Brecha Digital

Las cosas que aprendí en los discos de Laura

Con Laura Canoura

Era 1978. Aquella noche Mauricio Ubal y yo entramos en el Shakespeare and Company Café Concert, en Punta Carretas, para concretar una fecha para un espectáculo que teníamos en mente, en el cual también participarían Luis Trochón y Jorge Lazaroff, entonces puntales de Los Que Iban Cantando. Hablamos con la persona indicada y nos invitó a quedarnos a ver el espectáculo que estaba por comenzar. Un adolescente engendro titulado “De cómo cambia el cielo”, en el cual una barra de pibes, llenos de entusiasmo y de carencias tiraban en la sombría cara de la dictadura unos tenues pero tibios rayos de luz.

Algunos cantaban lo que sabían y como podían, otros declamaban poemas con engolado entusiasmo, hasta que tomó el centro del escenario, escondida detrás de una guitarra que casi la cubría totalmente, una chica pequeñita y con una linda carita de conejito, que parecía tener unos 12 años, aunque en realidad andaba por los 20. Soltó una impresionante versión de “Milonga para cantarle a mi gente”, de Osvaldo Avena y Héctor Negro, con una voz de timbre y madurez increíbles. Ubal y yo quedamos petrificados. Ese fue nuestro primer contacto con Laura Canoura.
Muy poco después, Mauricio y Laura coincidirían estudiando en el Nemus y a instancias del Choncho Lazaroff se unirían a otros jóvenes estudiantes armando Rumbo, una suerte de unión de solistas que derivó en un sólido grupo. Rumbo tenía muy buenos ejecutantes y varios interesantes autores, pero –con los debidos respetos– destacó fundamentalmente por la increíble voz de Laura y las canciones maravillosas de Ubal, algunas de las cuales, como “Lugar de mí”, le fueron como anillo al dedo a esa voz de vibrato cortito y firme entonación, y un inconfundible timbre capaz de ser metálico y vibrante y a la vez tierno y aterciopelado.
Y entonces apareció “A redoblar” y aquello tuvo épicas proporciones de mito popular. Y aparecieron tres preciosos discos que hoy son merecidos clásicos.
A mediados de los ochenta y con Rumbo aún trajinando escenarios, Laura Canoura ya preparaba su disco debut como solista, Esa tristeza, en una acertada movida que incluía la intuición, sapiencia y perfeccionismo de Jaime Roos como productor y algunos de los grandes músicos de la banda Repique, como Gustavo Etchenique en batería, Andrés Recagno en bajo y Alberto Magnone en teclados. También, claro, un repertorio muy bien elegido, con autorías entre otros de Jaime Roos, como la notable “Piropo”; de Ubal: “Mitad”; de Jorge Galemire con texto de Washington Benavides: “Un son”; de Eduardo Mateo y Estela Magnone: “Sueño del escritor”; de Eduardo Mateo, en el clásico de El Kinto y de Diane Denoir: “Esa tristeza”; y hasta una coautoría con texto de Laura y una hermosa música de Fernando Cabrera: “Detrás del miedo”, que sería luego el surco más exitoso del disco y que daría pie a un recordado videoclip, que concluye con una escena en la que Jaime, altísimo, y Laura, bajita, caminan de espaldas a la cámara y mueven a un tiempo los brazos en un cómico efecto.
La increíble historia de este disco indica que en principio no tuvo mayor repercusión y que luego, a comienzos de los noventa, sería reeditado con enorme éxito, logrando discos de oro y de platino, cuando Canoura ya había integrado Las Tres, junto a Estela Magnone y Flavia Ripa, y tras el reconocimiento masivo que su peculiar timbre vocal tuvo desde el yingle de un conocido refresco.
En 1991, nuevamente con la batuta de Jaime Roos y también de Bernardo Aguerre, sale Puedes oírme, otro exitoso disco que está entre lo mejor de su producción en el que nuevamente interviene una banda de ensueño y cuyo repertorio incluye autores del peso de Jaime Roos, Estela Magnone, Jorge Galemire, Vera Sienra, Fernando Cabrera y hasta Joni Mitchell. Se destacó especialmente el hermoso bolero de Estela Magnone “No hay lugar”.
El comienzo de esa carrera solista no podría ser mejor y luego seguiría, hasta el presente, una larga lista de discos con puntos muy altos y otros no tanto, pero mostrando siempre la enorme voz de Laura en toda su dimensión y un sorprendente eclecticismo para abordar diversos géneros y emprender con valentía arriesgados caminos estéticos y profesionales.
Además de sus dos discos iniciales, son puntos fuertes en su carrera el magnífico Locas pasiones, grabado en vivo en 1994 en el teatro Solís junto a Hugo Fattoruso, donde se anima por primera vez al tango y al bolero; Interior, de 1996, en el que aborda nuevamente una ecléctica variedad de autores que van desde Alfredo Zitarrosa hasta Lennon y McCartney, y una importante presencia de Esteban Klísich, incluyendo la maravillosa “Naif”; Esencia, editado por Bizarro en 2001 y grabado casi totalmente en vivo junto al guitarrista Jorge Nocetti, donde se saca el gusto de cantar a muchos de quienes formaron su paladar musical, como Charles Aznavour, Carole King, Jacques Brel, Carlos Gardel, Violeta Parra, Paul Simon, Belchior y Daniel Viglietti. Son también ineludibles Canoura canta el tango, de 2007, y el reciente y excelente Un amor del bueno, de 2010, donde una vez más confirma su notable pupila para elegir a sus socios musicales, incorporando al talentoso Andrés Bedó en piano, arreglos, producción y hasta coautoría de alguno de los surcos, y donde muestra nuevos reflejos y matices vocales no explorados hasta entonces, cantando en un plan intimista, nuevo y seductor.
Una y otra vez Laura ha abordado desafíos como interpretar tango y bolero, géneros muy transitados pero que sin embargo no son para todos, y salir airosa, cambiar de geografía incursionando en el potente y competitivo mercado chileno, viajar muchísimo por el mundo, cantar junto a una orquesta sinfónica y a la vez en el plan más minimalista con guitarra o piano solista, animarse a mostrar y grabar sus propias autorías, interpretar como cantante y también como actriz el repertorio de Edith Piaf y “canourizar” magníficamente sus inmortales éxitos, volver a cantar junto a Rumbo décadas después y hasta darse el lujo de ser retratada en un reciente libro escrito por su hermana Cristina Canoura.
Declarada ciudadana ilustre de Montevideo, Laura es señalada con justicia como la principal vocalista uruguaya de las últimas décadas, y creo que nadie discutiría semejante afirmación.
Su capacidad de trabajo y su perfeccionismo son legendarios, tanto como su temperamento a veces difícil. Es lo que se dice, porque en lo personal, conociéndola desde hace 34 años, y habiendo trabajado con ella en grabaciones de yingles y ediciones de video cuando, además de cantante popular, ese era su trabajo en una empresa audiovisual hoy desparecida, además de entrevistarla periodísticamente muchas veces, sólo he encontrado en ella a una mujer inteligente, dueña de un filoso sentido del humor y una constante gentileza.
La voz de Laura, como las de Rada, Zitarrosa, Jaime Roos y Darnauchans, es una de las voces de Uruguay. Una voz que, como seguramente les pasa a tantos uruguayos, además de deleitar mi presente, seguirá yendo conmigo una y otra vez, y junto a la cual envejeceré sintiéndome en buena compañía.

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