del interés que puede tener en estas costas el lugar central que Paz le otorga al francouruguayo Jules Laforgue como influencia en la poesía de lengua española e inglesa (sobre nombres tan canónicos como Ezra Pound y T S Eliot), el núcleo de “Traducción: literatura y literalidad” es la defensa del carácter de creación de cada texto traducido.

“Ningún texto es enteramente original porque el lenguaje mismo, en su esencia, es ya una traducción: primero, del mundo no verbal y, después, porque cada signo y cada frase es la traducción de otro signo y otra frase. Pero ese razonamiento puede invertirse sin perder validez: todos los textos son originales porque cada traducción es distinta. Cada traducción es, hasta cierto punto, una invención y así constituye un texto único”, anotó Paz en esa ponencia del 15 de julio de 1970.
Este 2013 en que se cumplen 100 años de la impresión del primer tomo de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, ambos extremos señalados por Paz demuestran su validez. Ni esa “catedral” en siete tomos, según la analogía del propio Proust, es un original que pueda considerarse fijado de una vez y para siempre, ni las traducciones al español reflejan un único espejo sino que dan por resultado versiones cargadas de matices.
Como lo señala Mauro Armiño, uno de los traductores proustianos del siglo xxi, esa megaobra ha sido un dolor de cabeza para los filólogos. Por una parte, el primer tomo dado a imprenta no coincide exactamente con los originales proustianos debido a la mano del editor, por otro lado Proust tuvo que modificar títulos y orden de capítulos en su pulseada con la casa Gallimard que se encargó de los tomos siguientes. Como si eso no fuera bastante, los dos tomos publicados luego de la muerte del novelista, en especial el penúltimo, sufrieron mucho a manos del hermano de Marcel, Robert Proust, al punto de que Albertina desaparecida se considera más “un artefacto literario” que un fiel reflejo de los originales proustianos. Tanto es así que en 1986 apareció un texto mecanografiado, este sí con correcciones a mano del propio Marcel Proust, más corto que el tomo sexto que se conocía hasta entonces y que ha puesto a los filólogos en el callejón sin salida de tomar una de estas tres opciones: o variar lo que durante sesenta años se ha considerado el tomo seis de En busca del tiempo perdido, o dejarlo como la tradición lo ha venido publicando desde siempre, o agregar un apéndice que sume el texto corto al texto largo de ese Albertina desaparecida, también conocido como La fugitiva.
Es que ni siquiera los títulos están fijos de una vez y para siempre. En especial en los tomos cinco y seis, que el autor quería que se llamaran Sodoma y Gomorra II y Sodoma y Gomorra III, y que por un compromiso con Gallimard habría aceptado nombrar La prisionera y La fugitiva, respectivamente.
Para fortuna de sus lectores, el tomo final, El tiempo recobrado, aunque también es póstumo tiene un original más claro ya que Proust lo escribió inmediatamente después del tomo primero, abocándose luego a los cinco volúmenes intermedios.
Si eso ocurre con el original francés, qué no pasará en el momento de tener en las manos una versión traducida.

FORMAS DE LEER. La fortuna del libro en cada idioma ha dependido mucho de sus traductores. Siempre se dijo, por ejemplo, que por años los italianos dispusieron de una edición mejor “anotada” que los propios franceses, dado el trabajo de su traductor y editor.
En español, varias generaciones de proustianos dispusieron de un Proust de lujo, salido de la mano del poeta Pedro Salinas, traductor en los años veinte de los dos primeros tomos.
En el presente siglo se llevaron adelante dos tour de force para volver a traducir los siete libros de la obra a la lengua castellana. Mauro Armiño para la editorial Valdemar y Carlos Manzano para Lumen. Tan distintos son los estilos de ambos traductores que, para empezar, ni siquiera están de acuerdo en el título: para Armiño es A la busca del tiempo perdido, en tanto que Manzano mantiene el En busca… que le dio Salinas.
Es probable que el único placer que se acerque a la primera vez que se lee a Proust sea el de volver a leerlo comparando diferentes traducciones. Como bien han asegurado varias reseñas del momento en que aparecieron las nuevas versiones, es imposible anotar en el espacio de un artículo los matices y diferencias de las de Salinas, Armiño y Manzano. Pero sí puede tomarse una frase de una de las escenas más conocidas de Por la parte de Swann (que Salinas había llamado Por el camino de Swann), esa en la que un Marcel niño debe irse a acostar sin poder recibir un beso de su madre, y ver con qué palabras la refleja cada uno.
Como hay visitas a cenar, el niño es enviado a la cama antes de lo usual sin que su padre le permita cumplir el rito de despedirse de una madre a la que está enfermizamente apegado. Entonces, le hace decir Manzano a Proust: “Una vez en mi cuarto, tuve que cegar todas las salidas, cerrar los postigos, cavar mi propia tumba, al deshacer la cama y ponerme el sudario de mi camisa de dormir”.
En este párrafo Manzano es el más fiel a una lectura textual del original francés. Armiño lo vuelca en español casi de la misma manera, sólo que al “deshacer la cama” lo vierte como “retirar las mantas”.
¿Y Salinas? Ese deshacer la cama, ese retirar las mantas, es para el poeta español una frase maravillosamente proustiana: el niño Marcel cava su propia tumba “levantando el embozo de las sábanas”. Es posible imaginar el acto de enterrarse a sí mismo bajo la levedad de unas sábanas impecablemente blancas que para su alma atormentada debían tener el peso de la tierra cayendo sobre su cara y enterrándolo en la desesperación. ¿Cómo trasmitir eso con un simple “retirar las mantas”?
La pregunta que cabría hacerse, leyendo la obra en su totalidad, ya es casi un lugar común que se plantea ante cualquier traducción: si la fidelidad a Proust está en ese repetir más exacto de las palabras (que luego se verá que es mucho más disciplinado en el caso de Armiño) o en darle el giro proustiano que le dio Salinas, haciendo en la frase antedicha que su Proust fuera “más Proust” que el propio original francés.
Cuando se le pidió a una traductora, a efectos de este artículo, que leyera textualmente esa frase en francés para comparar las tres traducciones, y se le preguntó qué “decía” Proust en su idioma, la respuesta no fue más tranquilizadora. “¿Qué dice Proust? Puede decir por lo menos tres cosas: la que tradujo Manzano, la que tradujo Armiño o la que más inspiradamente tradujo Salinas. No hay una forma única de decirlo en español.”

HONDURAS. Si se quiere comparar al Proust de los nuevos traductores con el de Salinas también se puede recurrir a una de las frases finales del capítulo primero de Combray, la primera parte de Por el camino de Swann. Uno de los párrafos dedicados a la celebérrima magdalena mojada en té (véase también el recuadro “Tres magdalenas”)... PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

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