“Lo efímero tendrá algún valor pero no puede ser el único”
- Última actualización en 16 Mayo 2013
- Escrito por: Guillermo Garat
Con Alberto Salcedo Ramos, premio Ortega y Gasset 2013
En el panorama de la crónica latinoamericana actual, Salcedo Ramos es uno de los pilares en cada antología que busque mostrar este continente. Sobre la crónica, los periodistas, el periodismo, la memoria, los saqueos, la ficción, la narrativa, Brecha conversó con él en Bogotá.
Último premio Ortega y Gasset de periodismo escrito, Salcedo Ramos es uno de los “nuevos cronistas de Indias”, un selecto cónclave de periodistas y escritores bajo el ala de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano construida por Gabriel García Márquez. Tras los pasos del “brujo mayor” se juntan Julio Villanueva Chang, Martín Caparrós, Álex Grijelmo, Juan Villoro y otros sibaritas del pentagrama en el que transforman a un texto periodístico cuando lo ponen a volar.
Salcedo Ramos es barranquillero, nació hace 49 años entre el caudaloso Magdalena y el azulado lustre del Caribe. Fue un niño amante de las telenovelas colombianas y mexicanas. Las sintonizaba en un televisor de tubo que demoraba el encendido, durante un rato escuchaba diálogos sin ver otra cosa que una creciente centella blanca en lenta expansión. Con 9 años reescribió aquellas historias de amor, traición y codicias en blanco y negro. La curiosidad se transformó en gozo por la literatura y siguió entre cuentos hasta que llegó la encrucijada de escoger qué estudiar. Las opciones eran las clásicas: abogacía o medicina. Se rebeló, estuvo seis meses sin estudiar nada. Sus mayores no lo dejaron intentar con la literatura pero encontraron el punto medio con el periodismo. “Pensaba que iba a estar de préstamo y algún día pasaría a la literatura, pero cuando empecé a ejercer y descubrí el género crónica sentí que estaba donde quería estar, no necesitaba hacer novelas ni cuentos”, explicó a Brecha.
Llegué tarde al encuentro por mi falta de conocimiento del sistema de transporte bogotano. Pero aún esperaba el cronista en el café Juan Valdez más cercano a su casa en el barrio de Chapinero, al pie de los cerros Montserrate.
Algunas de sus muchas crónicas fueron publicadas en La eterna parranda o en De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho. En El oro y la oscuridad narra la sinuosa vida del boxeador colombiano Kid Pambelé, el primer campeón nacional de algo.
Dispensa su tiempo entre conferencias, talleres, columnas de opinión y crónicas que publica habitualmente en las revistas colombianas Soho y El Malpensante, además de otras publicaciones de todo el continente. Como la mayor parte de los periodistas free lance de América Latina hace otras cosas para ganarse la vida, como libros empresariales. “Porque vivir sólo de la crónica es muy difícil en América Latina, no creo que viva nadie de eso. Queremos vivir a nuestro aire, hacer lo que nos gusta, y eso nos impone un sacrificio, nos toca trabajar más. Yo vivo agonizando con el tiempo, me comprometo con muchas cosas pa’ poder cuadrar la caja.”
Habla revolviendo su café, pierde la mirada en el remolino favorecido por la cucharilla plástica. “La crónica es un género periodístico pero también literario de no ficción. Una vez un conocido periodista colombiano me dijo lo que supuestamente debería ser un elogio para mí: ‘Usted está maduro para saltar a la literatura, ¿cuándo da el salto?’. Le respondí: ‘Yo hago literatura de no ficción’.”
Investigar como periodista y redactar como escritor, esa es “la maravilla”. Álvaro Cepeda Samudio, periodista y escritor de la generación de Gabo, definió a la crónica como literatura de urgencia: “Me encanta esa definición”, suscribe.
El periodista chileno-argentino Cristian Alarcón “dice que (la crónica) es la versión inesperada de los hechos que uno ve en la prensa. Me gusta eso. A un cronista le pagan para que haga su versión inesperada de la historia”.
Salcedo Ramos estaba –todavía está– muy acostumbrado a retratar juglares de su tierra, cocineros y otros barrocos personajes de la rica cultura popular que hacen de Colombia una tierra vasta en expresiones. Él no quería escribir del conflicto armado en su país, todos lo hacían intensamente. Pero escribió El pueblo que sobrevivió a una masacre amenizada con gaitas. Llegó a El Salado, en el departamento de Bolívar, para contar la historia de una matanza de 66 personas a manos de los paramilitares.
“Se robaron unos tambores de la Casa de la Cultura y cada vez que mataban a alguien los hacían sonar. Mataron en medio de una cumbiamba tocada por ellos mismos. La gente después ya no quería oír el sonido del tambor porque lo asociaba a la tragedia. Fue la cosa más monstruosa que te puedas imaginar, es el horror llevado al extremo más delirante. Cuando cometieron la masacre los profesores se fueron, el pueblo se convirtió en fantasma. Al cabo de un año volvieron cien personas, entre ellas una niña que tenía 9 o 10 años, y como los profesores no volvieron la niña se puso a jugar a las maestras con otra niña chiquitita, de 2 o 3 años, entonces otras niñas empezaron a llegar y el juego se convirtió en algo más grande de lo previsto. Se convirtió en la ‘seño’, como le dicen a la profesora. Le dieron premio, la condecoraron, posó para la foto con el presidente, la eligieron mujer del año y nueve años después cuando fui a hacer mi crónica ya no era una niña, tenía 20 años. La encontré descalza y sin almorzar, tampoco había estudiado una carrera porque no tenía dinero para estudiar. Con eso rematé mi crónica, salió publicada y aparecieron varios mecenas. La niña ya está estudiando. Uno siente que está aportando algo, chiquito, no importa, pero algo.”
El premio Ortega y Gasset lo ganó Salcedo Ramos con “La travesía de Wikdi”. Este es un niño indígena a quien el cronista acompañó durante su viaje a través de la selva para llegar a la escuela, un viaje de varias horas. El niño le dice Papatumadi a Dios. Y todos sabemos que Papatumadi no es rentable para los periódicos porque Papatumadi no los compra: lo aburren y hasta se ha sentido estafado. Además, hay que ir a buscarlo al medio de la peligrosa selva, allí donde los periódicos o el Twitter, por lo general, ni asoman.
—¿Uno de los rasgos típicos de la crónica es la de ponerle rostro a lo periodístico?.. PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

