Julia Brian, transexual uruguaya, se sometió en 1993 a la operación de cambio de sexo, pero recién en 2005 el Estado uruguayo reconoció su identidad femenina. Ignacio, por su parte, es un veterano ex obrero de la construcción que trabajaba como cuidacoches cuando conoció a Julia y comenzó su vínculo con ella. Con El casamiento Garay los enfoca veinte años después de comenzada su relación. Con claridad, humildad y un evidente cariño hacia sus personajes, el director dice, entre otras cosas, sobre la posibilidad de hacer un documental desde la cercanía y la amistad más estrecha.
—Desde Mi gringa, retrato inconcluso (2001) ya presuponías que ibas a continuar con la historia de Julia e Ignacio. ¿Qué te hizo pensar que en tu relato había algo de inconcluso?
—Sí, me anticipé, pero en realidad no tenía tan claro que iba a continuar la historia. No fue una cosa que dejé ahí premeditadamente. Lo que pasó fue que no quedé conforme con el lugar donde me situé, me parecía que había una posible historia, había material registrado muy potente pero no estaba muy conforme con cómo estaba estructurada la película. A Mi gringa... ni siquiera le di un estatus de película acabada; si me pedís que la defina, te diría que es un “copión”. Esto en la jerga del documental es algo muy relevante, como una versión previa, un borrador. Estaría bueno hacer festivales de copiones, hacer exhibiciones de copiones con anotaciones del director. Sobre las cosas que funcionaron y las que no. Sobre los cambios en los puntos de vista. Incluso lo pensaba como un proyecto en permanente discusión, en algún momento pensé en hacer sucesivos copiones, e ir comentando el devenir de esa película, de cómo hacés énfasis en un personaje o el otro, de cómo cambiás el punto de vista de lo religioso a lo social, de cómo con un mismo material podés hacer muchas películas. Lo pensaba no como materia de experimentación, pero sí de reflexión. Más que en acabar una película o concluir una historia, lo pensaba más por este otro lado.
—¿Pero vos sentías que te quedaban cosas que decir sobre ellos?
—No tenía un discurso ni sentía que tuviera una deuda con ellos. La llamada que me hace Julia diciéndome que va a casarse y que me invita a ser padrino es lo que me da el punto de vista para El casamiento. Con ese simple acto destrabé todo el resto, me hizo ver en qué lugar debía estar parado para contar esa historia.
—¿Vos creés que Julia le salvó la vida a Ignacio?
—No, creo que se salvaron mutuamente. Hoy Ignacio depende mucho más de Julia que Julia de Ignacio, pero en su momento se salvaron mutuamente. Ellos se conocieron antes de que Julia se sometiera a la operación de cambio de sexo, y en el momento en que se opera, el que estuvo permanentemente con ella, el que la asistió, el que incluso durmió abajo de la cama durante toda la internación fue él; yo creo entonces que existe una salvación mutua. Por la edad (tienen diez años de diferencia) y por cuestiones físicas, hoy él depende más de ella.
—¿Y por qué creés que sea tan importante para ellos el casamiento?
—Creo que lo que hacen es replicar un acto social súper establecido, súper conservador, y que el casamiento es un viaje sobre todo de Julia. Es como darle un cierre a estos veinte años épicos de compañerismo, de cosas malas y buenas. Julia quiere casarse además como Julia, es un acto de reafirmación de identidad, pero nunca quise hacer un editorial al respecto. Volviendo al concepto de copión, eso sería otra película posible y no la que terminó siendo.
—¿Vos creés que el amor entre ellos surge de la necesidad?
—Se podría decir que sí, en el comienzo fue así, se conocen en vísperas de nochebuena, estaban muy solos y deciden acompañarse. A partir de ahí empiezan a crear algo, a construir algo. Me parece que no importa ubicar desde dónde, el hecho importante fue aquello que construyeron. Cuando vos te relacionás con alguien te podés pelear por muchos motivos, el vínculo puede fracasar de formas distintas. Pero en el caso de que prospere, el arranque y el cómo nació dejan de importar. Lo importante es eso que construyeron, que están juntos y que maduraron mucho como pareja. Aprendieron a tolerarse, a velar por el otro, a ponerse en el lugar del otro; son cosas que parecen sencillas pero que son difíciles de lograr.
—A pesar de que ambos personajes parecen haber atravesado mucha soledad y sufrimiento, no parecen ser personas resentidas o de grandes rencores. ¿Creés que en este sentido sean excepcionales?
—No hay queja, ni resentimiento, ni pedido de justicia. Eso es una característica que tienen dentro y fuera de la película: en ningún momento se quejan. Creo que hay mucha gente así, y que el resentimiento no es patrimonio de ninguna clase social, para nada. Incluso creo que entre la gente más humilde es un sentimiento poco frecuente. Creo que el resentimiento es más propio de las clases medias, la verdad no soy sociólogo, pero tengo esa sensación. Julia e Ignacio no buscan culpables: más bien dicen “esto nos tocó, vamos a tratar de llevarlo lo mejor posible”.
—Y llama la atención cómo derrochan amor, incluso con sus mascotas...
—Sí, es esa cosa de querer generosamente, a las plantas, a todo lo que los rodea. Y no creo que sea algo excepcional, acá hay mucha gente así, lo que pasa es que no lo vemos. Por varias cosas; porque estamos apurados, porque no los queremos ver, o porque nos engancha más lo perverso, el discurso de la gente jodida.
—¿Hablás mucho con los personajes antes de filmarlos?
—Hablo antes, después, durante, permanentemente. Generalmente hablo de muchas cosas que no tienen que ver con lo que voy a filmar.
—¿Y creés que la cámara los predispone de algún modo?
—Claro, la cámara es un motivador increíble. Hay muchas teorías que dicen que vos tenés que depositar la cámara para que la gente se olvide, pero eso es mentira, la gente no se olvida. La cámara genera cosas y yo siempre la utilicé como un aliado; intento provocar cosas, situaciones, emociones. La cámara trabaja por sí sola: es una herramienta, no sé por qué, motiva a la gente a hacer y decir cosas que normalmente no hace o dice. En este caso hubo una estrecha relación y confianza. Acá tuve una responsabilidad y un nuevo desafío. Si ellos se manifiestan como tus amigos y te piden que seas padrino, la responsabilidad aumenta, el compromiso de ser lo más cuidadoso y fiel posible en el momento de representar su historia.
—En la película el espectador se olvida de tu presencia y la de tu equipo. ¿Cómo hacés para desaparecer del cuadro?
—Lo busqué por el dispositivo narrativo que tiene la película, que está compuesto por escenas. Hay situaciones que comienzan y terminan en la misma unidad, o sea, no es un registro continuo. Digo: vamos a almorzar. Hago el almuerzo, construido con la previa, el durante y el después, y con situaciones intermedias, como si fuera una escena de ficción y en ese lapso las reglas son: nosotros no estamos. Y dejo ese motivador de saber que cada acción es natural, pero a su vez tiene esa carga de representación porque se sabe que hay una cámara. Eso lo capitalizo: “hagan de cuenta de que Aldo el amigo no está”. La escena cotidiana viene con el agregado de un grado de interpretación, esto quiere decir que hay comentarios, gestos, acciones remarcadas (en lugar de lavar una taza se lavan dos, por ejemplo). El recurso narrativo, el dispositivo, sólo puede aplicarse en este caso. Lo irrepetible es ese pequeño escenario y ellos como geografía humana. Si el mismo método lo quiero utilizar en otra película va a fracasar rotundamente, ellos reaccionan y se autorrepresentan de esa manera, y con otras personas el método debería ser distinto. Esta fue una reinvención en sí misma, y el método murió acá.
—Jorge Ruffinelli, el crítico, ha dicho: “Garay da voz a los que no la tienen en el cine”, ¿qué pensás de esa afirmación?
—A Jorge lo aprecio y respeto mucho, pero creo que es exactamente al revés. A mí me dan voz, yo no le doy voz a nadie. Yo me expreso a través de la gente. Es verdad que soy el gran manipulador, dirigir es básicamente el acto de manipulación al extremo: elegís lo que encuadrás, lo que seleccionás, lo que editás. Pero eso de “dar voz” tiene algo como de superioridad, ¿quién soy yo para darle voz a otro?
“El casamiento”
La alegría estaba allí
La sexualidad y, por extensión, el amor son construcciones humanas. Como tales, no tienen orientación, pueden transformarse, se cimentan y construyen con el devenir vital. Ignacio quería compartir su vida con una mujer y dio con una travesti que se llamaba Julia. El vínculo funcionó y se consolidó. Como una muestra de afecto incondicional hacia Ignacio, Julia se hizo la operación de cambio de sexo. Veinte años más tarde Julia e Ignacio acabarían casándose.
El registro es sumamente respetuoso: Garay filma desde el cariño, desde la confianza ciega en la entrañabilidad de estos dos seres atípicos, sus amigos. Una pareja que se encuentra en las antípodas de las que acostumbramos a ver en las pantallas. El montaje otorga tiempo, deja respirar a los planos y a los personajes; una música minimalista se acopla perfectamente a la sencillez humana y conceptual, la fotografía y la puesta en escena dan cuentas con notable economía expositiva, de un contexto de extrema humildad. De allí emergen revelaciones irrepetibles y junto a ellas, ineludible, la emoción.
No corresponde adelantar tramos de la película, pero sí cabe decir que hay un momento crucial, espontáneo, tremendamente conmovedor, que involucra a la pareja en una celebración de cumpleaños. Julia e Ignacio borran –y Garay por intermedio de ellos– mediante un simple diálogo, todos los discursos dominantes acerca de la felicidad. No es necesario ser bello, joven y sano para ser feliz, la dicha puede aparecer también en contextos humildes, surgir desde la vejez, desde la enfermedad. Puede atravesarse una vida de penurias para acceder finalmente a una clara, patente, indiscutible felicidad. Las lágrimas de Ignacio de eso hablan. n
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