Con Gervasio Tarragona Valli
Salvó un concierto gratuito que fenecía, con un repertorio de emergencia que dos amigos lo acompañaron a interpretar. Fue en Sala Verdi y después, entre abrazos y saludos, murmuró: “Me voy a tomar una jarra de cerveza así, sabelo”. Legítima recompensa para este flaco que vive en la calle Jackson y disfruta de tocar con el padre, además de ser un clarinetista de 23 años que a los 19 ganó concursos, integró elencos oficiales, organizó encuentros, tocó en varios países y recaló en Suiza, donde cursa una maestría de perfil pedagógico.
—En el concierto original te acompañaba un cuarteto de cuerdas.
—Sí, pero el fin de semana previo los tíos del violinista de ese cuarteto sufrieron un tremendo accidente de tránsito; el tío falleció y la tía quedó en coma. Me llamó para decirme que no estaba en condiciones emocionales de tocar, lo cual, por supuesto, comprendí. Convoqué entonces al chelista Roberto Martínez del Puerto y al pianista Julián Bello, amigos de ley, y les propuse armar un repertorio de emergencia, en dos días, para no cancelar el espectáculo. La gente que trabajó para concretarlo, empezando por Juventudes Musicales del Uruguay, y el público, lo merecían.
—¿Tu camino comenzó temprano?
—A los 8 años empecé a compartir música con mi padre y mi hermano. Ambos tocan la guitarra y mi padre, además, canta tangos, milongas. Después entré a la escuela de educación musical de Primaria; es lo mejor que puede pasarle a un músico, beber al mismo tiempo de lo académico y lo popular. Y el amor por la música que trasmite una familia, quizás no lo trasmite un profesor.
—¿Por qué? Es el deber de todo maestro.
—Pero nada garantiza que lo cumpla. En la familia, en cambio, hay cierto a priori en ese sentido, porque a la enseñanza la mueve el afecto, no la obligación. Y eso incluye valores, decisiones, actitudes; un “combo” más completo. Lo verifico cuando acompaño a mi viejo a cantar tangos, o a mi hermano a tocar blues en un boliche.
—La escuela musical de Primaria es reconocida.
—Sí, aunque está de-samparada. Tienen una didáctica fantástica sostenida en el estoicismo vocacional de sus docentes, cuyas remuneraciones dan pena. Lo fantástico consiste en que niños y niñas aprenden música jugando, y aunque el objetivo no sea convertir en profesionales al montón de aspirantes que ingresan por año, quien egresa de allí lo hace como público calificado, o sea, provisto de saberes técnicos y sensibles que le permitirán disfrutar de la música toda la vida.
—¿Cómo se ingresa?
—Por sorteo, entre los cupos adjudicados a cada escuela pública. Si para determinada escuela hay cinco cupos, y se anotan cuarenta, treinta y cinco pierden la oportunidad.
—Loco, ¿no?
—Hacen lo que pueden con los recursos que tienen. Yo fui uno de los que quedó afuera en el sorteo y entré igual, porque convencí a mis padres de que me acompañaran a insistir en persona. La música era lo mío, tenía que estar allí.
—¿Qué criterio podría sustituir al sorteo?
—Las audiciones, en niños, son inviables. Quizás podría liberarse el ingreso a todos los interesados y organizar una especie de preparatorio que, durante un año, funcione como evaluación de aspectos como asistencia, interés, etcétera. Eso decantaría, supongo, en una selección natural, pero es un tema complejo.
—¿El clarinete apareció en esa escuela?
—No, ahí estudié flauta dulce y derivé al clarinete por influencia de un vecino que había sido trombonista en la Banda Sinfónica de Montevideo. Tenía ganas de estudiar un instrumento de viento con mayor proyección que la flauta, que ampliara mis horizontes, y este vecino me hizo un paseo guiado por saxo, flauta traversa y clarinete. Opté por el último e ingresé a la Escuela Municipal de Música Vicente Ascone. Ahí también había muy pocos cupos, y me hicieron lugar gracias a la recomendación de mi buen vecino.
—¿La escuela musical de Primaria no sirve como aval?
—No, es más, la escuela municipal te pide que aportes el instrumento; como yo no tenía dinero para comprarme un clarinete, accedieron a prestarme uno. No me quejo, porque me consta que vivimos en un país sin tradición musical clásica. Las agrupaciones de música clásica uruguayas más antiguas, como la Orquesta Filarmónica de Montevideo, tienen poco más de medio siglo de vida, contra los quinientos años de historia de algunas orquestas alemanas, por ejemplo. Debido a este y otros factores, carecemos de un sistema que respalde al aprendiz.
A BASILEA POR VENEZUELA
—¿Cuántos años estuviste en la Vicente Ascone?
—Siete, aunque el último año demoré un poco en concluirlo, porque primero gané una beca para estudiar dos veces por mes en Buenos Aires, y luego otra, del Fondo Nacional de Música (Fonam), para hacerlo en Venezuela. Fui a ese país con idea de estar un mes, y me quedé un año.
—Te interesó.
—Aprendí mucho, no sólo música. El maestro que me recibió, Valdemar Rodríguez, me dijo que en un mes lo único que iba a lograr era embarullar mi potencial. Me consiguió una beca del Sistema de Orquestas Juveniles para estudiar con ellos, y tocar en la Sinfónica Juvenil Simón Bolívar. Es un sistema de enseñanza inédito, basado en el contacto con el profesor y, sobre todo, en la experiencia de tocar, desde el primer día, en una orquesta. Antítesis del modelo europeo, donde pasás años dándole a la teoría y la técnica antes de acceder a un conjunto. Valdemar fundó, además, la Academia Latinoamericana de Clarinete, que llevó a eminentes clarinetistas del continente a dar clases en Venezuela. Al regreso de ese país di concurso y entré a la Banda Sinfónica de Montevideo, donde estuve dos años.
—¿Qué edad tenías?
—Diecinueve.
—Ese mismo año ganaste el concurso para solistas de Juventudes Musicales. ¿Basilea cómo llegó?
—La experiencia de estar en la Banda Sinfónica fue muy útil, pero entré con más cabeza de irme que de permanecer.
—¿No te satisfacía?
—Era mi primera vez en un elenco profesional y lo valoraba en toda su dimensión, pero quería, como te decía antes, aprovechar la juventud para profundizar en el extranjero mi formación. Con la idea, siempre, de devolverle a mi país lo acumulado. De hecho organicé, acá, el Encuentro Internacional de Clarinetes de Montevideo, durante tres años consecutivos. Fueron tres años en los que estudiantes uruguayos accedieron a tomar clases con clarinetistas de primer nivel, y el público a grandes conciertos.
—Ibas a responderme sobre Basilea.
—Bien, el director artístico de esos encuentros fue el maestro suizo Markus Forrer, con quien nos hicimos amigos cuando vino a tocar con la Orquesta Filarmónica de Montevideo. Me ayudó a organizarlos y, pensando en mi futuro, me sugirió que audicionara con un eximio músico que había sido su maestro: François Benda, radicado en Basilea. Lo hice, a través de un audiovisual en dvd, y me aceptó.
—¿Te aceptó a partir de un dvd?
—Cuando llegué allá tuve que audicionar otra vez, y de veinte aspirantes tomó a dos. Luego de enviarle el dvd me presenté a los Fondos Concursables del Ministerio de Educación y Cultura, fui seleccionado y recibí la totalidad del monto solicitado, con el que pude viajar. Lo primero que me preguntó Benda fue qué me proponía, y respondí: “Volcar todo lo que aprenda en Uruguay”. Convinimos en que lo mejor era cursar una maestría con énfasis en pedagogía.
—El terruño volvía por sus fueros.
—Es que soy más uruguayo que el mate (lo ratifican las pantuflas de listones celestes que calza, y el “amargo” que viene y va); es aquí que quiero vivir y trabajar.
—Y grabarás un disco.
—Sí, con el maestro Martín García y la Orquesta Juvenil de Cámara de Buenos Aires. Está planteado como un homenaje a los jóvenes, talentosos y desconocidos compositores de música contemporánea del Río de la Plata.n