Brecha Digital

Adelanto

Un ordeñador ilustrado

En los pagos de Chamangá, departamento de Flores, Raúl Sendic cursó una escuela primaria donde aprendió muy poco. A su ingreso ya sabía leer y las cuatro operaciones aritméticas elementales. Su hermana Alba, ocho años mayor, se las había enseñado.

Cuando se mudaron a la que fuera la chacra de su abuelo Salvatore Antonaccio, el niño asistió un tiempo a una escuela de enseñanza agrícola a dos leguas de Trinidad. Y al saberse tan cerca, quiso visitarla; y como no tenía motivos para justificar aquel deseo ante su padre, un día se hizo la rabona y a paso redoblado emprendió su marcha hacia la primera ciudad que vería en su vida.
Mientras subía una cuesta, oyó acercarse un vehículo por detrás. Era un camioncito cargado con bolsas de cemento. Raúl hizo señas para que lo llevasen, pero el cacharro iba muy cargado y en subida. Al ver que no le paraban lo corrió, se trepó sobre la carga y se acostó en la única parte libre entre las bolsas de cemento.
El chofer alcanzó a verlo por el espejo, y cuando superó la loma se bajó a desalojarlo.
—Bajate de ahí, gurí, que si te cae una bolsa encima y te mata yo pago el pato.
Y Raúl, en el tono más respetuoso que pudo articular, respondió con una pregunta:
—¿Este camión, señor, no se dirige a Nuestra Señora de la Santísima Trinidad de los Porongos?

 

Ya el muchacho sabía que ese era el nombre oficial, y lo mencionó completo. El camionero y su ayudante soltaron la carcajada. Venían de San José y no sabían que ese era el nombre fundacional de Trinidad o Porongos.
Aquel vocabulario les hizo gracia y pensaron que debía de ser un niño muy católico o algo chiflado, pero le hicieron lugar en la cabina, entre los dos.
En realidad, Raúl había sacado a plaza dos aptitudes congénitas que mucho le servirían en su vida polémica: la primera, su condición de observador muy agudo; y la segunda, su velocidad para desconcertar a los interlocutores con algo inesperado.
Al hacerles señas para que lo llevaran divisó la efigie de una virgen colgada junto al parabrisas, y pensó que el muy santificado nombre de Trinidad debía infundir respeto a aquel camionero tan devoto.
En efecto, así fue; y por el camino, durante la media hora que demoraron hasta la ciudad, el hombre elogió al San Cristóbal, protector de los viajeros, que también se balanceaba frente a él, un poco más arriba. Y dos veces se persignó mientras refería que en una ocasión la milagrosa estatuilla lo despertó con un fulgor de luz muy intensa, a pocos pasos de desbarrancarse en una curva de las sierras de Minas.
Y esa misma Virgen de Fátima que él siempre tenía ante sus ojos se le apareció en Montevideo durante un sueño, a las dos de la mañana, para anunciarle que su mamá se hallaba en trance de muerte. Al despertarse muy impresionado, llamó por teléfono a San José de Mayo y así supo que su mamá se estaba muriendo. Eso le permitió irse en el primer ómnibus de la cita y tener por lo menos el consuelo de despedirla antes de fallecer. Y para reiterarle su gratitud a la milagrosa Virgen de Fátima, la descolgó de su gancho y le dio un beso.
Diez años tenía Raúl cuando vio por primera vez en Porongos un conglomerado urbano con edificios de hasta tres plantas y modernas calles de adoquines. Así pudo conocer la urbe capitalina de su departamento natal, entonces de unos 30 mil habitantes.
Al cumplir los 12 comenzó a frecuentar el liceo de Trinidad, adonde ya asistía desde hacía dos años su hermano Alberto.
En Flores, Trinidad o Porongos, estudiaba también Walter Beloqui, fiel admirador del Bebe desde que viera sus puños de ordeñador asestar un nocaut de sueño profundo al Catalán Robert, temible pandillero, más grande que él.
Con sus secuaces, el Catalán solía aparecerse a maltratar a los “pitucos” que iban al liceo. Los obligaba a abrir sus carteras y les quitaba de prepo los útiles o cualquier alimento que llevaran.
El Bebe se trasladaba desde la finca de su padre hasta Trinidad en una bicicleta, pero una vez, durante su época de liceal, se le rompió el vehículo. Un paisano de la zona que le compraba leche a su familia le prestó un caballito flaco, y llegó al pueblo peor montado que D’Artagnan, sobre aquel matungo viejo, muy flaco y en pelo, sólo con jerga y cojinillo.
Robert tuvo el infortunio de carcajearse ante la rusticidad de aquel transporte, en la esquina del liceo, calles 25 de Mayo y República Española. Total, hubo que montar al Catalán en un coche y llevarlo hasta la farmacia Dell’Acqua, que pertenecía al director del liceo, para que lo despertaran con amoníaco.
Desde ese día el canario Raúl tuvo en el liceo muchos admiradores. 

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