Brecha Digital

La poesía hace la felicidad

Con Eduardo Nogareda
Quién hubiera pensado que el premio Morosoli a la trayectoria periodística recaería en uno así de inocente. Capaz de predicar, hoy, que dinero y plenitud son inconciliables. El extraño de pelo cano es, además, poeta, músico y conductor radial. Nació en 1944, soportó un exilio de 32 años, grabó dos discos, de chico no necesitó salir del barrio para conocer trenes, y publicó cuatro poemarios. Ayer presentó el quinto, Aunque la orquesta se duerma, en Montevideo, y el 30 lo hará en Maldonado.*

—¿Cinco poemarios son necesidad o contumacia?
—Ésa es la palabra: necesidad. Básica, para algunos bichos humanos, pero no sólo por desahogo, sino porque creemos que la poesía es valiosa, o útil, a otros.
—Cualquiera de tus otras actividades te reportará, seguro, devoluciones más consistentes.
—Siento que en todo lo que hago estoy comunicando, y todas mis actividades se complementan. Mi trabajo en radio algo tiene del poeta, éste algo del comunicador, y así. Y la música aglutina estas vertientes.
—¿Por qué tu programa en Emisora del Sur se llama El truco de la serpiente?
—Refiere a la posibilidad de cambiar sin dejar de ser uno, como la serpiente, muda de piel pero siempre es la misma. Procuro ir saltando de los Beatles a Gardel, por decir algo.
—Está dedicado a la música, entonces.
—Combinada con poesía y humor. No soy nada original en considerar al humor como cosa seria; es una gran herramienta para llegar más lejos, sin que se note.
—¿Cómo lo trabajás?
—Todos los días hago un pequeño diálogo en el que interviene mi pareja, Marina Pose, y Bonifacio Pietrafesa que, claro, no sabrás quién es.
—Un personaje, presumo, que te permite decir cualquier barbaridad impunemente.
—Muy bien, es exactamente eso.
—En ese nombre, y en tus poemas, hay resonancias bucólicas, ¿dónde naciste?
—En Sayago.
—El río Cebollatí aparece en este último libro.
—Producto circunstancial de un paseo.
—La palabra Cebollatí instala un paisaje expansivo.
—Aparece en el poema “No con palabras”, y viene de una tarde que pasamos en su orilla. Poco rato, pero plenos. Fue uno de esos momentos en que uno siente que llegó a algo, aunque no sepa a qué. A pesar de ser una tarde que preparaba una tormenta, trasmitía paz. Había unos chiquilines que salían en bote a pescar, en fin, esa vida que me atrae por desconocida, porque siempre viví en ciudades.
—¿En qué año naciste?
—1944.
—Quizás el Sayago de tu infancia tenía fisonomía rural.
—Bueno, tenía un espíritu de pueblo de campaña, con su estación de trenes activa. Tengo un poema en el que digo, “benedettianamente”, que Sayago era verde y, viviendo en él, uno tenía la sensación de que no era del todo montevideano. Nunca pensé esto pero ahora que lo hablo contigo noto que sí, que la sensación era que vivíamos en una especie de antesala del campo.
—¿Qué utilidad tiene la poesía?
—Forma parte de los abstractos más importantes de la vida, como el amor, la paz. Acicateados como estamos a correr detrás de las cosas, olvidamos dónde está lo importante. Las cosas funcionan como incentivos para conseguir otras, si tenés un auto querés otro mejor, más equipado, y así sucesivamente. Por esto las cosas no son, no pueden ser la clave de la felicidad. En cambio si conectás con el sentimiento poético, o los universos del amor, son valores absolutos, ahí no hay porcentajes.
—¿Y alcanzan para vivir, los valores?
—Bueno, hay que satisfacer las necesidades primarias.
—Me refiero a la utilidad de los valores ante las calamidades.
—Nutrir el espíritu es fundamental para estar bien. Sé que todo esto suena artificioso, pero de verdad soy de los que piensan, y sostienen, que el dinero no hace la felicidad. La poesía nunca servirá para ganar plata, y fama mucho menos. Pero acercarte a ella, como emisor o receptor, te proporciona un sustento espiritual. En todas las lecturas de poesía en las que estuve percibo la solidez y sanidad del vínculo que se establece entre los participantes. En eso radica, para mí, su mayor utilidad.

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