Hacia la madurez
- Última actualización en 10 Mayo 2013
- Escrito por: Ronald Melzer
“Tanta agua”
Tanta agua y tanta madurez. Sorprende que este largometraje* sea el primero de Ana Guevara y Leticia Jorge, dos uruguayas treintañeras con sólo un par de cortos en su haber como libretistas y directoras. Sorprende que sea un debut por su solvencia técnica, por su justeza narrativa, por su serenidad para internarse en temas urticantes y por la insólita “exactitud” con que los tres actores principales , dos de los cuales jovencísimos e inexpertos, encararon sus papeles. Y vuelve a sorprender porque Guevara y Jorge resolvieron con éxito uno de los más riesgosos desafíos posibles: el cambio, al mismo tiempo sutil y determinante, que promediando el relato se produce en el punto de vista que lo guía, significándolo al principio, re significándolo al final.
Las primeras imágenes muestran a un hombre (Néstor Guzzini) que maneja su automóvil bajo la lluvia. Estaciona, se baja del auto, se dirige a la puerta de un edificio, toca timbre y habla con una mujer a la que no distinguimos e inmediatamente imaginamos como su ¿ex? esposa. En la escena siguiente, un niño de unos 9 años (Joaquín Castiglioni) y una adolescente de 14 o 15 (Malú Chouza) acarrean sus mochilas y una visible indiferencia, si no malhumor, hacia el auto y hacia quien ya se ha establecido como nuestro protagonista y nuestro guía (también el de sus hijos). El auto arranca sin que se disipe la tensión, por claro que quede que el trío se va de vacaciones. A Salto, descubriremos rápidamente. Fuera de temporada alta, ¿abril?, por cómo llueve, sin parar. Veinte o treinta minutos de relato más adelante culmina la cara A de este disco de doble faz: el hotel o motel es frío y poco acogedor o al menos así lo siente el trío, dentro del cuarto está prohibido prender la televisión, aun bajo semejante condición los nenes deben sentirse cómodos, hay que aprovechar todas las posibles excursiones y “diversiones” familiares, como el increíble tour turístico por la represa de Salto Grande, el baño en la piscina es obligatorio aunque acechen los rayos y los truenos, papá tiene en Salto una amiga, novia o amante que lo está aguardando con evidente expectación, y cuando se encuentra con él en un bar no disimula su alegría. Él tampoco.
Tanta agua y tanta madurez. Sorprende que este largometraje* sea el primero de Ana Guevara y Leticia Jorge, dos uruguayas treintañeras con sólo un par de cortos en su haber como libretistas y directoras. Sorprende que sea un debut por su solvencia técnica, por su justeza narrativa, por su serenidad para internarse en temas urticantes y por la insólita “exactitud” con que los tres actores principales, dos de los cuales jovencísimos e inexpertos, encararon sus papeles. Y vuelve a sorprender porque Guevara y Jorge resolvieron con éxito uno de los más riesgosos desafíos posibles: el cambio, al mismo tiempo sutil y determinante, que promediando el relato se produce en el punto de vista que lo guía, significándolo al principio, re significándolo al final.
Las primeras imágenes muestran a un hombre (Néstor Guzzini) que maneja su automóvil bajo la lluvia. Estaciona, se baja del auto, se dirige a la puerta de un edificio, toca timbre y habla con una mujer a la que no distinguimos e inmediatamente imaginamos como su ¿ex? esposa. En la escena siguiente, un niño de unos 9 años (Joaquín Castiglioni) y una adolescente de 14 o 15 (Malú Chouza) acarrean sus mochilas y una visible indiferencia, si no malhumor, hacia el auto y hacia quien ya se ha establecido como nuestro protagonista y nuestro guía (también el de sus hijos). El auto arranca sin que se disipe la tensión, por claro que quede que el trío se va de vacaciones. A Salto, descubriremos rápidamente. Fuera de temporada alta, ¿abril?, por cómo llueve, sin parar. Veinte o treinta minutos de relato más adelante culmina la cara A de este disco de doble faz: el hotel o motel es frío y poco acogedor o al menos así lo siente el trío, dentro del cuarto está prohibido prender la televisión, aun bajo semejante condición los nenes deben sentirse cómodos, hay que aprovechar todas las posibles excursiones y “diversiones” familiares, como el increíble tour turístico por la represa de Salto Grande, el baño en la piscina es obligatorio aunque acechen los rayos y los truenos, papá tiene en Salto una amiga, novia o amante que lo está aguardando con evidente expectación, y cuando se encuentra con él en un bar no disimula su alegría. Él tampoco.
El escaso afán de esa pareja o no-pareja, a la que casi no volveremos a ver como tal (juntos) durante el resto del metraje, es el más álgido de los eslabones de la cadena de hechos que ordena el punto de vista, y que culminará en una suerte de identificación autobiográfica entre las directoras y la adolescente. Una identificación postrera, claro, no sólo por el tiempo de película que resta (60 minutos) sino por el tiempo “real” que ya pasó (quince años, digamos) entre lo imaginado o presuntamente experimentado por las directoras y esta re-visión. Sea como fuere, papá empieza a ceder frente a los gustos y apetencias de sus hijos, el televisor es reinstalado en la habitación, el niñito consigue un amigo con quien jugar dentro del complejo hotelero y fuera del ámbito familiar, la adolescente
–nuestra nueva protagonista– conoce a otra estudiante de vacaciones y a un muchacho apuesto y algo mayor, y se larga al baile –literalmente–; papá, en tanto, ahora está en “otra” pero mantiene un ojo en “ésta”. Aquel “yo” masculino y un poco prepotente de la parte inicial se ha convertido en un “él” egoísta y bastante ridículo. El nuevo “yo” de la película (la adolescente) tiene ahora la iniciativa. Pero su aventura resulta mal. El muchacho apuesto no gusta de ella, sino de su amiga. Se emborracha, sufre nuevas frustraciones, es cortejada por otro muchachito que no le gusta ni medio, no sabe cómo exteriorizar su furia, se muestra insegura y torpe, quizás salga adelante, aunque no sin un dejo de amargura o de dolor. Aprenderá, a la larga, a romper ciertas cadenas mentales, más duras que las físicas. Se “recibirá” de adolescente. Aquella película sobre la inestabilidad de una familia fracturada de vacaciones en un “hoy” difuso ha virado en una nueva película que evoca la inestabilidad de la adolescencia femenina durante un “ayer” definido. Con el cual las directoras están, por fin, en paz.
* Tanta agua. Uruguay/México/Holanda, 2013.

