Guitarra, dímelo tú

Con Juan Falú
El aula magna de la Universidad Católica desbordaba de público interesado en un ex guerrillero peronista, que al primer rasguido despertó el folclore aletargado en nuestras venas. Guitarrista y compositor autodidacta nacido en Tucumán, Falú accedió a conversar con Brecha luego del recital compartido con otro gran músico argentino, Carlos “el Negro” Aguirre.* La charla incorporó a su tío Eduardo, y a un hermano asesinado por la dictadura.

—¿Por qué rumbeaste hacia el folclore?
—No recuerdo haberlo elegido, tuve un período muy corto de estudio académico, dos o tres años, en que soñaba con interpretar un repertorio clásico al estilo de Andrés Segovia, pero la música que naturalmente comencé a tocar fue el folclore. Porque, pienso ahora que te respondo, estaba mi padre, un melómano que cantaba folclore y tango acompañándose con la guitarra, y tocaba de oído el piano y el acordeón. Y estaba Eduardo, su hermano.
—Las reuniones familiares eran poco menos que conciertos.
—Sí, tengo cuatro imágenes asociadas a mi aprendizaje musical. La primera de mi padre, cantando a mi lado, enseñándome un valsecito, un tango, una zamba.
—¿Cómo se llamaba tu padre?
—Alfredo. Otra postal son las visitas de Eduardo, que cada vez que iba de Buenos Aires a Salta, y al revés, pasaba por casa. Le mostraba a mi padre lo último que había compuesto. Yo escuchaba, entonces, sin la menor idea de la proyección de su obra, “Tonada del viejo amor”, “Trago de sombra”, “La nostalgiosa”. Me acuerdo clarito la parte de “La nostalgiosa” que dice: “Busco al fondo de la calle un cerro, pero encuentro un cielo y nada más”. Mi padre y Eduardo eran salteños, imaginate cómo cantaban eso. La tercera imagen es la de mi maestro de quinto y sexto grado, Juan Walter, un seminarista salesiano que me hacía cantar en el corito y tocaba el armonio. Es el maestro que más quise y valoré. Nos reencontramos muchos años después, él con hijos y yo con acordes.
—Colgó los hábitos.
—Pero no la fe. Fue una persona clave en mi vida. La cuarta escena soy yo, en el líving de mi casa en Tucumán, escuchando los discos de mi padre, recibiendo esos sonidos que fundaron mi música.
—Escuchándote uno piensa en un don, porque no todo autodidacta consigue tus resultados.
—En realidad tengo grandes limitaciones técnicas. Que, paradójicamente, me ayudaron a ser lo que soy. Le debo a la noche, los bares, los amigos, a Tucumán y al exilio en Brasil, mi identidad artística.
—También les debés, según confesaste, haber podido desprenderte de la figura de Eduardo.
—Me considero un ejemplo de lo que en psicoanálisis estudié como procesos de identificación.
—¿Estudiaste psicología?
—Y me recibí, ejercí unos años y olvidé la profesión. En el intento de igualarte a determinado modelo, familiar o no, se corre el riesgo de sucumbir.
—Creí que ibas a decirme en el intento de diferenciarte.
—El riesgo es parejo en ambas opciones. Estoy seguro de que si hubiese intentado parecerme a Eduardo habría sucumbido; por suerte la intuición me ayudó a distanciarme, mediante un trabajo que continúa, y no es lineal. Porque ahora lo estoy recuperando en todos los sentidos, con una admiración más genuina que la que le tenía de niño.
—Acrítica.
—Exacto. Mi valoración de él, hoy, es más auténtica y me gusta sentir que, con 64 años, sigo aprendiendo a ver la realidad. De cierta manera Eduardo es, para mí, una medida de la realidad.

SANGRE DE LA TIERRA.
—La dictadura te quitó un hermano.
—Fue asesinado personalmente por Bussi, interventor de la provincia de Tucumán. En estos días se está realizando el juicio que incluye el caso de mi hermano. Fue al principio de la dictadura, en 1976; Bussi hacía arrodillar al borde de la fosa al prisionero, con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda, y le disparaba. Era su forma de infundir coraje a los que debían seguir fusilando. Cito esta atrocidad sin intención sensacionalista, sólo para repensar el tipo de horror que padecimos.
—¿Participaste en alguna acción directa cuando integrabas las Fuerzas Armadas Peronistas?
—En un momento esa organización político militar a la que pertenecí cuestionó el foquismo, a pesar de practicarlo. Decidió frenar las acciones para concentrarse en el desarrollo político de la clase obrera peronista. En este viraje las fap nunca llegaron a consolidarse, porque las abatió la represión de-satada. Nunca participé en un combate, ni maté a nadie, y es la primera vez que hablo de esto en estos términos. Te lo cuento porque no sé dónde estaría ahora si hubiese atravesado una experiencia así.
—¿La guitarra te asistió en esos trances?
—Nunca la abandoné, pero suspendí toda actividad artística. Y en el exilio en Brasil fue mi sostén. No estaba preparado para irme; me fui porque alguna parte de mí temió enloquecer. Y fue en Brasil que comencé a componer zambas, vidalas, chacareras, gatos. Crear mi propia música reforzó mi autoestima.
—Pagaste bastante para obtenerla.
—Son componentes que fraguaron mi personalidad, no me gusta el rol de víctima. Estoy convencido, por otra parte, de que aun sin el auxilio de la voz –hoy me animé a cantar por puro desparpajo (risas)– y de la letra, la guitarra es capaz de expresar cualquier emoción, desde una lágrima hasta un regocijo. Soy músico no por lo que estudié, sino por lo que viví. El balance es muy gratificante, sobre todo cuando uno encuentra un público como el que me acompañó esta noche.
—¿Uruguay suele recibirte así?
—Sabés que, felizmente, he venido más de una vez y en todas la respuesta fue estupenda. Pero lo de hoy tuvo un voltaje excepcional. A lo que sumo el privilegio de haber compartido escenario con el Negro Aguirre, una joya de la música argentina contemporánea.
—País que no cesa de engendrar folclore y folcloristas para todos los gustos, sin que a ninguno le falten seguidores.
—Sí, teniendo en cuenta que está socialmente establecido que lo popular es lo que se consume, es estimulante verificar que este tipo de propuesta, de raíz folclórica y no condicionada por el éxito, mantiene un público fiel. Convivimos con esa contradicción, hacemos música popular que el pueblo no consume.
—No compra discos, decís.
—Claro, no se apropia de ella en forma masiva. De todos modos, prosiguiendo con las paradojas, los músicos de estos géneros actuamos en muchos lugares, y vivimos dignamente del oficio.
—La cantidad y diversidad de personas que vinieron a escucharte asombró incluso a los organizadores. Es algo que quizás no pueda explicarse sólo por lo que ofrecés.
—Cuando uno hace música de la tierra, y hablo de la tierra que une a argentinos y uruguayos, van y vienen con ella nuestras historias personales y sociales. Eso genera canales invisibles y poderosos de comunicación. 

* Los músicos argentinos inauguraron, el sábado 13, la temporada 2013 del ciclo de conciertos que desde hace una década organiza, en la Universidad Católica del Uruguay, la empresa de gestión y comunicación cultural Dúo, integrada por Diego Barnabé, Moriana Peyrou, Ana Oliver, Karen Halty y Lucía Pittaluga (www.duo.com.uy).

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