Después del abismo

Cinco relatos y un epílogo componen Recuerdos de un callejón sin salida, último libro de Banana Yoshimoto (Tokio, 1964), una de las escritoras japonesas más difundidas de los últimos años junto a sus pares masculinos Kenzaburo Oé o Haruki Murakami, entre otros. Conocida por sus anteriores Tsugumi, Kitchen o Sueño profundo, Yoshimoto explora en este nuevo libro los confines del alma vulnerada por experiencias traumáticas, o al menos muy dolorosas. Guiada por la pregunta que dio fermento a Queer, de Burroughs ("¿Por qué tuve que recopilar con tanto celo esos recuerdos tan dolorosos, desagradables y desgarradores?"), Yoshimoto hace lo propio con sus relatos y concluye que, si bien no son estrictamente autobiográficos, "al releerlos afloran con intensidad los momentos más difíciles de mi vida", haciendo del volumen el preferido de su producción: "hace que me sienta orgullosa de dedicarme a esta profesión".

Lo curioso de la propuesta de Yoshimoto es en todo caso el contraste tan peculiar entre la seriedad y la hondura emocional que transitan las historias –como la de esa muchacha castigada en su infancia por una madre perturbada, o la de esa otra niña que sigue su vida luego de perder trágicamente a su pequeño amigo–, y la forma sencilla, ingenua o naif que adopta la voz narradora. Una sencillez que por momentos puede saturar en lugar de encantar (y donde cabría sospechar cierta pérdida de belleza en la traducción), pero que en ningún caso estafa con golpes bajos o facilismos de argumento.

Los aromas y sabores de la cocina nipona asoman una y otra vez en los relatos, especialmente en el primero de ellos, "La casa de los fantasmas". Allí la pareja protagonista, Secchan e Iwakura, proviene de familias largamente vinculadas al negocio gastronómico, un oficio que se perpetuará en los hijos sin apenas conflicto, con una naturalidad y aceptación que parece estar escrita en algún lado y formar parte de ese entramado invisible llamado "tradición", tan caro a los valores nipones de antaño. De hecho el relato todo es un canto a esa tradición, expresada por ejemplo en las copiosas notas al pie que explican la receta y el valor cultural de platos como el nabe, el omurice, el miso o el udon, y que, mucho más explícita, rezuma en este pasaje celebrador de lo cotidiano: "Podría parecer una vida simple, pero en realidad pertenece a una inmensa corriente, no menos apasionante que vivir una aventura en los siete mares. En esa corriente inmensa están mi difunta abuela y la difunta madre de Iwakura. Y también la pareja de ancianos. Todos la habitaron, cada uno con sus sufrimientos y sus luchas, pero al final todos confluimos en las mismas aguas". Los ancianos aludidos, fantasmas amigables que dan título al cuento, establecen con sus rutinas silenciosas esa permanencia de lo antiguo en lo nuevo, y hacen de esta historia la más sobrenatural del volumen. Y esa alegoría del mar –las aguas, la corriente–, motivo tan asociado a la cultura oriental, hace visible en este caso el flujo o continuum entre generaciones, así como el valor de lo colectivo, de la comunidad, en la conformación del individuo. En contraste con esas notas, asoma en los textos alguna clave contemporánea, como la presencia del manga Nobita y Doraemon, que refiere alguno de los personajes, y la jugada "posmoderna" e inesperada que introduce la voz de la presunta autora de "La felicidad de Tomo-chan" rompiendo la linealidad del relato.

La dependencia férrea de los mayores, la autoridad y el respeto, hacen de la emancipación algo serio para las mujeres que pueblan la literatura de Yoshimoto, colaborando con ese discurso un poco simbiótico entre la niña y la adulta. Los padres o abuelos participan en las decisiones que importan, y existe un cuidado exacerbado en no preocuparlos o incomodarlos haciendo del amor familiar un gran tema de estas páginas. Sin embargo, tanta candidez tiene también su costado oscuro, cruel, y en este sentido no faltan padres maltratadores, determinantes para el futuro de sus hijos. Lo son, por ejemplo, la madre de Matsuoka, la joven editora que tras sobrevivir a un envenenamiento purga su pasado como hija de una mujer seguramente perturbada y ausente en el relato "¡Mamáaa!". Lo son también el padre de Nishiyama, quien aísla a su hijo sin apenas comida o contacto con el exterior en el cuento que da título al volumen, y la madre de Makoto, capaz de causar la muerte de su pequeño hijo en "La luz que hay dentro de las personas", quizás el relato más angustiante del conjunto.

No obstante ese anecdotario de tristezas, el tono de estas historias, la suavidad de la narración, no tiene como objeto detenerse y explotar la tragedia sino sondear el sedimento de esa experiencia en sus protagonistas: lo que queda en el alma luego de haberse asomado al abismo. Tal lo que se infiere de este pasaje a cargo de la amiga del pequeño Makoto: "Haber podido acompañar a Makoto en esta vida, haberlo acompañado yo, y no otra persona, en esos breves momentos de distracción, de aburrimiento, de eternidad, que fueron para él los más felices, todavía hoy se me antoja un honor extraordinario".

Hay, en todo ello, algo de parábola, algo de enseñanza que resignifica la propia existencia y es asumida con una serenidad que, una vez más, reverbera tradición, ese antiguo culto oriental a la calma y el sosiego. En ese sentido, este pasaje de "¡Mamáaa!": "Después rezo por los que en cierto momento se alejaron de mí. Las personas con las que pude haber mantenido otro tipo de relación, pero con las cuales las cosas no marcharon bien (...) estoy convencida de que, en una bella ribera de algún mundo distante y muy, pero que muy profundo, todos intercambiamos sonrisas, nos tratamos con cariño y vivimos buenos momentos juntos". n

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