Hablemos de literatura y política
- Última actualización en 02 Mayo 2013
- Escrito por: Ana Inés Larre Borges
“Bellas Francesas”
Tres escritores franceses llegaron a Montevideo y durante dos jornadas hicieron presentaciones con estudiantes, dialogaron con colegas nativos y dieron entrevistas a la prensa. En la Biblioteca Nacional el diálogo fue sobre un tema que hace tiempo parece estar fuera de la agenda: el compromiso del escritor.
El team galo –Toussaint, Énard, Hamelin– fue de primera división. Siempre se podrá discutir sobre preferencias literarias, pero por distintas razones y circunstancias sus nombres destacan hoy en Francia (véanse sus perfiles en el recuadro). Entre las varias presentaciones, la del lunes en la Biblioteca Nacional era la más abierta e incierta, desde que los reunía con la promesa de una “entrevista pública”. Con la presencia de Carlos Liscano en la mesa, la moderadora Alma Bolón encontró un hilo conductor en la faz política de los autores. Mathias Énard es lo que se podría llamar un “orientalista moderno”, en tanto estudioso de la lengua y la cultura árabes, y ha escrito novelas que se internan en las guerras de los Balcanes y en la más reciente “primavera árabe”. Lancelot Hamelin, dramaturgo y reciente novelista, ejerce un revisionismo crítico sobre la culpa y la hipocresía en relación con la guerra de Argelia. Jean Philippe Toussaint, además de escritor, fotógrafo y cineasta, es un autor intimista y minimalista y parecía el más ajeno a la temática ideológica, pero sus estudios universitarios fueron en ciencias políticas y ha publicado toda su obra en Éditions de Minuit, que publicó a todos los autores del nouveau roman de los que Toussaint es heredero, pero además la editorial nació en la clandestinidad, como parte de la resistencia a la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial –precisamente su nombre responde a que los libros se hacían en la noche–. El reconocimiento de esa conexión determinó que la conversación se iniciase en el terreno político. Y allí se instaló para quedarse. El diálogo discurrió de modo fraterno y en ningún momento se cruzaron formalmente los argumentos; sin embargo la polémica de ideas y las diferentes posiciones se sucedieron de un modo yuxtapuesto pero evidente. Pase y lea.
Toussaint —Recuerdo mi reacción ante un artículo en el Correo Internacional donde un periodista sueco acusaba a los escritores franceses porque no escribían sobre el mundo y sus problemas. “Ninguno de los premios literarios recientes en Francia habla en su obra de los disturbios ocurridos.” Eso era en 2005, y yo era uno de esos premios literarios por mi novela Fuir, de modo que me sentí atacado y sorprendido. Entonces respondí diciendo que un escritor no puede referirse a la realidad del mismo modo en que lo hacen los periodistas. La crisis en los suburbios ocurrió en 2005, mi libro era de 2003. Ahora agrego que es muy posible que esa crisis de los suburbios se disolviera, pero el tema que yo trato en mi novela, cuya historia transcurre en China, afecta todavía al mundo contemporáneo. La mirada que un escritor debe tener sobre la realidad es distinta a la noción de actualidad. Y es indirecta. En Fuir hablo de China a partir de la experiencia que yo había tenido en ese país, y allí doy la idea de que China era lo contemporáneo, y creo que eso se ha sostenido.
Hamelin —Yo entiendo que lo político está en que lo que se escribe tenga un efecto sobre la realidad, no que refleje la realidad más circunstancial. Si el escritor se obliga a escribir de la actualidad, no garantiza un efecto sobre la realidad. Hablar de la realidad en términos de ficción puede tener un resultado sobre lo real a condición de que la palabra del escritor encuentre lo real por el poder de su subjetividad. Concibo la literatura como algo que debe comprometerse en el debate político. En Francia el precio a pagar por la literatura no es el mismo que en una situación de dictadura. Si escribo sobre la guerra de Argelia y sobre la tortura en una situación de democracia, el único riesgo que corro es el de no ser leído. Yo escribí sobre la guerra de Argelia desde el punto de vista del dominador, del que ejerció la tortura y la represión. A 40 años de distancia, creí en la posibilidad de una revelación, y en romper el tabú del arrepentimiento. Escribí sobre cómo se convive con ese dolor. Escribir en directo sobre los sucesos que ocurrieron en 2005 es condenarse a no decir nada a menos que se logre un matiz. Cuando Mathias Énard escribe sobre la primavera árabe es otra cosa.
Énard —Antes de hablar de la relación de mi generación con la política quiero agregar algo sobre Éditions de Minuit, cuyo compromiso no está solamente en su creación durante la resistencia francesa, sino también en los muchos textos comprometidos que publicaron cuando la guerra de Argel. Y luego sobre otros temas muy comprometidos con la izquierda, como L’ établi, de Robert Linhart, sobre la explotación y las condiciones de vida de los obreros. Sobre mi caso, tengo que decir que de hecho yo me planteé como un reto escribir casi en directo utilizando los hechos periodísticos, no para decir algo sobre lo inmediato, sino para que tomen un sentido dentro de una novela que tiene por debajo un trabajo previo donde está toda mi relación con el mundo árabe. El final o el principio de una historia contemporánea. Yo creo que la novela tiene algo político en el sentido quizá más amplio de la palabra, porque tiene que ver con la polis. Porque si la novela se nutre del mundo actual también vuelve al mundo actual. Y es el proceso de lectura el que actualiza su potencial político. Hay muchas formas de leer la novela, como un policial, como una novela de aventuras, pero también desde un lado más crítico hacia ciertas cosas, como el papel de la religión en el espacio público o sobre cómo se puede ser libre en el mundo del supercapitalismo. Esas son preguntas que me urgen y es así como veo mi relación con la política.
Liscano —Esta conversación me recuerda algo que hablamos ayer en Marsella. Disculpen, pero fue así. Había un escritor egipcio, una argentina, y al final terminamos hablando de aquello que en los años sesenta se llamaba el compromiso del escritor. Eso ha desaparecido de los debates, congresos y foros. Nadie más habla de ese tema. No tengo explicación para eso. En medios académicos se está desmontando el discurso de aquellos años, sobre todo el discurso de la izquierda de aquellos años. Es injusto que a los escritores se les exija que formen opinión política en el momento. Aquí han hablado de la crisis de 2005 en los suburbios de París, pero para nosotros pasó inadvertida, era una noticia más en la televisión. Yo vivía en Suecia cuando la guerra de Yugoslavia, y estaba indignado de que a menos de cinco horas de avión de Londres, París, Berlín, Roma, Ginebra o de cualquier gran ciudad o capital de Europa, estuviese sucediendo a fines del siglo xx una guerra donde había campos de concentración, violaciones en masa y las peores cosas. La sensación era que ningún gobierno europeo, y tampoco la otan, hacían nada. Los generales, según Pérez Reverte, iban a sacarse fotos en Sarajevo. Y eso lo decía un corresponsal de guerra y escritor que estaba allí en el frente. Otro hecho: cuando hablamos de la guerra de Argelia hablamos de la guerra de independencia, pero en 1991 comenzó otra guerra en Argelia que dejó 300 mil muertos, cuando el fis ganó las elecciones y el ejército no le permitió tomar el poder. Toda la Unión Europea apoyó el golpe de Estado. Creo que los escritores no tenemos la obligación de dar las noticias periodísticas, pero sí hay una tradición, que se inició en parte en Francia, que es la del compromiso del escritor con la sociedad, y en América Latina también tuvimos esa tradición. Entonces la misma pregunta que les hacemos a los amigos franceses podríamos hacérnosla a nosotros mismos: qué quedó del compromiso de los años sesenta y setenta.
Hamelin —Robe Grillet decía que no podemos escribir de la misma manera que Balzac, y escribió un artículo donde decretó cuáles eran las tres cuestiones que quedaron perimidas para la literatura: la historia, el personaje y el compromiso. Hablaba del compromiso político en el sentido en que lo entendía Sartre, y reclamaba, en cambio, el compromiso con el arte, con la estética, aunque debía mirar el mundo.
Alma Bolón —Como fui la que mencioné a Éditions de Minuit como referente de una poética, siento que corresponde que matice esa definición estética y recuerde cómo muchos autores de ese sello editorial lanzaron un llamado a la objeción de conciencia cuando la guerra de Argelia, un tema que está presente en el libro de Hamelin sobre un francés que se niega a participar en esa guerra. Creo que ese es un segundo momento del gran compromiso: cuando tantos escritores reivindican el derecho a no obedecer la orden de ir a pelear contra la resistencia argelina. En la literatura que editan hay una poética y una estética que buscan diferenciarse, y en todo caso el compromiso se tramita a través de varios meandros.
Énard —Obviamente para nuestra generación, que nació después del 68, el compromiso no puede significar lo mismo que para escritores de generaciones anteriores. Jean-Paul Sartre arriba de un barril gritando a los obreros es una imagen que pertenece a la idea de la extrema izquierda de los años sesenta o setenta, y que incluso nos quitó muchas posibilidades de acción política. Nos decían que nos dedicásemos a estudiar, que la revolución era cosa de ellos, e incluso los temas políticos en las novelas les pertenecían también. Además esa generación les reprochaba a los jóvenes su falta de compromiso, eso pasó en los noventa. Yo lo veo de una manera distinta. Creo que .. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

