Prevención de incendios y clausuras en el país de primera
La primera clausura decretada para el 1 de mayo por Espectáculos Públicos de la Intendencia de Montevideo fue la de Espacio Guambia. Luego se anunció que también cerrarían, Caín y Cine Universitario. A las pocas horas Cinemateca recibió la noticia de que igual destino correrían las dos salas de Lorenzo Carnelli y Cinemateca 18.
"!Resistiremos!”, decía escuetamente el mail que me envió Luis, jefe de salas de Cinemateca, cuando le respondí que no éramos los únicos en recibir el amenazador cedulón de la im que anunciaba que el Día de los Trabajadores sería el del cierre de tres de las cuatro salas de Cinemateca.
El humor tras el mail era evidente. No hacía falta recordar que la historia se repite, primero como tragedia y luego como farsa. Lo que la dictadura militar no había logrado, lo iba a lograr el gobierno del Frente Amplio: cerrar la Cinemateca.
La fecha era, además, paradójicamente simbólica: no solamente por dejar a un montón de trabajadores en la calle justamente el día que los homenajea sino porque un 1 de mayo, pero de 1967, Manuel Martínez Carril rescataba, de la carbonera de Walther Dassori, uno de los fundadores de Cinemateca, el núcleo de películas de lo que luego se convertiría en el mayor archivo fílmico del Uruguay.
El cedulón no nos tomó por sorpresa. Era el corolario de una larga secuencia de multas, la última de las cuales recibí personalmente en Cinemateca 18 el día de la ceremonia de clausura del 31 Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay.
Aquel fue un día memorable y no solamente por haber terminado con éxito un festival agotador: en el lapso de unos pocos minutos nos entregaron en el escenario de una sala llena, el inesperado reconocimiento de The Hollywood Foreign Press Asociation –entidad que agrupa a los periodistas extranjeros de Hollywood y coorganiza los Golden Globes– por la contribución de Cinemateca a la cultura cinematográfica mundial y, lejos de la gente, que ya en esos momentos disfrutaba de Tabú, probablemente la mejor película que se estrenará este año en Uruguay, la penúltima multa de la Intendencia, uno de los principales auspiciantes del evento. La inspectora, de pocas o nulas palabras, venía acompañada por un adolescente que tímidamente pidió el boletín mensual de Cinemateca y que volvió sobre sus pasos para preguntar si de verdad podía llevárselo. Nada extraño: lo primero que se aprende en Cinemateca es a vivir en estado de paradoja.
El fogoso romance de Cinemateca con el departamento de Bomberos se había iniciado hacía ya más de dos años. Como se sabe, las condiciones que establece el nuevo decreto para lograr la habilitación son costosas y muchas veces imposibles de implementar por las características mismas de los edificios. En el caso de Cinemateca 18, el cielorraso existente no soporta el peso de los caños y regaderas que requiere la reglamentación. En el de Pocitos –el cine más antiguo del país, en actividad desde 1929– su techo de principios del siglo xx no sostendría el peso de los tanques de agua. De modo que la primera sala con un proyecto viable fue Carnelli. Quince mil dólares, 40 detectores de humo, una alarma, varias luces de emergencia, dos sirenas, tres barreras de humo, una bomba de agua que entrega 210 litros por minuto, 30 metros de prolongación de las cañerías (¡caño galvanizado!), llaves y grifos, instalación eléctrica, tablero, mano de obra. Tanques de agua, de 6 mil litros. Frente a la ose.
A poco de comenzar las exigidas reformas llegué una tarde a Carnelli y, plantado en la puerta, estaba el tanque de seis mil litros. Ahora y gracias a nuestra nueva bomba tendríamos 28 minutos y medio para apagar un incendio sin que se nos agotara el agua. Casi lo que dura un mediometraje.
No había que ser ingeniero para darse cuenta de que ese tanque no pasaba por la puerta. Tampoco bajaba por la escalera de la sala, coronada por la foto de la toma final de Tiempos modernos, un descenso necesario rumbo a su destino final: el espacio donde antes estaba el videoclub. Los tiempos cambian hasta en Cinemateca: ahora teníamos sala con piscina. Fea, pero nadie podía decir que frívola (como la propia Cinemateca).
Al otro día eran dos los tanques de agua en el hall de Carnelli, más chicos. Tampoco pasaban por la puerta vaivén de la sala. Heber, el encargado de mantenimiento, la estaba serruchando. A la vieja puerta. Los tanques esta vez bajaron la escalera.
Instalados los detectores, las barreras de humo, las sirenas y alarmas, alojados los tanques y llenados de agua creíamos haber hecho lo que debíamos y que recibiríamos la bendita habilitación de bomberos. Sobre todo considerando que, gracias a otro decreto de primera, Martínez Carril ya no tiraba 210 litros de humo de cigarrillo por minuto en las oficinas, con lo que además estábamos a salvo de las falsas alarmas.
Yo estaba casi contenta: harta de los cedulones, los pedidos de prórrogas, la amenaza constante de cierre y la paranoia de estar inhabilitados, las nuevas instalaciones aseguraban la continuidad, al menos, de dos salas y ponían a salvo a espectadores y funcionarios. Hasta que llegó Eduardo, el encargado del Centro de Documentación, el “archivo papel” de la Cinemateca –y perdone el lector la profusión de “encargados” que pueblan esta nota: no se trata de que además exista un ejército de “no encargados” sino que gracias a la endémica escasez de recursos cada área es unipersonal y los “encargados” se encargan más bien de todo lo que a su área compete, sin subalternos. Pero Eduardo es, además, el encargado de pinchar globos y devolvernos al estado de paradoja:
—Una pregunta… –me dijo, mientras yo seguía mirando hipnotizada el lugar donde antes había 6 mil videocasetes y devedés–. ¿Alguien pensó qué pasaría con el Centro de Documentación Cinematográfica si los bomberos nos salvan del fuego en la sala de arriba pero nos tiran seis mil litros de agua, o más, para acá abajo? ¿O si esos tanques se rompen? Estamos en un subsuelo, que, obviamente, no tiene desagües.
La imagen de una catarata descendiendo por las escaleras que van a Sala Dos y la biblioteca me hizo olvidar el alivio de saber que los bomberos tenían todo pronto para salvarnos de un incendio. Vi a Chaplin y Paulette Goddard caminando juntos sobre el agua –Jesús llevando del brazo a María Magdalena– hacia el nuevo amanecer. Un templo pero del cine, Cinemateca.
Sin embargo, nos gustan los bomberos. Es un trabajo abnegado y era, hasta ahora, la única división de uniformados que no había intentado cerrar la Cinemateca. Los honra, además, uno de los pocos monumentos lindos de Montevideo. El bombero con un niño en brazos. La figura levemente agachada, la tensión en el rostro que mira hacia adelante, el rebozo del niño al viento. El uniforme austero. Una estatua de tamaño natural, que lejos de menoscabar su heroísmo y grandeza, los manifiesta. El contraste con la horrorosa estatua ecuestre de Lavalleja no podía ser más justo y pronunciado.
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Tan pronto se hizo pública la situación de las 35 salas inhabilitadas, mucha atención se ha centrado sobre la Intendencia de Montevideo. Pero cabe recordar que no siempre el humo está donde el incendio: los inspectores municipales deben hacer cumplir la normativa vigente, emanada del Ministerio del Interior. Se ha repetido que lo que se busca evitar es otro Cromañón. Nadie quiere cantautores achicharrados en el Espacio Guambia. Ni gays quemados en Caín. Tampoco cinéfilos rostizados en Cinemateca o Cine Universitario. Nosotros tampoco. Pero sin querer hacer algo de tan mal gusto como comparar tragedias, y ya que es desde el propio Estado que se ha traído a colación el riesgo de muerte en lugares cerrados, uno no puede menos que recordar que fue en una cárcel de Rocha, hace menos de tres años, que murieron 13 personas. El Ministerio del Interior era el encargado de cuidarlos. El incendio fue el 8 de julio de 2010. Dos semanas después estaba pronto el decreto 222, en el que un montón de técnicos se juntaron en una burbuja de perfección para elaborar una reglamentación preventiva de primera, como el país prometido en la campaña electoral. El problema es que nadie calculó si el proyecto ideal era implementable, o a qué costo. Algo imposible de mensurar en quince días, pero había que hacer algo rápido para aplacar el horror de la gente. De modo que lo que hicieron fue copiar para Montevideo un proyecto diseñado para San Pablo, una ciudad de 30 millones de habitantes que lo fue aplicando y adaptando a lo largo de diez años, usando legislaciones diferentes para edificios antiguos y modernos. Lo que vendría a ser como si en Haití, quince días después del terremoto, hubieran adoptado la reglamentación de construcción antisísmica de, pongamos, Tokio.
Así, la nueva reglamentación empezó a ser letra muerta para casi todos, menos para quienes están obligados a tramitar habilitaciones municipales para funcionar a diario. No los hospitales ni las cárceles. Tampoco los liceos y las escuelas. Ni siquiera la propia Intendencia Municipal y probablemente tampoco todas las dependencias del Ministerio del Interior. Pero sí las salas de espectáculos.
En diciembre pasado, la causa penal contra los funcionarios estatales de la cárcel de Rocha fue archivada por la jueza Marcela López, quien entendió que no había responsabilidad penal alguna porque “no puede perderse de vista que el incendio mismo ha sido causado por un hecho fortuito, no por el Estado ni sus agentes”. Si sólo se es responsable por acción y no por omisión, seguramente tampoco sea culpa del Estado que una puerta de ascensor que se abre en una Defensoría de Familia no dé paso a un ascensor sino a un pozo de seis metros. El fallo judicial sobre la responsabilidad del Estado en el caso de la cárcel de Rocha es una infeliz coincidencia del Poder Judicial y el Ejecutivo, que ya había absuelto al ministro del Interior, que siguió en su cargo a pesar de los muertos. Sin embargo, no puede decirse que éste sea un problema de este gobierno. En 1993 y bajo el gobierno de los blancos se incendió el Palacio de la Luz y murieron cinco empleadas. El director de ute era Alberto Volonté quien, lejos de terminar allí su carrera política, fue nombrado embajador en la República Argentina unos años más tarde por el gobierno colorado de Jorge Batlle. ¿Hay alguien que todavía se acuerde de que también se le prendió fuego la embajada? A diferencia de ambos incendios, la carrera política de Volonté tuvo que extinguirse sola.
Gracias a las voces de protesta que se alzaron tras la carta abierta de Antonio Dabezies, director del Espacio Guambia, la Intendencia de Montevideo y el Ministerio del Interior han comenzado a estudiar las posibles soluciones al problema de las habilitaciones. Lo que se dijo en la runión de este jueves en el Salón Rojo de la Intendencia es que se revisará el decreto, se darán prórrogas y se facilitarían préstamos “blandos” del brou para microempresas, de modo de ayudarlas a ser un poco más micro, pero por lo menos seguir abiertas. No he escuchado a nadie decir que le van a dar un préstamo a ose para cambiar los caños y mejorar el bombeo y dejar de transferirle a los privados los problemas del Estado, que o bien compite directamente con éstos (hay que pensar cuánta incidencia tienen la profusión de escenarios públicos y la fuerte inversión estatal en su propia infraestructura, en el cierre del Cine Plaza y en los graves problemas de las salas independientes para mantenerse) o bien los carga con obligaciones imposibles de cumplir sin fundirse, y que el propio Estado no cumple. Y es que en lugar de Antel Arena yo diría que lo que hace falta es Antel Agua.
Si, hablando de películas, alguien me preguntara cuál debería ser el final de esta historia le diría que ni Chaplin caminando sobre el agua, ni los nitratos prendidos fuego junto con el cine a la Bastardos sin gloria, ni el cierre inminente de la Cinemateca de La vida útil, sino un rabioso cliché del cine más barato de Hollywood. Un final con una persecución a toda velocidad, en la que un auto dobla como un bólido por Carnelli. Es el héroe que escapa de los malvados, quienes en su afán de alcanzarlo torpemente golpean un hidrante de incendios, pierden el control del vehículo y adiós a sus pretensiones de atraparlo. El fuerte chorro de agua que se eleva varios metros lanza a volar a las palomas que anidan en la fachada del viejo cine y los niños del barrio corren a chapotear en la fuente inesperada. Por suerte es un lindo día de verano.
Es que, paradójicamente, a veces son buenas las películas malas.