Fernando Cabrera
No queda claro si esto es un dvd que trae una colección de poesías como yapa, o un libro que regala un dvd. Ambos tienen poco que ver uno con otro, más allá de que “son” de Fernando Cabrera. Parecen (probablemente son) dos realizaciones independientes, distintas de lo que Fernando más produce (discos y recitales), y que de pronto encontraron esta salida común, que los unió bajo un paquete gráfico (preciosista diseño de Maca) y bajo un título musical: Intro es el apócope que los músicos usan para “introducción”.
Hay un antecedente imperfecto, ya lejano, para este lanzamiento: El viento en la cara, primer disco solista de Cabrera (1984). Como era común, traía un folleto con las letras de las canciones, incluidas en lo que parecía ser la edición integral, en cuatro hojas grandes todas las letras de sus canciones hasta ese momento, incluidas las que había grabado con Montresvideo y con Baldío, y algunas sin grabar. Aquel trabajo también estaba diseñado por Maca (junto a Cecilia Astiazarán). Algunos de los textos impresos allí estaban cantados en el disco, mientras que aquí, los textos de las canciones del dvd aparecen “fuera” del cuerpo del libro de poemas, ninguno de los cuales, que se sepa, está musicalizado.
EL LIBRO. La imagen, en la tapa de Intro*, de la punta aguda de una pluma de escribir, como si fuera una flecha indicando una dirección (la misma de la lectura), asociada al título sugiere que la escritura puede pinchar, penetrar. Y bueno, la poderosa escritura de Fernando es capaz de eso, aunque lo hace en forma menos ostensiva que en sus escritos juveniles (publicados en el folleto de El viento en la cara). Entonces Fernando se destacaba por presentar asuntos de-sagradables y angustiosos (un amigo que mató a otro accidentalmente, la abuela que murió, el tipo que le dice cosas espantosas a la ex novia, el loco que la familia internó en el manicomio). Su poesía actual está despojada de esos actos de casi agresión. También está despojada de elementos visibles de lo poético, como si buscara una expresión sumamente depurada: no hay elementos de poesía gráfica, ni juegos fónicos concretistas como los de “Anadamala” (“Ana nada dama mañana/ dama maraña”), no hay rimas raras ni neologismos, se respeta la gramática, y las construcciones son bastante directas. No hay ningún esquema regular de métrica y rima, pero tampoco asimetrías ostensivas: son versos de tamaño mediano que se disponen en estrofas de entre dos y 12 versos. Hay algún poema bien breve (cuatro versos), y el más largo apenas excede los cuarenta. La irregularidad regular de los textos hace pensar en posibles músicas para ellos: al fin de cuentas, la música, sobre todo cuando precede al texto, impone límites a éste, pero límites flexibles: uno siempre puede subdividir una nota aquí, agregar un melisma allí, con tal de que se mantenga, como acá, dentro de ciertos rangos. Teniendo presente la grandeza de Fernando como musicalizador, uno espera que algunos de estos textos encuentren sus encarnaciones como “letras”. La cercanía con el mundo de la canción está reforzada por dos pares de poemas, dedicados respectivamente a Mateo y a Jobim.
La impresión general que me deja esta colección es de una melancolía sublimada. Quizá el asunto más presente es el paso del tiempo, su fugacidad: recuerdos de la infancia, el amor perdido, un reloj perdido en la arena de la playa (“Marina”), el envejecimiento. La conquista de lo que se buscaba no es sino el inicio de la despedida (“Cuaderno de viaje”). La forma en que el tiempo pasa achatando pretensiones y sueños contribuye a una perspectiva cínica con respecto a quienes aspiran al poder y al éxito: “las órdenes del carisma/ sólo el flojo las acata” (“Los amigos dominantes”). Los poderosos no están mirados como algo a combatir, sino serenamente, como se mira a quienes emplean su tiempo en un embate vano.
Esa perspectiva no se traduce en desesperación, ni siquiera en arrepentimientos. El no hacer, el perder, son en cierto sentido una parte inevitable de la existencia. Frente a ellos, el desengaño no es total. En ese mundo mítico de “Portero dejame entrar”, a la rigidez del centinela y del Portón le opone el agua fresca, la charla, los amigos: “perder el tiempo” es ganarle al tiempo. “Tarjeta”, inspirado en una postal recibida en la calle, empieza con dos dichos “pesimistas”: “Adopta la caída/ como nueva plataforma.// Estar con alguien/ no es estar seguro”. Pero luego vienen “consejos” que sugieren consuelos: “No esperes una promesa/ para liberar tu alma.// No esperes un regalo/ para adornar tu casa.// Dar la mano no es nudo/ amar no es sumisión”. El compacto texto de “También” puede sugerir que “ser nada” es una conquista, mientras, en otros poemas, son vanos el celar y las “firmes frivolidades”. “Soñé que era poeta” termina concluyendo que la poesía sí da algo, al que lee y al que escribe... PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.