Máscara blanda y víbora en el pecho
- Última actualización en 25 Abril 2013
- Escrito por: Ana Inés Larre Borges
Sylvia Lago
Acaba de publicar una novela que funda sobre orígenes familiares, pero deriva en una historia de violencias y horrores que nunca faltaron en su literatura. Con ella Sylvia Lago continúa una carrera de narradora que se dibuja sobre la historia cultural y política del Uruguay reciente.
“Esta novela son mis demonios que salen convertidos en mis fantasmas”, dice Sylvia Lago frente a su reciente novela Desde la penumbra, editada por Planeta y que se presentó hace un par de semanas. “Tal vez sea la última”, agrega con ese timbre de voz que se mantiene diáfano y juvenil a sus 80 años. El título “Desde la penumbra” se alía con la ambigüedad de la contratapa que no adelanta ni el tema ni la historia contada para inducir la sospecha de que este libro otoñal pudo ser una entrega autobiográfica de la escritora, algo parecido a sus memorias. “Siempre hay algo de la vivencia personal, pero en este caso lo transformo muchísimo. Los personajes vinieron cuando quisieron y fueron transformados a un impulso inconsciente.” Y es verdad, el nuevo libro es una novela de las de antes, con los atributos de las novelas consistentes de la tradición latinoamericana: una historia fuerte, una ubicación en un pasado mítico o por lo menos perteneciente a la sociedad tradicional, una pluralidad de voces, una escritura cuidada y perfecta. La primera persona tampoco deja de ser una estrategia narrativa, una elección literaria que disfraza la confesión que hay en todo arte. La otra confesión, la de su vida, buscamos encontrarla en conversación con la autora, una figura intelectual que ha sido protagonista y testigo de la cultura uruguaya del pasado inminente.
—Hay un ambiente en tus narraciones que es difícil saber si pertenece a la literatura o a la biografía. Es ese universo de familias extendidas, grandes caserones, que es algo muy criollo y muy patricio. ¿Estuvo en tu origen ese mundo?
—Hubo una abuela de mucho peso en una familia pequeñoburguesa donde predominaron los abogados, “los negros de Treinta y Tres”, como les decían, porque los Lago son de allá. Mi abuelo era un abogado de bastante prestigio que viene a casarse con una alemana hermosa y distante, pero yo estaba más cerca de mi familia materna. Me crié más cerca de mi abuela materna, que era criolla, y vivíamos en una quinta enorme. Tengo recuerdos muy lindos de la infancia, teníamos animalitos, hasta un ñandú que cuando era chica me seguía. Parece mentira que esa casa ocupaba una manzana en Chucarro y Martí, donde está el cine. Tengo recuerdos que incidieron en mi obra, era una casa muy vieja, me quedó la imagen de que de pronto caían pedazos de techo viejo y a mí me pareció que eran palomas, había galgos y allí en parte salió Trajano, lo primero que publiqué.
—Las familias tienen en tu obra sus conflictos y complicaciones.
—Tal vez; mis padres se casaron a los 17 años y la familia de mi abuela alemana no lo aceptó muy bien. Quedaron cosas ahí pendientes que tal vez en la literatura pueden salir. Al principio fue inconsciente y luego consciente. Sobre todo mi padre, con quien tuve una relación que recién ahora la estoy mirando, porque en realidad todo es un poco intuitivo y es luego que uno se da cuenta de cómo pesó la vida de uno. Papá era ateo, pero no de los que dejan la educación a cargo de las mujeres; él no quería, es más, tomé la primera comunión sin que él supiera. De manera que ya había desajustes muy grandes. En esa gran familia había una matriarca que era mi abuela materna, desde los 24 años.
—Como ocurre en esta novela.
—Pero sin la relación terrible con el capataz; eso lo inventé. Mejor aclararlo porque todavía queda alguien que podría ofenderse. Era una familia grande, pero también en esa época había personas del servicio totalmente integradas. Hay un personaje que prácticamente nos crió a nosotros, una de esas mujeres fieles que permanecen en la casa toda la vida, a quien yo adoro y a quien retraté en mi literatura, incluso en esta novela tiene algo de Adelfa sin serlo del todo. Ahí se fue formando un imaginario que después tomó rumbo a la literatura. Recuerdo que tendría 12 años cuando escribí una narración que se llamaba “El pozo” y se inspiró en un aljibe que me quedaba mirando largamente y me promovía una especie de vértigo; escribí un cuentito que después naturalmente se perdió, pero la inclinación literaria nació en ese ambiente.
—Ese mundo es también el de García Márquez, pero antes de serlo en la literatura es el que describe Gilberto Freyre en Casa grande e senzala, su libro sobre la historia íntima del Brasil, donde habla de esa casa donde conviven distintas generaciones, distintas clases sociales. Freyre habla de cómo el contacto de los niños con amas negras incidió en la identidad brasileña. También aquí había ese contacto.
—Había, y promovía un sentimiento amoroso muy fuerte; es más, a veces uno se ligaba más con alguna de esas personas que estaban al servicio pero que eran como parte de la familia a pesar de que de pronto no les pagaban su sueldo, pero estaban integradas, y eso deja una huella muy grande. Yo conversaba y tenía más confianza con una de esas mujeres que con mi madre. Ella, que venía del campo, tenía cantidad de supersticiones, como que no se podía dejar las ventanas abiertas cuando había luna llena, y todo eso que mi hermana y yo lo sentíamos como real. A mí me encantaba que fuera verdad. Deseaba que fuera verdad, y cuando uno lo desea mucho al final lo logra. Tiene cierto sentido de esa realidad que al final es ficción. Como decía Auster, la ficción y la realidad son una sola cosa.
—Ese Uruguay que hoy parece mítico o literario estaba mucho más cercano a la naturaleza. Ahora eso cambió, al menos en Montevideo, no hay infancias con baldíos de vegetación indisciplinada, ni con gallineros…
—Mi infancia estuvo muy cerca de la naturaleza. Mi abuela materna tenía un campito pequeño en Rivera que para mí era el paraíso terrenal. Me gustan mucho los animales. Ahora estaba con ganas de comprarme unos gansos para tenerlos aquí, porque cuidan la casa como si fueran perros, gritan y gritan en el momento en que entra alguien. Esa abuela tenía ese contacto con las flores, las hortalizas, sobre todo con las plantas. Además teníamos pájaros, y siempre estuvimos en contacto con animales, cosa que todavía conservo. Creo que todo eso fue un sedimento para que yo tomase las cosas para escribir.
—Ese mundo está sin embargo cargado de elementos perturbadores, algún crítico ha hablado de iracundia y, aunque tú hablás siempre con una voz amorosa, tus libros están cargados de alas de cuervo.
—Dicen que todos llevamos una víbora enroscada aquí en el pecho, la mía sale a luz cuando escribo. Y dice lo que tiene que decir. No es una literatura idílica, para nada. Los cuentos que he escrito de amor tienen una raíz de desencuentro. No soy demasiado optimista para las relaciones amorosas.
—Mencionaste a Trajano, que es el nombre de una novela y del cachorrito que en esa historia le dan al hijo de la lavandera.
—Trajano era un perrito que yo tuve, después murió y tuve otro que se llamaba también Trajano, aunque nada tenía que ver con aquél. No es azar, lo elegí por algo. Tengo la tendencia a reconocer rasgos animalescos en las personas. No siempre son peyorativos, aunque a veces sí lo son.
—Trajano fue también tu entrada a la literatura. La novela ganó un concurso organizado por la revista Número en 1956, y en el jurado estaba Onetti, que luego te hizo el homenaje de ponerle Trajano a un perro de una de sus últimas novelas. ¿Cómo lo conociste?
—Tuve un trato especial con Onetti, yo trabajaba en la Biblioteca Municipal en la planta baja, y él, como director de Bibliotecas en la Intendencia, ocupaba el tercer piso. Él nunca bajaba, de modo que comunicación cero. Hasta que gané el premio con Trajano y me quiso conocer. Subí temblando y me dijo que le había gustado el cuento, que siguiera escribiendo. Y también me dio unos consejos sobre cómo ser escritora, que por supuesto no obedecí. Dijo que no me casara, no tuviera hijos, y que no me dedicara a la docencia. No sé si hubiera sido mejor escritora si hubiese seguido sus consejos. Entonces –yo tenía 22 años– le respondí que ya era tarde, que estaba estudiando en el ipa, que era casada y que estaba además esperando un hijo. Se rió. Después tuvimos una relación linda, de comunicarnos de pronto por teléfono.
—Eras una mujer hermosa, lo debiste impresionar en ese encuentro.
—No, no era, mi hermana era hermosa.
—Hermosa y parecida a Delmira Agustini, ¿nunca te lo dijeron?
—Sí, me lo han dicho. Recuerdo que Maidanic, cuando éramos profesores en el iava, me dijo: “Cuidado, se parece demasiado a Delmira, mire cómo termina: pum, pum”. Onetti era muy consciente de su seducción, pero no hubo ningún juego entre nosotros. Creo que nuestra relación siguió por muchos años, pero de algún modo quedó atada a ese comienzo de cuando el concurso en que él fue parte del jurado. Recuerdo que, muchos años después, cuando yo estaba en Humanidades y le dedicamos unas jornadas en su honor, queríamos que viniese, y cuando hablábamos por teléfono, Dolly, que era con quien yo hablaba, nos trasmitía lo que decía él. Y en eso se escucha la voz de Onetti que dice fuerte: “A Sylvia decile una sola palabra, Trajano”, así que ese fue nuestro vínculo, ese perro del cuento. Pero Onetti daba un sentido especial a los perros, por eso yo lo guardo como un recuerdo especialmente grato.
—Tú fuiste a verlo con Idea Vilariño, cuando lo arrestaron por el concurso de Marcha que provocó el cierre del semanario y fue el preámbulo de su exilio español.
—Es verdad que lo volví a ver cuando estuvo internado en el Etchepare, cuando el cierre de Marcha. Fuimos juntas con Idea, yo fui primero a ver a Mercedes Rein, de quien era muy amiga. Idea naturalmente fue directamente a verlo a él.
—Idea escribió sobre esa visita, pero cuando su testimonio se publicó en la biografía que hicieron María Esther Gilio y Carlos María Domínguez –Construcción de la noche— provocó el gran enojo de Dolly y también de Onetti.
—Es verdad, pero Idea ya antes lo iba a visitar a España y entonces Dolly la recibía y se retiraba y los dejaba solos. Creo que se quisieron mucho; no te puedo contar ciertos detalles que tal vez ella no quisiera que se supieran, que hablan de su relación, porque tuvimos con Idea una amistad de compartir cosas muy íntimas. Cuando él se iba a su casa, llevaba ya todo preparado, cargaba una serie de objetos de los que iba a usar, como el cepillo de dientes, porque sabía que iba a pasar días con Idea. Creo que se quisieron mucho, dos grandes escritores, muy distintos. Después ella dijo cosas, se quejó, lo peleó un poco.
—Fuiste una de las más cercanas amigas de Idea, que no era una persona fácil. ¿Se distanciaron al final?.. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

