Brecha Digital

Sin traducir en Santa María

Poeta encontrado en una playa de La Habana

La voz de él sonaba decidida en la playa. Ella no lo miraba y no puede recordar ahora sus palabras. Sólo evoca la voz insistente, el ritmo que a ella se le antojó antiguo, inmemorial. Escuchó sin mirarlo y sin sentir vergüenza, como si todo fuera natural, aun cuando inesperado, como si los sucesos de ese día se reunieran recién entonces para adquirir, juntos, el carácter excepcional, por cierto inmerecido, de un milagro. El mar llegaba a la orilla sin olas, en ondas suaves, apenas audibles.

La mañana nublada y fresca no era de las mejores para la playa. Los cubanos, ateridos, se habían quedado en la ciudad. Turistas sí había, y bajaron ansiosos del ómnibus, prontos a tenderse en la reposera más cercana. Ella y él se alejaron, caminando por la orilla. En Cuba, como en Uruguay, hay playas cercanas a la capital, hacia el este. Santa María es una de ellas.
Se acercaba ya el fin de su estadía en la isla, se sentía cansada y por eso esperó todo el tiempo necesario ese ómnibus del que lo único que ella quería es que llegara antes que la lluvia. Su compañero de asiento, que parecía italiano, llevaba un sombrerito de turista y lentes oscuros. Permaneció un buen rato en silencio antes de descargar la pregunta responsable, entre otras, de su cansancio: Do you speak english? Italiano no era, era peor.
Una solidaridad instintiva entre viajeros la obligó a contestar. Otras preguntas, formuladas por ella en su lengua, la habían ayudado; las respuestas habían abierto para ella ciertas claves necesarias. No podía negarse ahora. Sí, algo –le dijo–, y él expuso cuidadoso sus dudas.
Después ella volvió a lo suyo. Había llegado a la isla un día como ese, frío y nublado, hacía casi un mes. La isla se le había ocultado entonces, el largo lagarto verde. Un piso compacto de nubes era todo lo que veía. Después el avión se metió en el blanco que huía y ya muy cerca la vio: la tierra amarronada, dividida prolijamente por carreteras vacías. Recordó que era domingo de mañana y pensó que tal vez todos estaban todavía durmiendo. Las carreteras las pudo recorrer después y seguían vacías. El verde y el azul le habían llenado los ojos.
Ya en la playa, trató de describirle al extranjero cómo era el mar en días de sol. Quiso decirle los colores, pero no sabía. ¿Cómo explicarle que el mar mostraba con el sol colores que ella en ningún idioma sabía nombrar? Algo le dijo, algo que descartaba el green y el blue, que se acomodaba o se extendía entre ellos, sin tocarlos, sin ser ellos. Él escuchaba con atención.
Ella no le había formulado la otra pregunta, la que termina en from cuando uno la dice en inglés, la pregunta que aprendió en el liceo y que repite ahora a los extranjeros (ella era extranjera en la isla, pero cuando pensaba en los extranjeros pensaba siempre en otros, los de gorrito y lentes, los que son europeos o lo parecen, los que entendían menos que ella no el idioma, el país). No hizo entonces la pregunta por parecerle retórica y, para el caso, desprovista por completo de interés.
Cuando llegaron a un lugar a suficiente distancia de los hoteles costeros y su bullicio ella le dijo que se quedaría allí. Él preguntó con cuidado si le molestaba que él se quedara allí también. Ella creía que eso era lo mejor. Podrían salir cada uno a caminar o bañarse con tranquilidad, y así se lo dijo. No sabe si entendió. Todo tenía que traducirlo para él, y el inglés no era su fuerte. De a ratos ella hablaba en español y él a veces preguntaba y otras veces no. Eso fue creando entre los dos un clima particular, no de confianza pero de algo que se le parecía, cierto desgano compartido, nacido tal vez de la convicción de que era muy poco lo que ponían en común, muy poco lo que había que cuidar.
Ella entró al mar enseguida. Apenas fresco, claro, liso como un lago, salado. Antes había dicho en español: esta música no, mientras caminaban alejándose de un altavoz. Él había señalado a la orilla mientras decía This is the music I like, algo así, ella no contestó.
La mañana se hacía lenta. Pasó un vendedor de collares. Sin clientes, caminaba más bien por rutina. Él le enseñó la palabra necklace. Ella le enseñó los números hasta diez, pero eso fue mucho después... PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

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