Brecha Digital

Distancias latinoamericanas: un mal lejos

Diálogo de escritores en la Feria del Libro de Buenos Aires

Siempre alguna polémica precede a la Feria del Libro de Buenos Aires: antes fue sobre si Vargas Llosa debía o no pronunciar el discurso de inauguración, ahora es la amenaza de perder el tradicional predio en la Rural de Palermo, que el gobierno kirchnerista se propone expropiar. Esas disputas aumentan su visibilidad, aunque en verdad esta feria parece no precisarla. Cuarenta y cinco mil metros cuadrados de exposición de libros, más de un millón de visitantes, cientos de actos culturales para todos los gustos. Un síntoma de su poder de convocatoria es que el 1 de mayo estuvo abierta y –para desalentar la avalancha– sin los descuentos habituales; también hay una noche en que la feria queda abierta y libre, al estilo de los Museos en la Noche. Es desmesurada, vertiginosa, plena de contrastes, y abruma y seduce como la ciudad que la aloja. Desde la vereda de enfrente envidiamos la variedad de la oferta de libros (este año también los precios) y el nivel de sus visitantes, entre los que nunca falta algún premio Nobel; este año vino Coetzee. Acuden escritores de todo el mundo y de todos los pelos: de Rusia, Corea, Italia, Colombia. De España este año hubo un gran lote: Pérez Reverte, Javier Cercas, Rosa Montero, Jesús Jiménez Domínguez, Ángel Pestime y Manuel Vila; de Uruguay, Walter Dressel y Amir Hamed. Para paliar la envidia, vale recordar no sólo que esa gran feria nos queda cerca sino que hay un repique en este lado del río. Este año varios escritores hicieron en estas costas una escala que alegra a los lectores y complica la agenda de los periodistas. Así llegaron los franceses Toussaint, Énard y Hamelin; el biógrafo de Derrida, Benoît Peeters; el holandés Cees Noteboom, y Juan Villoro, de México, que se presentó en la Biblioteca Nacional. 

Como eslabón de una serie que semana a semana pone un tema y alterna dialogantes
–idea surgida en la Feria de Chile, y esperemos continúe en la de Montevideo–, bajo la sentencia “Cerca pero lejos” compartieron mesa Horacio Castellanos Moya (El Salvador, 1957), narrador, alguna vez calificado como el Thomas Bernhard centroamericano; Edgardo Rodríguez Juliá (Puerto Rico, 1946), novelista y ensayista; María Negroni, argentina residente en Estados Unidos, poeta y académica; Guillermo Martínez, argentino, licenciado en matemáticas y novelista, autor de Roderer y Yo también tuve una novia bisexual; Juan Villoro (México, 1957), narrador y cronista ya presentado en Brecha y publicado por Hum en Uruguay, que supo dirigir el suplemento cultural de La Jornada. A María Negroni, única dama en el grupo (los encuentros de escritores parecen haber superado la obligada corrección de equilibrar géneros y se observa un regreso impune a la mafiosa hegemonía masculina), cupo el dudoso privilegio de lanzar la primera piedra. Habló de la experiencia de los latinos en Estados Unidos, más precisamente en su medio universitario. Desde el rechazo de una editorial texana a editar su libro de poemas Islandia –que es entre otras cosas un homenaje a Borges– porque “no era un libro latinoamericano”, a la paradoja de que allá le es posible estar mucho más en contacto con la literatura del continente que en Buenos Aires. La queja era la adjudicación de un sitio subalterno de parte de un centro que se reserva los valores de universalidad; su consuelo, que ese es el lugar de toda literatura, “un no-territorio que es el único que me interesa”. Rodríguez Juliá llamó la atención sobre el modo en que el tiempo afecta al lugar. Recordó un partido de béisbol de 1958, un año antes del triunfo de la revolución cubana, y cómo al otro año toda relación entre Puerto Rico y Cuba había variado. “Somos el mismo pueblo con distinto acento, pero desde entonces la separación fue tan honda como la de los dos bloques de potencias opuestas a los que cada uno quedó adscripto.” Y puso en cuestión la identidad de una literatura según su idioma. Una literatura de tema salvadoreño o mexicano escrita en inglés, qué es, lo que escribe Junot Díaz, qué es. Una literatura que ha encontrado su patria en otra lengua: “No es que tengamos que decidir nada, pero sí saber que hemos tenido esta disyuntiva por décadas, y en eso tal vez somos los caribeños un margen de otro margen. Tan lejos pero tan cerca”.
Las relaciones con Estados Unidos planearon sobre este diálogo, ya que es destino corriente para escritores que usufructúan becas e invitaciones, cuando no están instalados en la academia estadounidense. Castellanos Moya ha tenido diversas becas de escritor (en Alemania, en Japón) y está ahora en Iowa. Guillermo Martínez, que ha hecho alguna gira por el Norte, advirtió que las universidades estadounidenses no deben confundirse con Estados Unidos, “allí todos son liberales, uno puede estar largas estadías sin toparse con un republicano; pero luego resulta que votan”. Castellanos Moya pareció un escritor más en la línea de Onetti y Rulfo, más reticente a la oratoria. Dijo que no iba a contestar, pero presionado, cedió. Entonces habló de esa necesidad humana de tener un sentido de comunidad. Cuando le exigen que participe o confiese ese sentido de pertenencia, dijo, empieza a tener sospechas. “Enseguida veo la capacidad represora que esa comunidad tiene sobre mí. Y creo que tal vez el escritor siempre es disfuncional a la comunidad. O acaso pertenece a la comunidad de los que no les gusta la comunidad. Es verdad que hay escritores que sostienen y forman a su comunidad, pero hay otro tipo de escritor que va a estar en contra, y va a tener problemas, porque toda comunidad necesita una suerte de lealtad, y si el escritor lo hace, la paga.” Rodríguez Juliá terció contando que él había escrito siempre en contra de su comunidad y nada le había sucedido, pero que eso sólo mostraba la falta de incidencia de los escritores, en su país al menos; que la comunidad, y especialmente la ideológica y política, opera por exclusión. .. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

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