Real y maravilloso

Periodismo y literatura
Dos libros de publicación reciente –“Mejor que ficción” (Anagrama) y “Antología de crónica latinoamericana actual” (Alfaguara)– coinciden en el diagnóstico: si hay algo que vale la pena leer hoy, es ese género híbrido, a veces llamado crónica, otras periodismo literario, y aun periodismo narrativo. Un nuevo boom, dicen. La proliferación de cronistas, el impensado éxito de las revistas que los publican y una cantidad creciente de fervientes lectores parecen darles la razón.

Trazar el origen del género es tan complejo como estéril. Todos coinciden en señalar a los cronistas de Indias como el precedente más obvio, pero el origen podría situarse en la mismísima Epopeya de Gilgamesh. ¿Quién si no un periodista podía narrar las heroicas batallas del rey de Uruk? ¿Quién si no un literato podía mezclarla con relatos mitológicos y escribirla en forma de poema?

“Porque la fabulación es uno de nuestros mecanismos psicológicos, hay ficción en la incipiente geografía descriptiva de Herodoto, en el viaje de Marco Polo, en la crónica medieval y renacentista, en la Enciclopedia de la Ilustración: hasta –al menos– el siglo xix, en la gran mayoría de los textos de no ficción. El periodismo y la ficción moderna se gestan simultáneamente”, afirma Jorge Carrión en su introducción a Mejor que ficción. Y es que si hay suficiente ficción en la memoria y en el propio lenguaje –y un desagüe es también una boca de tormenta, los ajos tienen dientes, los relojes señalan la hora con sus manecillas, la tierra tiene entrañas, las manzanas corazón, y a los hombres se les pudre el alma–, ¿cómo sería posible que no la hubiera en textos que tienen que echar mano a todos los recursos posibles para atrapar la esencia de un momento?

¿QUÉ VIENE PRIMERO? Si, en el periodismo tradicional, el acento está puesto en la información y el método “correcto” de procesarla y trasmitirla en aras de la objetividad, y el periodista debe tender a desaparecer de la superficie del texto, el periodismo narrativo hace exactamente lo contrario. En estos textos el verdadero valor no está en el objeto sino en el sujeto, porque lo que importa es la mirada. Evidentemente, una buena historia ayuda: no es lo mismo escribir la crónica de pasarse un día sentado en el sillón del líving que la de un viaje a Oriente. Pero, claro, está el talento, y si el periodista sentado en el líving es un buen escritor, si tiene la habilidad para narrar lo que recuerda o piensa y si lo que sucede dentro de él es lo suficientemente interesante y puede relacionarlo de manera ingeniosa con ese sillón y ese líving y las infinitas implicancias de hacer o no hacer nada, probablemente su crónica sea mucho mejor que la de un escritor mediano y sin ideas, por más que se encuentre en el lugar más exótico del mundo y a su alrededor estalle una revolución.
Territorio fronterizo por excelencia, la crónica florece en el lugar donde se diluyen las pretensiones artísticas de un texto o se las sienta –provisoriamente– en el asiento trasero. Es periodismo que nace de la urgencia por contar, de atrapar aquello de naturaleza efímera, como el tiempo. Libre de toda pretensión que no sea la de comunicar a toda costa, el texto fluye sin ataduras: todo está permitido en ese territorio bastardo en el cual el compromiso del escritor consiste, unicamente, en trasmitir aquello que ve, sabe o siente, sin más verdad exigida que la de un puñado de hechos reales –ni todos, ni los más importantes– filtrados por una subjetividad a menudo desbocada. Ubicarse voluntariamente en la frontera genérica, entre la verdad y la invención, vuelve al cronista una antena donde sucede lo que sucede pero se escribe según un criterio que no es el de la noticia, ni el tratamiento es el de lo exhaustivo, lo balanceado y lo exacto, sino que se reduce a elegir qué y dónde mirar y convencer al lector de que vale la pena hacerlo a través de sus ojos.

¿UN GÉNERO AMERICANO? Este género, o más bien transgénero, tiene una larga tradición en el continente americano. Se ha insistido en su nacionalidad hispanoamericana, subrayando que ya estaba aquí mucho antes de que se inventara aquello del “nuevo periodismo” en el norte del continente. La investigadora Susana Rotker dirigió su mirada a la crónica modernista de Martí y Darío como la semilla de este florecimiento, que poco o nada le debería a escritores como Tom Wolfe, Norman Mailer o Truman Capote y que hundiría más bien sus raíces en la crónica periodística escrita en nuestro propio idioma a fines del siglo xix. Sin desmerecer el valioso trabajo crítico de Rotker pero sin olvidar que el libro surge de uno de los primeros talleres de la Fundación para un Nuevo Periodismo Iberoamericano dictado en conjunto con su esposo, Tomás Eloy Martínez, parece obvio que ningún movimiento nace en el vacío y lo que hicieron los modernistas es tan viejo como la propia prensa escrita, inventada cuatro siglos antes y en Inglaterra. Los “nuevos periodistas” eran entonces los satiristas que se las ingeniaban para que su subjetividad burlona los salvara de la cárcel. Y por otra parte, ¿cómo olvidar que fue un joven llamado Charles Dickens el que en 1836 escribió para el Chronicle unas columnas tituladas “Street Sketches” (“Bocetos de la calle”; y no, las aguafuertes tampoco las inventó Roberto Arlt) en las que retrataba los avatares de la vida cotidiana de la clase media y baja londinense? Dickens tenía 21 años, escribía bajo el seudónimo de Boz, y debido a su enorme éxito, aquello que su editor había pensado serían cinco notas se transformaron en 53.
Naturalmente, el invento cruzó el Atlántico y encontró en Estados Unidos impulsores como Joseph Pulitzer, cultores como Jack London y, cómo no, Darío, Gutiérrez Nájera y Martí. Y es que las crónicas modernistas hispanoamericanas pueden parecer en las antípodas de cualquier cosa que creciera bajo el influjo de magnates de la prensa como Pulitzer o Hearst, pero el ala del periodismo narrativo (o su semilla) es múltiple y tiene que lidiar con esa condición bastarda que lo empuja constantemente entre las más bajas expresiones del periodismo amarillo hasta las cimas del arte literario de que eran capaces aquellos cronistas y poetas hispanoamericanos.
De hecho fue el intento de contrarrestar publicaciones como las impulsadas por Pulitzer y Hearst las que dieron origen al periodismo serio y objetivo, el preocupado por ordenar la información contestando las preguntas básicas de qué, quién, cómo, cuándo y por qué en el primer párrafo, dejando unos contenidos instrumentos narrativos para el cuerpo de la nota y frecuentemente rematándola con una reflexión final. Y tal vez sea esto lo que verdaderamente diferencia a la crónica hispanoamericana del nuevo periodismo estadounidense: mientras en los ejemplos latinoamericanos el acercamiento a la crónica tuvo siempre un giro hacia lo culto-literario, los norteamericanos lo hicieron hacia lo amarillo-popular.

Imposible parar de leer. Tom Wolfe siempre creyó que había en los tabloides una generosa dosis de buen periodismo y que no había lugar mejor para encontrar diálogos vigorosos, descripciones vívidas y una prosa que encandilaba al lector. De hecho, cuando no estaba siendo un payaso escribía cosas como Lo que hay que tener, un relato de esos de los que parece salir un puño de hierro y agarrar al lector por el cuello y que no tiene nada que envidiarle a A sangre fría. Ambos ejemplos ilustran la manera como el nuevo periodismo tomó temas y estilos de la prensa amarilla (el asesinato de una familia, la carrera hacia la gloria de los primeros astronautas), asuntos suficientemente sensacionales a los que los escritores les aportaron una buena dosis de suspenso y curiosidad morbosa que, unidos con una prosa aguda, veloz y nerviosa, volvían a la lectura imposible de abandonar. Sin embargo, los latinoamericanos tomaron un camino mucho más cercano a la literatura que al periodismo, una prosa menos urgida y chirriante, unos hechos menos sensacionales e imposibles de ignorar. Este periodismo nuevo latinoamericano se distingue por la riqueza de su lenguaje, una narración no tanto diseñada para empujar el texto hacia adelante, sino para expandirse, llenándolo de resonancias hacia adentro de la literatura del continente. Así, la crónica hispanoamericana puede decirse que es literatura con algo de periodismo, mientras que lo que hacían Wolfe y sus colegas era periodismo con algo de literatura. Sin embargo, tal como muestran estas antologías de Alfaguara y Anagrama, hay un registro lo suficientemente amplio en los cronistas hispanoamericanos como para abarcar casi cualquier encarnación del género... PARA LEER EL CONTENIDO COMPLETO DE LA NOTA SUSCRIBITE A BRECHA DIGITAL, arriba a la derecha.

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