Onetti en cartelera
No se equivoca Alma Bolón: Onetti era –además– francés (el “además” corre por mi cuenta, Alma es siempre más radical). La prueba de su francofilia no está en Toulouse; puede hallarse hoy en Montevideo en la cartelera cinematográfica.
Para esta noche,* el cine Casablanca exhibe Tournée, el encantador filme de Mathieu Amalric que, visto desde este Sur, no deja de ser una tardía versión libre de Juntacadáveres, la novela que Onetti publicó en 1964. También podría decirse que además de francés él fue un cineasta que hizo cine escribiendo. Para probarlo están sus libros y está El campo, la película de Hernán Belón que estrena esta noche Cinemateca, que con fuerza lo convoca.
Decían que imitaba a Louis Jouvet, a quien seguro vio en vivo cuando sus giras durante la guerra; pero cuando el peruano Alonso Cueto era un aspirante a escritor y quiso visitarlo en Madrid, Onetti postergó el encuentro porque quería ver un ciclo dedicado a Bogart. Recibió en cambio al parecer en fecha y hora a Jean-Luc Godard, que tuvo el proyecto de filmar “Jacob y el otro” en 1992. Y Onetti admiraba a Godard. Según contó Dolly, al despedirse el cineasta le dijo: “Usted es un personaje”. Sentirse un personaje en la vida y actuarlo, ser un cineasta moroso en la escritura y cruzar esas lábiles fronteras de la ficción y lo real fue algo que nos enseñó y legó a cambio de nuestro fervor. Finalmente Godard no concretó lo que sí Álvaro Brechner bajo el título irreverente de Mal día para pescar, el cuento de los dos luchadores. Ahora que pienso, ese canto a la vida que filmó el uruguayo fue una justa traición al maestro, y esa deslealtad libre suele ser la mejor forma de homenaje, como bien sabía Onetti. Pienso también que acaso Mal día para pescar es a “Jacob y el otro” lo que Tournée es a Juntacadáveres. Ambas más esperanzadas que el original, menos sombrías, más de este tiempo, pero dolorosas, doloridas de vivir.
EN GIRA. En preciosa crítica y breve reseña Rosalba Oxandabarat comentó Tournée en el número pasado con el presentimiento de su onettismo. Habla del célebre actor Mathieu Amalric, ahora metido a cineasta, y cierra el primer párrafo señalando “su cara de niño envejecido”. Así lo habría podido definir Onetti. Esa nota enuncia delicadamente el núcleo duro de ese universo, la tragedia inocente del paso del tiempo –casi todas las historias de Onetti ocurren cuando se acaba el verano o empieza el otoño, cuando una estación cambia–, esa carcoma inimputable que todo destruye. Sin sutilezas, cualquier lector reconocerá el argumento que se inicia en la pantalla cuando el protagonista desembarca en Francia con una troupe de artistas del burlesque, desnudistas pasadas de edad y de peso, pintadas excesivamente, con el maquillaje amargo que desborda la boca y enfatiza las patas de gallo. Es Larsen, Junta-Larsen o Juntacadáveres que tantos años antes en una novela sudamericana, en su decadencia de macró, sólo puede reclutar prostitutas viejas. Como el {restrict}protagonista de Onetti, el personaje de Amalric tiene un sueño, ambos regresan como hijos pródigos a su lugar de origen, Santa María o París. Ambos buscan una revancha a la humillación pasada. Según confesión de Amalric, su película fue hecha con verdaderas figuras del burlesque americano, por lo que la película está a medio camino entre el documental y la ficción. Su inspiración estuvo en un libro de Colette, L’envers du music-hall, de 1913. Sospecho entonces que lo que parece una coincidencia podría tratarse de un circuito más extenso. Que el afrancesado Onetti tuviese como inspiración no sólo la historia de los macrós marselleses en guerra con los argentinos en el bajo de Buenos Aires, sino también una influencia inconfesa, una fuente oculta en Colette. Bajo el libro de Internet y, urgida, empiezo a leer. Se trata de una memoria, recuerdos autobiográficos de una gira, y su primera escena repite las inaugurales de Juntacadáveres y Tournée, la llegada en tren de las mujeres pintarrajeadas y alegres. Otras navegaciones me dan un dato intrigante. El cineasta, que encarna como actor a su protagonista, nombró a éste Joachim Zand, según declara, en homenaje a su madre Nicole Zand, que en el momento de esas declaraciones estaba en Cannes con “las chicas” celebrando el premio en la alfombra. Final feliz, celebraciones, lo contrario del filme. No es ése el dato curioso, sino éste: Nicole Zand es o era crítica literaria en Le Monde y entrevistó a Onetti.** Cuando termine de escribir esta nota me propongo buscar un contacto con Amalric o con su madre y preguntarles si tienen ellos alguna fuente oculta. Solo por ese afán, que la crítica comparte con los detectives. Lo demás está a la vista y en la pantalla, la delicada y amarga tarea de vivir de estos marginales de carretera, los solitarios del mundo que nadie, ni los Beatles, saben de dónde salieron.
EL JARDÍN DEL EDÉN. No es más sencilla la vida para los que andan de a dos por la vida en el universo de Onetti, ni es fácil para las parejas en cualquier universo cuando al amor se adosa la palabra tiempo. Hoy se estrena El campo, primera película de ficción de Hernán Belón, que había destacado como documentalista en El tango de mi vida y Sofía cumple cien años. Narra esta historia mínima e intimista que se favorece de un aire de documental, es decir, de un efecto verdad. Una pareja joven con su pequeña hijita detienen su auto frente a la portera, ingresan “al campo”, en realidad una casa algo ruinosa en una localidad rural que se compraron con el proyecto asimétricamente compartido de una vida cerca de la naturaleza. Todo empieza a andar mal, es invierno pero la desolación emana de ellos. Ella (Dolores Fonzi) manifiesta un rechazo irritante por el lugar, por la paisana que hace de casera, por el frío. Parece histérica, insoportable. Nada se explica y tampoco –felizmente– nadie propone en el desayuno “tenemos que hablar”. Cuando una pareja pronuncia esas palabras lo que ocurre es que “ya no hay nada que hacer”. Lo escribió con su habitual elegancia Saul Bellows, sabio en parejas, en las primeras páginas de Herzog: “el alma sabe lo que quiere”.*** Nadie explica nada, tampoco la película aclara por qué, pero el espectador asiste al deterioro como a una fatalidad. Vi la película cuando preparaba un prólogo para una antología de cuentos de Onetti que va a sacar Banda Oriental. Vi El campo cuando leía “Tan triste como ella”, una de las historias más tristes que se han escrito. Augusto Monterroso la incluyó por eso en su Antología del cuento triste. A diferencia de la película, hay tremendismo y abyección en la historia de Onetti, hay deseo de hacer daño y desamor por el hijo no deseado. La sordidez no ahorra escenas de una crudeza que en el cine entrarían en la categoría de lo insoportable y en la literatura transitan en su filo en la prosa preciosista y lacónica de Onetti. Pero comparten la tristeza infinita del ya no y comparten el mito. Como el jardín de la casa de “Tan triste” (llamémosla así como la llama el autor desde el epígrafe a la mujer sin nombre), el campo será también símbolo del paraíso, si hay una pareja que lo habite. El campo no es el motivo que divide a la pareja, los deja solos frente a frente y en desnudez como a la pareja primigenia, los obliga a reconocerse extraños. También como en Onetti, esta película deliberadamente pequeña queda acechando en la memoria. ¿Por qué se separaron? ¿Se separan o recomienzan? Para mí era claro, pero muchos comentaristas vieron otra cosa.
Recibo la nueva novela de Jeffrey Eugenides, La trama nupcial, leo en el ácapite estos versos de una canción de los Talking Heads: “Y puede que te preguntes: ¿y cómo he llegado aquí…?/ Y puede que te digas:/ esta no es mi bonita casa./ Y puede que te digas: esta no es mi preciosa mujer”.
* Cuando joven, Onetti tomó para una de sus novelas el nombre de una sección de la cartelera de un diario porteño. La novela se llamó Para esta noche.
** La entrevista, que no pude conseguir aún, se publicó en Le Monde el 17 de octubre de 1986. Tal vez alguien lea esto y la encuentre.
*** Comparto, de memoria, la cita como la leí hace décadas o como la recuerdo: “Intellectual man had become an explaining creature: man to wife, lover to lover. The soul wanted what it wanted, it had its own natural knowledge”.