El rey ha muerto, que viva el rey

A los 34 años publicó La broma infinita, una monumental novela que lo transformó en el escritor joven más importante de Estados Unidos. Doce años más tarde estaba muerto, sin haber llegado a terminar la novela siguiente. El rey pálido, es ese libro para siempre inconcluso, que, a pesar de todo, el autor quería que leyéramos.
Al menos no tenemos que escuchar a algún heredero de David Foster Wallace justificando la decisión de ir contra la expresa voluntad del autor. Aquí no hay ni Dimitris Nabokov ni Max Brods: Wallace dejó todo listo para que su esposa lo encontrara; un manuscrito de 250 páginas ordenado en 12 capítulos con la etiqueta “¿Para el adelanto de L B?” (Little, Brown –su editorial), además de un montón de materiales aledaños: discos duros, biblioratos, cuadernos, carpetas, disquetes, fajos de hojas escritas a mano y capítulos impresos, además de montones de notas.
El 12 de setiembre de 2008 David Wallace esperó a que su esposa se fuera a su galería de arte y se ahorcó en el patio de su casa de Claremont.
Hay una especie de consenso en referirse a Wallace como “la mente más brillante de su generación”, sin que nadie crea siquiera necesario mencionar explícitamente el poema “Aullido”, de Allen Ginsberg. Lo que queda entonces resonando, lo que dice el poema a continuación, es que fueron justamente esas mentes brillantes las que terminaron en la locura, la destrucción y la muerte.
Wallace habló abundantemente de su “genio”, de cómo enfrentaba la sencilla constatación de que era muy inteligente y, sobre todo, a la gente que lo veneraba porque había oído hablar de lo astuto que era. En 1985 había escrito dos tesis, una en filosofía y otra en escritura creativa. La segunda se transformará, a la postre, en The Broom of the System, su primera novela.
Wallace bromeaba con frecuencia sobre la posibilidad de que su vida no fuera demasiado larga. Elegantemente y sin referirse a su depresión, solía afirmar que esto se debía a que su crisis de la mediana edad la tuvo a los 20 años. Dicha “crisis” tenía que ver más bien con su vocación, o más bien con sus vocaciones. Era, ciertamente, un estudiante atípico, que a lo largo de su corta vida se había planteado dedicarse, alternativamente, al tenis, la filosofía, las matemáticas, o a la literatura. Su padre, James D Wallace, era profesor de filosofía en la Universidad de Illinois, pero a diferencia de él, David eligió dedicarse a los campos más técnicos de la filosofía, como la lógica matemática o la filosofía del lenguaje. Y es que tras asistir a un seminario sobre Wittgenstein quedó vivamente impresionado por la “fría belleza formal” del Tractatus Logico-Philosophicus pero lo defraudó la evolución de la filosofía del Wittgenstein tardío, que fue repudiando sus ideas iniciales y abandonando su austera metodología. “Como Wallace admitirá más tarde, su camino intelectual en aquellos años puede haber estado influido por un deseo de diferenciarse de su padre. James Wallace recibió su Ph D en filosofía en 1963 en la Universidad de Cornell, escribiendo una disertación (sobre el tema del placer) bajo la dirección de Norman Malcolm, amigo cercano y discípulo de Wittgenstein. James, como Malcolm, admiraba los últimos trabajos de Wittgenstein y era menos receptivo al tipo de filosofía que David abordaría.” Quien habla es James Ryerson desde la introducción a la tesis de graduación de David Wallace, una refutación del ensayo “Fatalismo” (1962), de Richard Taylor, publicada en forma de libro bajo el título Fate, Time and Language. An Essay on Free Will (“Destino, tiempo y lenguaje. Un ensayo sobre el libre albedrío”) en 2011. Sin embargo y a pesar de lograr refutar a Taylor y de obtener el Gail Kennedy Memorial Prize in Philosophy, otorgado por la universidad, Wallace dudaba de su vocación filosófica y poco a poco se adentraba en el campo de la ficción. The Broom of the System, su primera novela, es en cierta forma la perfecta expresión de sus intereses en aquella época, una novela disparada por la afirmación de su novia de entonces, que le dice: “Preferiría ser un personaje de ficción a una persona real”. Wallace diría luego que se quedó pensando en cuál era la diferencia entre una y otra cosa. The Broom of the System es, de alguna manera, autobiográfica: “la sensitiva historia de un joven blanco, anglosajón protestante y sensitivo que acaba de tener una crisis de la mediana edad que lo desplaza de la matemática analítica fríamente cerebral a la ficción fríamente cerebral y la teoría literaria de Austin-Wittgenstein-Derrida y que en consecuencia desplaza sus problemas existenciales desde el miedo a ser una máquina calculadora con una temperatura de 98,6º F al miedo de ser nada más que una construcción lingüística”.
Una novela escrita bajo el signo de su amor por Wittgenstein, pero que luego criticaría por su puerilidad: podía ser que allí estuvieran planteados muchos problemas filosóficos, pero no había ni un atisbo de solución. Años más tarde le escribirá a su amigo Jonathan Frenzen que The Broom of the System “parece escrita por un muchacho de 14 años muy inteligente”.

UN ESCRITOR MORAL. Unos años más tarde, tras el furor provocado por la publicación de su segunda novela, La broma infinita, Wallace será entrevistado largamente por el periodista de la Rolling Stone David Lipsky, a quien le explica las razones por las que se decantó hacia la literatura: “Escribiendo The Broom of the System sentí que estaba usando el 97 por ciento de mi ser, mientras que dedicarme a la filosofía era usar el 50 por ciento”. Sin embargo, todavía pensaba que de alguna manera podía dedicarse a las dos cosas, y se matricula en Harvard, de donde saldrá en un muy breve lapso, aquejado por una profunda depresión que lo lleva directo a un hospital psiquiátrico. Es la primera manifestación de las tendencias suicidas que terminarán con su vida casi 20 años después.
De lo que no quedan dudas es que el suicidio de Wallace truncó la carrera de un autor que comenzaba a trazar un ambicioso camino para la literatura estadounidense del siglo xxi. Sin embargo el propio Wallace no estaba convencido de que ese fuera siquiera el camino deseable. Ryerson señala que el escritor “estaba siempre en guardia contra la forma en que el pensamiento abstracto (especialmente el pensamiento acerca el propio pensamiento) puede arrastrarte lejos de algo más genuino y real. Leer su precisa y dialécticamente febril escritura autoconsciente es a menudo como presenciar la agonía de la cognición: cómo los giros y vueltas del pensamiento pueden encerrar la promesa de una comprensión verdadera a la vez que transformarse en un peligro para la misma. Wallace estaba especialmente preocupado acerca de que ciertos paradigmas teóricos –el esteticismo cerebral del modernismo, los ingeniosos trucos del posmodernismo– descartaban demasiado fácilmente lo que alguna vez llamó ‘las viejas y tradicionales verdades humanas que tienen que ver con la espiritualidad, la emoción y la comunidadʼ. Y llamó a un tratamiento más sincero y comprometido de esas verdades básicas. Sin embargo él mismo las abordó con métodos fracturados, a menudo esotéricos. Era una tensión definitoria: las mismas herramientas conceptuales con las que quiso responder las más desesperadas cuestiones humanas amenazaron con mantenerlo para siempre a distancia de las conexiones que luchaba por establecer”.
Esta preocupación surge constantemente en su obra, pero donde es abordada con particular agudeza es en el ensayo “E unibus pluram. Televisión y narrativa americana”, incluido en su libro Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, en el cual especula sobre si los próximos “rebeldes” literarios verdaderos de Estados Unidos no serán quizás aquellos que se atrevan a tratar los viejos problemas y emociones pasados de moda con reverencia y convicción.

MORIR ENTRETENIDOS. “E unibus pluram” habla de espectáculo, simulación, entretenimiento, ironía, cinismo. Una discusión muy de los años noventa y que involucró a esas “mentes brillantes” de la generación de Wallace. Era una época cuyo símbolo bien podría ser el affaire Clinton-Lewinsky, que al fin y al cabo fue una lucha por el significado de las palabras. A los estadounidenses les esperaba un trágico baño de realidad en 2001, pero por lo menos hasta que las torres se desplomaron, la generación de Wallace siguió girando en torno a esta discusión, que llegó a su apoteosis con la publicación de la obscenamente popular memoria Una historia conmovedora, maravillosa y genial, de Dave Eggers –instantáneo niño mimado de la literatura estadounidense, finalista del Pulitzer y rutilante cultor del relato irónico a partir de la desgraciada muerte de sus padres–, y su archinémesis, el ultraconservador Jedediah Purdy con su pequeño ensayo For Common Things: Irony, Trust, and Commitment in America Today (“A favor de las cosas comunes: ironía, confianza y compromiso en los Estados Unidos de hoy), un ataque a la ironía y sus devastadores efectos en la nación.
Wallace había llegado muy tempranamente a un diagnóstico similar al de Purdy, pero lo hizo a través de la televisión, la cultura pop y la literatura, mientras que Jedediah era una especie de Henry D Thoreau redivivo.
El ensayo “E unibus pluram” es de 1993. Tres años más tarde, en La broma infinita, Wallace retomará el tema del “entretenimiento” entendido como elemento adictivo en una sociedad dominada por la necesidad de evadirse y divertirse, una novela que entroncaba directamente con Vineland, de Thomas Pynchon, y White Noise, de Don DeLillo, y las superaba en su ambición.
Sin embargo, sólo unos pocos años más tarde todo esto amenazaba con ser cosa del pasado. En 2002 Jonathan Franzen vendía más de un millón de ejemplares y se quedaba con el National Book Award con su novela Las correcciones, desembarazándose del disfraz posmoderno de sus primeras narraciones, que le quedaba incómodo. Franzen corría a declarar que quería escribir una novela decimonónica, que lo suyo era Proust, Conrad, Dostoievski, que lo que intentaba era escribir una novela rusa. De alguna manera, se metía así en los zapatos de aquel “nuevo rebelde” de la literatura estadounidense que Wallace pedía. Ambos autores se habían hecho amigos cuando Wallace le escribió una carta elogiando su primera novela, comenzando así una amistad que se mantuvo hasta el suicidio de Wallace.

ELOGIO DEL ABURRIMIENTO. Curiosamente, Franzen nunca perdió oportunidad de intentar empañar la reputación de su amigo. Y no se detuvo ni siquiera después de que aquél hubiera muerto.
En abril de 2011, la misma semana en que se publicaba El rey pálido en Estados Unidos, Franzen publicó un ensayo en el New Yorker, titulado “Farther Away”. Se trataba del relato de un viaje de Franzen a la isla Alejandro Selkirk, en el archipiélago chileno Juan Fernández, antiguamente llamada Más Afuera. El artículo de Franzen versa sobre la novela inglesa a partir de Robinson Crusoe –con la que busca entroncar su propia literatura–, sobre el aburrimiento, la soledad y el suicidio de David Foster Wallace.
Así, relata las razones que lo llevaron a querer irse a la isla de Más Afuera y cómo terminó allí con una cajita conteniendo parte de las cenizas de su amigo muerto para esparcirlas a pedido de su viuda.
Entonces Franzen esboza una de las hipótesis sobre el suicidio de Wallace: murió de aburrimiento y desaliento por sus futuras novelas. “Cuando sus esperanzas en la ficción murieron, luego de años de luchar con su nueva novela, no había otra salida que la muerte. Si el aburrimiento es el suelo en donde crecen las semillas de la adicción, y si la fenomenología y teleología de la condición de suicida son las mismas que las de la adicción, parece justo decir que David murió de aburrimiento.”
Sin embargo, incluso antes de llegar a esta arriesgada conclusión, Franzen comienza a despacharse contra Wallace: señala que su suicidio fue cuidadosamente planeado para hacer el mayor daño posible a aquellos que lo amaban, afirma que Wallace prefirió la adulación de las masas al amor de sus familiares y amigos, y que utilizó su muerte para hacer avanzar su carrera. De paso, Franzen pone en duda el diagnóstico médico sobre la depresión del escritor y se pregunta cómo pudo escribir un libro como Breves entrevistas a hombres repugnantes sin ser repugnante él mismo.
Para terminar, Franzen señala sinceramente que su relación con Wallace era de amistad, pero también de fraternal competencia: “Unos años antes de morir me firmó los ejemplares de sus dos libros más recientes. En uno de ellos dibujó el contorno de su mano. En el otro el contorno de una erección tan enorme que se salía de la página, anotada con una pequeña flecha que rezaba ‘escala 100 por ciento’”.
Como si esto no fuera suficientemente desleal, unos meses más tarde y poco antes del lanzamiento de “Farther Away” en formato libro en conjunto con otros ensayos, Jonathan Franzen hace un nuevo movimiento: desliza a la prensa que algunos de los diálogos utilizados por Wallace en sus célebres ensayos podrían haber sido inventados.
Es verdad: todo tiene que ver con el aburrimiento y la fama; tiene que ver con los medios de comunicación y con ser un héroe. Pero no en el sentido que Franzen quiere darle a las cosas. No es casualidad que en el posfacio del libro en el que Lipsky entrevista extensamente a Wallace (Although of Course, You End Becoming Yourself) el autor señale: “Franzen entrevistado tiene una cualidad de escritor que no está fuera de servicio y una parte de él quiere echarme a un costado y contar la historia él mismo”.

EL REY PÁLIDO. Fue tarea de Michael Pietsch, el editor de Wallace, darle una forma definitiva a la novela póstuma. El resultado es, ciertamente, una novela inconclusa, pero como bien señala Pietsch, también “asombrosamente completa”. Es ciertamente imposible saber cómo imaginaba Wallace su novela terminada. No sabemos si sería otro monstruo de más de mil páginas, como La broma infinita, o si lo que el autor escribió y ordenó era más o menos lo que iba a escribir. Es verdad que le falta un hilo narrativo fuerte, pero por las anotaciones que dejó Wallace, es probable que esa fuera la intención del autor. Una nota explica que en la novela existen “una serie de situaciones organizadas para que pasen cosas, pero en realidad nunca pasa nada”. Otra sugiere que durante toda la novela “algo grande amenaza con suceder pero nunca llega a suceder”. En una de las notas finales se esboza un tema que atravesaría todo el texto: la lucha de poder entre dos facciones de funcionarios del Centro Regional: los tradicionalistas, que quieren mantener los revisores humanos, y los reformistas, que quieren sustituirlos por computadoras. Este gran arco nunca fue totalmente desarrollado.
Como ya se ha dicho, uno de los grandes temas de El rey pálido es el aburrimiento, a cuyo análisis Wallace se dedica casi como un forense. Los otros temas mayores tienen que ver con los impuestos y su filosofía, ya sea en relación con las políticas de la administración o en la responsabilidad cívica que implica pagarlos.
Para ello Wallace ubica su novela en una oficina de Hacienda, y la trama más estructurada del libro involucra a varios personajes que llegan al Centro Regional de Examen de Peoria un día de 1985 con la misión de entrar al mundo del procesamiento de las declaraciones de renta en la Agencia Tributaria y señalar posibles auditorías.
Ciertamente, una novela sobre el aburrimiento no debería, necesariamente, ser aburrida. La de Wallace no lo es, aunque es necesaria una predisposición a absorber ingentes cantidades de jerga fiscal y abstrusas reglamentaciones sobre impuestos. Pero si consideramos a los impuestos una de las bases de la civilización entenderemos por qué David Foster Wallace estuvo diez años involucrado en este proyecto.
Hay una sensación extraña que se produce al leer este libro por momentos árido y carente de forma: el viejo y conocido estilo de Wallace de alguna manera opera como un factor que une esos pedazos y pronto nos encontramos leyendo fluidamente, viendo, desde un lugar privilegiado, cuál es el propósito de todo aquello.
Franzen hablaba del aburrimiento, de morir de aburrimiento. El libro de Wallace está en las antípodas de esa idea. Más bien se alinea con el pensamiento del examinador Shane Drinion, que sabe que cualquier cosa a la que uno le preste la debida atención se vuelve interesante. Drinion, en una actitud casi zen, levita levemente en cuanto se zambulle por completo en la tarea. Porque hay tedio y aburrimiento, sí, pero también hay heroísmo: “Caballeros, aquí tienen la verdad: el verdadero coraje consiste en soportar el tedio minuto a minuto y dentro de un espacio cerrado. Esa resistencia, fíjense, es la síntesis de lo que hoy día, en este mundo que no hemos creado ni ustedes ni yo, constituye el heroísmo (…). Y me refiero –dijo– a un heroísmo verdadero, no al heroísmo que puedan encontrar en las películas o en los cuentos infantiles. (…) La verdad es que el heroísmo de sus relatos infantiles no era un valor verdadero. Era puro teatro. El gesto grandioso, el momento de la elección, el peligro mortal, el enemigo exterior, la batalla en el momento del clímax cuyo resultado lo resuelve todo… todo está diseñado para parecer heroico, para excitar y gratificar al público. Al público. –Hizo un gesto que no puedo describir–. Caballeros, bienvenidos al mundo de la realidad: aquí no hay público. No hay nadie para aplaudirlos ni para admirarlos. No hay nadie para verlos. ¿Entienden? Esta es la verdad: el heroísmo verdadero no recibe ninguna ovación y no entretiene a nadie. Nadie hace cola para verlo. A nadie le interesa”. Y es que es allí donde están los verdaderos vocacionales. n

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