Nada de mentiritas
- Última actualización en 12 Abril 2013
- Escrito por: Fabio Guerra
Con Susana Anselmi
Uno no le cree porque sea una actriz de 63 años que porta tres premios Florencio, la fundación de una compañía de teatro en inglés y el salto de su Young natal a escenarios internacionales. Le cree porque no actúa cuando habla. Y cuando actúa, fija en la atmósfera el unipersonal Zapatos andaluces, o nos baja a Brassens en la recordada Guarda al gorila. El viernes pasado Mirta Susana Anselmi Inderkum estrenó, en La Gringa Teatro, la obra Ulf,* de Juan Carlos Gené.
—¿Formación artística?
—Hice la escuela de arte dramático que abrieron, en el Instituto Italiano de Cultura, Roberto Fontana y Nelly Goitiño. Era alumna allí, me encanta el italiano y, de hecho, mis primeras obras las hice en ese idioma.
—Fontana y Goitiño eran destituidos de la Escuela Multidisciplinaria de Arte Dramático.
—Sí, después se incorporaron a esa escuela Héctor Manuel Vidal, Felisa Jezier, que daba expresión corporal, y un profesor de esgrima que no recuerdo el nombre. Y tuve compañeros de lujo, como Carlín Priegue, Laura Canoura, Enrique Permuy...
—¿Cuáles de esos insumos te resultaron más útiles después?
—Una escuela teatral es un laboratorio de ensayo y error. Tuvo esa importancia, adiestrarme en la búsqueda, el inconformismo, la certeza de que sin vencer la incertidumbre y el cansancio no hay logros.
—¿Sostuviste ese rigor en el tiempo?
—Creo que sí, y constituye un modesto orgullo. A los estupendos directores y compañeros que me han tocado en suerte les he pedido siempre que me exijan al máximo. Artaud decía que el teatro es un deporte, y concuerdo. El actor es un atleta del corazón y, al igual que un deportista profesional, su mejor rendimiento empieza cuando llegó al límite de sus fuerzas.
—Suena duro.
—Sí, pero no es una tortura, es una herramienta para honrar el compromiso con el público. Que merece verdad, no mentiritas.
—La sobreexigencia, entonces, es un requisito artístico.
—Así lo siento yo, otros tendrán otra perspectiva. Aquí entra el elemento fundamental del ojo ajeno, el del director o los compañeros, que van pautando, y conteniendo, esa entrega. Lo verifico a diario como docente teatral de niños y jóvenes, tarea que exige mucha atención para no exponerlos a situaciones perturbadoras. Como actriz siento que siempre hay un poco más que puedo dar, y me lanzo a buscarlo aunque camine por el borde de la cornisa. Confío en que el director, o los compañeros, no me dejarán caer. Y si me tiro, que alguien me espera abajo.
—Ante directores que no dan la talla de contención, ¿qué hacés?
—Apelo a mis reservas, y no escondo lo que me pasa. En las ocasiones en que me sentí reprimida o encorsetada lo dije, y eso allanó el camino a las soluciones.
—Dependientes, a la postre, de lo dispuesto que esté el director a compartir poder.
—Por supuesto. Si el director me frena debo acatar, pero mi vocación es proponer. Dejame probar, le digo. Más de una vez el resultado de dejarme probar beneficia a la obra, más que al personaje, y el director, antes empecinado, termina comprendiéndolo. Lo que importa, en el teatro, es la obra, la construcción colectiva.
—La subjetividad de los teatreros es otro talón de Aquiles en los elencos.
—Bueno, el afecto juega su rol. Me considero una persona muy afectuosa y, según mis amigos, todo el mundo me quiere. Pero no ando por la vida haciéndome querer (ríe), simplemente soy. Y la responsabilidad de acallar los demonios interiores es intransferible; antes que actriz, soy persona. Si el vínculo personal entre dos actores está dañado, la escena de amor que representen nunca será verdadera.
—Actuar es fingir. Detestarte fuera del escenario no impide que pueda amarte en él con total convicción.
—Está bien, pero la escena estará, en algún punto, viciada por el sentimiento real, no el fingido. Y aquí me ayuda Perogrullo: no se trata de amar a todo el elenco, sino de procurar mantener buenas relaciones laborales. Porque, insisto, es un arte grupal. Hasta un unipersonal es, para mí, un producto colectivo. No estoy sola allí, me acompañan una autora, una directora, un músico, técnicos en sonido y luces, los consejos de amigos inteligentes. Todo eso es mi carpa de circo en Zapatos andaluces.
—¿Hasta dónde pudiste preservar tu vida de la colonización del oficio?
—Si uno trabajó sobre sí y está en su eje, puede discriminar las cosas. Creo que poseo esa capacidad. Y si por accidente me distraigo, tengo amigos listos para cachetearme con un “che, no te hagas la loca”. Son regalos, esas personas, que la vida me dio.
* Protagonizada por Susana Anselmi y Carlos Mara, con dirección de Carmen Tanco, va en La Gringa Teatro (18 de Julio 1236, esquina Yi, 2903 2744), viernes y sábados a la hora 21. Véase reseña en la página de críticas.

