Una historia cercana

Con Ana Guevara y Leticia Jorge

Un padre divorciado y sus dos hijos –una adolescente de 14, un niño de 9– se van de vacaciones a las termas de Salto. La acción transcurre en tiempo presente pero tiene un tinte que evoca el fin del siglo pasado. Durante casi toda las vacaciones llueve pero al final sale el sol. Parece autobiográfica pero sus directoras, dos mujeres uruguayas, han creado un mundo ficticio nuevo. En fin, démosle la palabra a Leticia Jorge y Ana Guevara.


—Daría la impresión de que algunas de las pequeñas historias íntimas que se cuentan en Tanta agua ocurrieron así como se ven y oyen en la pantalla, que otras se elaboraron con base en recuerdos transfigurados o tergiversados por la memoria personal, que es siempre un poco engañosa, y que las hay totalmente ficticias. ¿Están de acuerdo?

 

Leticia Jorge (L J) —Sí y no. Con respecto a Lucía, la adolescente, sentimos la necesidad de liberarla de nuestros propios prejuicios o de lo que nosotras hubiéramos hecho o no a su edad, y dejarla ser, básicamente, el personaje de una película: una nena que miente y se escapa y a la que no le da miedo irse sola por ahí. Cuando escribimos las secuencias que la involucraban mostró a su vez su parte más valiente y más torpe; como consecuencia, la quisimos más. De todas formas esas secuencias, como las demás, las trabajamos desde la naturalidad: que dejaran la impresión de que lo que pasa, o pasó, o puede pasar, ocurrió tal como se ve y se oye en la película, de modo de creernos lo que estábamos haciendo. En la medida en que lo hayamos logrado, la película es honesta.
Ana Guevara (A G) —Como en toda construcción que empieza por algunos recuerdos y después busca contar algo entretenido, Tanta agua nos trasladó a una época. El proceso del guión estuvo lleno de reconciliaciones con el pasado, con la familia, con el romance adolescente, con las vacaciones. Ninguna de las situaciones que se ven en Tanta agua sucedió tal cual; más bien intentamos reproducir sensaciones. Por ejemplo, la secuencia de la represa: yo no sé si de chica fui ahí alguna vez, lo que queríamos era que se pareciera a un paseo del liceo. La película, en general, expone sensaciones que recuperamos de experiencias nuestras y de las de otros. Armamos una historia que pudiera resultar cercana.
—¿Hubiera sido muy diferente esta película escrita y dirigida por hombres?
L J —No sé… ¡esa pregunta siempre cuesta! Los protagonistas centrales son dos, la nena y el papá. Es cierto que la relación con Malú (Chouza), que interpreta a Lucía, y la manera en que nos comunicábamos con ella en el rodaje, se dio de una forma más tácita, como si estuviéramos hablando un mismo idioma construido para la ocasión. Un idioma que ahora, de lejos, no captamos del todo. Durante la mezcla de sonido se dio varias veces que escuchábamos los audios de las tomas, oíamos nuestras correcciones y no entendíamos qué era lo que queríamos decir; en el set, sin embargo, Malú escuchaba, entendía y corregía. Con Néstor (Guzzini, que interpreta al papá), el proceso de acercamiento a Alberto, su personaje, fue más largo y más proclive a la composición. Queríamos que tuviera cosas de hombre solo y momentos de rebeldía, que no se limitara al estereotipo del papá pesado. La escena final con los lentes fue una de las últimas que escribimos, unos meses antes de filmar, y es una de mis favoritas con los dos juntos. Lo que está claro es que con su personaje teníamos más dudas, y por momentos él también las tenía. En ese sentido sí hay una diferencia. Pero como una parte de nuestro trabajo se basa en fabular a partir de la observación, esa atención extra nos hizo reflexionar sobre este papá y sus esfuerzos, y acercarnos más a él para convertirlo, durante muchos momentos, en el personaje más querible de la película. Ahora, si me preguntás si importa como espectador que la película sea hecha por un hombre o por una mujer, la respuesta es, definitivamente, no. Claro que siempre creamos desde lo que somos, pero no seamos reduccionistas... Y con Tanta agua en particular no está pasando que los hombres reaccionan de una manera y las mujeres de otra, por lo menos no está pasando con los públicos con que nos hemos encontrado hasta ahora.
A G —Lo del género también tiene que ver con el acercamiento a los personajes. Quisimos hablar de ellos mediante sus acciones. Se muestran a través de lo que hacen y no de lo que dicen de sí mismos: sólo hacen cosas y ahí vas entendiendo. Para que eso funcionara debíamos estar cerca de ellos, utilizando detalles que reflejaran sus estados de ánimo o sus personalidades. Lucía tiene 14 años. Muchas de las cosas que hace son muy de nena. Y bueno, construir a Lucía fue natural porque en algún momento de nuestras vidas fuimos un poco como ella. Me parece que el abordaje de ese personaje es lo que más nos delata como chicas.
—La época retratada es el presente. Así lo trasuntan los celulares, los modelos de los autos, la música que se escucha en la discoteca, y demás. Sin embargo, otros apuntes, que tienen más que ver con la conducta de los personajes, tienen un dejo a años noventa, incluso ochenta. ¿Estuvo entre los objetivos estéticos la búsqueda de un cierto equilibrio entre un pasado inmediato, sufrido y quizás añorado, con un presente más bien intemporal?
L J —¡En los ochenta nacimos! Esa época seguro que no la invocamos, por lo menos desde experiencias personales. En lo que respecta al “arte” tuvieron mucho que ver las termas. Las partes que usamos de locación están un poco detenidas en el tiempo, casi diría que en los setenta. En cuanto a los objetos, fueron evolucionando en las distintas versiones del guión: que Lucía usara walkman, que eso era un anacronismo, que mejor escuche música del celular. Por un lado nos dolía perder un aura que asociábamos con ciertas experiencias, pero por el otro tomamos conciencia de que contaminaban a la película con una nostalgia que no tenía que ver con la historia. La volvían afectada. O sea, una adolescente de ahora que escucha walkman es una nena rara, básicamente. Igual tuvimos algún capricho, como el teléfono de monedas, que sobrevivió a la revisión. Le buscamos una vuelta de guión que lo justificara, y por suerte tuvimos una directora de arte con la suficiente claridad para negarse a que estuviese pintado con los azules que queríamos usar.
A G —Esto tiene que ver con la parte revisionista de la película. La idea no era hacer una película sobre “la adolescencia” o sobre el comportamiento tipo de los padres divorciados. No es un ensayo social sobre la realidad. Aparecen cosas nuestras de cuando teníamos 15 en los noventa, pero no nos propusimos una película de época para contarlas. Nos costó un poco incluir celulares, pero era mucho más raro que no los hubiera. Por otro lado las termas, como muchos balnearios, tienen ese aspecto de cosa quedada en el tiempo. Cuando empezamos con el guión nos regodeábamos con la idea de mostrar las termas como un fenómeno turístico insólito, y previmos miles de planos con imágenes a las que llamábamos “postales”, y que nunca filmamos. Hubieran sido como un chirimbolo colgando de la película.
—Las primeras secuencias siguen el punto de vista del padre. Poco a poco, la perspectiva se vuelve más compleja. La hija empieza a apoderarse, no sólo de la trama, sino de la mirada narrativa. Hay secuencias fundamentales que pautan esa evolución. ¿Esto se concibió así desde el guión?
L J —Sí, fue un acto del todo consciente. La historia empieza con el papá y en un momento se le pasa la posta a la nena. Lo trabajamos así desde la estructura. La historia de él empieza y cierra antes, cuando entiende que no entiende nada pero que eso es como tiene que ser; en cambio la de ella empieza después y tiene un final más incierto. Es un proceso igual a la vida, empiezan los padres y siguen los hijos. Teníamos claro que había secuencias que los dos compartían pero que eran más de un personaje que del otro. Durante el rodaje les pusimos nombres, como “pobre padre” o “comete el tomate”. Esa claridad fue fundamental para poner el énfasis en lo que se quería mostrar. Suena obvio pero es un desafío enorme llegar a conocer el guión hasta ese punto y que después esa certeza no se pierda en la vorágine del rodaje. Con algunas escenas nos costó lograr eso, por errores de enfoque o por diálogos no del todo resueltos. A las dos .. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

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