Brecha Digital

Los insumisos al sur

Con el editor Juan Casamayor, “aragonés testarudo”

El viernes pasado la asociación Editores Independientes recibió en Montevideo a Juan Casamayor, factótum de Páginas de Espuma, casa editorial de Madrid. El panel dejó en claro que en todas partes existe una trama de “leyes inalcanzables”, un “mercado hostil”, pero en un punto el tejido está roto y por ahí es posible una invasión. Cómo crear una comunidad de lectores, cómo trabajar en la sensibilidad de otros y hacer circular el gusto, cómo vivir de un proyecto cultural (o de una solitaria manía de lector): en Uruguay la discusión está estancada. Casamayor tiene otro aire: habla en público de especialización y trabajo tenaz, de “oscuros canales” y de suerte.

 Páginas de Espuma se fundó en 1999 como un sello especializado en cuento. El prestigio del género había caído, por un supuesto desinterés del público, en el desfavor de los editores. Pasó, en poco tiempo, de ser editado y reeditado a cubrirse de contraindicaciones. Juan Casamayor y Encarnación Molina, juntos, tuvieron una idea singular que rápidamente negó que “el cuento no vende”. En Uruguay ha pasado por el distribuidor una parte del catálogo: 120 títulos, mitad agotados y sin reposición. Páginas de Espuma, con su nombre, sigue el sintagma de Lengua de Trapo, otra editorial independiente española que nació de la resistencia a las corporaciones, esa suma de sellos que devoran a otros además de agredir al ambiente.
En el panel del viernes 19, en la Fundación Unión, hablaron Gabriel Sosa (Irrupciones Grupo Editor) y Gustavo Wojciechowsky (Yaugurú). Ambos representan editoriales de la asociación de editores independientes, que también vincula (en virtudes y carencias comunes) a Ático, Rumbo, La Propia Cartonera y Civiles Iletrados, de Maldonado. Sosa propuso un diagrama del sistema editorial en pirámide, dividido en tres estamentos: los grandes grupos con sede en el exterior, despegados, en lo alto; las editoriales uruguayas establecidas con oficina y personal, en el medio; en la base, en el llano beligerante, los independientes de la Cámara del Libro, los que rompieron con el sistema. En opinión de Sosa, dentro de la pirámide, “la literatura va resbalando hacia abajo”. No puede ser de otra manera. Nadie se dijo afectado por los comentarios venidos de la mesa, entre lamentos y buen humor. No formaban parte del público los decisores de políticas culturales, los editores del medio, los distribuidores ni los libreros. Tampoco, por supuesto, agentes de la Random House. La postergada discusión sobre lectura y circulación de libros, subrepticiamente reclamada por los independientes, es necesaria y cuando se dé será valiosa, estará envuelta en polémicas. Mientras tanto la historia va más allá del diagrama del sistema editorial y del enlace entre un solitario que escribe y un solitario que lee: en vez de otorgar fondos a las editoriales, en Uruguay se financia el “reparto de poemas de Benedetti en bolsitas de leche”. Sosa lo dijo dos veces y así dejó de ser un chiste.
Entre el público, Elvio Gandolfo tuvo el turno más activo y recurrente, acaso por idoneidad: en décadas de trayectoria ha recorrido todos los eslabones de la cadena literaria y conoce bien el negocio libresco, incluso narró alguna operación de la mafia. Para quienes estábamos ahí sin la vocación de hacer libros y echarlos a andar, seguir los planteos era algo que carecía absolutamente de interés. Cosa última, plan “político”, una postura de Sosa por lo menos: en este país hace falta que las editoriales reciban préstamos del erario público como capital inicial. Fue en este punto que Juan Casamayor, después de dar a conocer un proyecto ejemplar, intervino con una precisión: en ninguna parte nadie da dinero “a fondo perdido”. Y contó que en el caso de Páginas de Espuma, para empezar, la generosidad vino de “las mujeres”. Al otro día, durante la entrevista, le pregunté cómo fue esa historia. Sencillo: su madre, su tía y su esposa pusieron dinero.
Juan Casamayor es un hombre amable, igual de calmo y educado cuando discrepa. Nació en 1968 y además de editor de cuento, ensayo y microcuento es filólogo con actividad académica, doctor con una tesis sobre el letrado José Cadalso. Aquel estudio le dio la “razón académica y personal” para guardarle admiración al impresor madrileño del xviii Antonio de Sancha, a quien cita como “editor total”: el que se atreve a trabajar con lo fungible, a leer, imprimir y repartir aquello que de otro modo desaparecerá. En el texto que sigue el lector perderá una voz llena de matices y escalas, de pequeños énfasis imposibles de transcribir. Y perderá su perspectiva en una serie de temas: la generación del 27, Horacio Quiroga y las bicicletas, las ediciones artesanales de Felisberto (hasta que lo captan los socios hispano-argentinos de Sudamericana), los narradores contemporáneos en los que confía, la salud de Leopoldo María Panero, una película de Jaime Chávarri y la crítica literaria en la actualidad, que merecerá una nota aparte la semana próxima. Muy cerca y casi ausente está Fernando, un niño, hijo de los editores y parte principal de Páginas de Espuma. Quizá buscando recomponer el “tejido editorial” que lograron, decisivamente desde 1936, intelectuales y artistas latinoamericanos con españoles exiliados, Casamayor y su familia recorren en estos días el eje Montevideo-Buenos Aires-Santiago, “fundamental y clave para la lengua y literatura”. Cuando le di el último número de Brecha, ojeó la tapa y dijo con picardía que había volado en Pluna. Todas las compañías quebrarán: “Si es así me quedaría con gusto, hombre. No tengo nada de español. Puedo vivir en cualquier parte”.

—Los libros circulan. ¿Cuál es la razón del “desembarco formal” de 2012? ¿La crisis?
—A ver, has dado en uno de los clavos. Páginas de Espuma viene de la idea de que una editorial debe partir de su contexto natural. Ayer lo decía: podemos tener otras vías de mercado, pero el primero es España. Y en España, más allá de la crisis del paradigma del libro, vivimos en una coyuntura de crisis muy dura, algo que no habíamos vivido antes. Insisto en que es una crisis europea. Aquí llegan noticias y son duras porque la situación es durísima, pero no olvidemos que existen distancias. Es verdad que hay unos parámetros que han caído del todo, pero de esta situación se saldrá. En estos momentos el sector del libro lo está pasando mal y esa es una de las causas para venir. Y la otra es que, gracias a esa locura que tuvo Páginas de Espuma a finales de los noventa, de publicar exclusivamente cuento, trató siempre con autores latinoamericanos de una forma intuitiva. No es que en un momento nosotros pensáramos (habla por lo bajo): “vamos a publicar autores latinoamericanos así abriremos un mercado…”. No, somos filólogos, no tenemos ninguna formación empresarial, publicábamos cuentos y nos parecía natural que escritores latinoamericanos estuvieran en el catálogo. A partir de ahí vino la necesidad de llevar los libros al lugar donde estaban nuestros escritores. Eso fue configurando una cartografía de distribución, una suerte de distintos colaboradores y cómplices en la trayectoria de la editorial. En particular los hay en Argentina, en Uruguay y en Chile. Y ahora que apareció el momento, también porque podemos hacerlo, venimos un mes a estar aquí.
—¿Qué reconocés de afín y diferente en tus colegas de Uruguay?
—Vi el mismo espíritu de edición independiente. Una capacidad clara de singularizarse. Encontré la tendencia natural, que está ocurriendo en muchos países, a asociarse. En Colombia asistí al nacimiento de la asociación de editores independientes: gente distinta, con catálogos que responden a una bibliodiversidad, decidieron unirse para hacer ciertas cosas en común. Ha pasado en España y es afín a la edición independiente. Luego también encuentro muchas diferencias: los mercados son distintos, la red de librerías, las sociedades. Entendí que aquí se dan respuestas para seguir adelante de una forma que no veo tan clara. Ayer se insistía mucho, dentro de la cadena de valor del libro, en buscar alternativas. Pero hay un problema: quieres estar en las librerías pero por otro lado no quieres contar con el librero para vender tus libros. Ayer no había libreros, pero si hubiese habido alguno yo creo que habría levantado la mano: “Oye, igual que tú publicas lo que te da la gana, yo vendo lo que me da la gana”. Eso hay que respetarlo, no se puede forzar nada. Como editor, lo que tienes que ponerle delante al librero son criterios y razones para que ubique tus libros. Y eso es picar piedra, horadar, erosionar un poco para que otros tengan ciertos libros tuyos, no todo el catálogo. Es parte de la tarea del editor. Nosotros trabajamos con la sensibilidad de un creador y vamos hacia la sensibilidad del lector, somos ese puente.
—Anoche fue evidente que todos los niveles de la relación con el libro están lesionados. El vínculo escritor-editor y al revés, del editor con el librero y con el distribuidor. En varios puntos se cruza la crítica literaria, que es otro agonizante que todavía recibe reclamos. Pensé que tu postura sería catastrofista y no de un “optimismo informado”. El pesimismo estaba de este lado, aun cuando las noticias dicen que es bueno el movimiento del dinero. Entiendo que los editores locales refieren asuntos viejos, hablan de lo mismo y en dos décadas sólo han renovado las anécdotas. Siempre es preocupante la persistencia de problemas sin solución. La salida del callejón debe ser creativa, ¿no?
—Mira, las soluciones que puede dar un editor independiente hacia los problemas propios de su entorno, sobre todo cuando hay una crisis larvada, es usar la creación, la imaginación, la comunicación para poder enriquecer los distintos eslabones de la cadena, de eso se trata. Nada está más a la mano y hay que hacerlo por obligación, te diría, más que por devoción. Claro que yo pude haber venido con un discurso muy pesimista, ¿pero me sirve de algo?
—¿Creés que para sobrevivir hay que radicalizar las diferencias?
—De acuerdo. Yo creo que si alguien es militante en literatura, y ejerce el derecho a la insumisión, es el editor independiente. Hay que ejercer una insumisión contra la dictadura comercial que impone las tendencias y las modas de los grandes grupos. Siempre desde el respeto a los grandes grupos, por supuesto, lo dije ayer muy claro: en los grandes grupos hay excelentes editores. Los independientes se llenan la boca: “Somos lo mejor de lo mejor”. “No, perdona, hay editores independientes que son muy malos.” Y Gandolfo tocó la fibra sensible y tuve que darle la razón: hay muchos que no pagan derechos, que sus liquidaciones son muy oscuras porque no tienen el sistema informático adecuado, porque claro, “¿cómo voy a invertir? No tengo, tú entenderás…”. Creo que hay que radicalizarse, desde luego. Yo en el cuento, aunque soy lector de novelas, radicalizo mi actitud en el mercado. En la literatura, nunca opondría novela a cuento, me parecen dos géneros distintos, con distintas herramientas y estrategias literarias. Comercialmente voy al extremo. Entiendo que el cuento parte con una desventaja, se lee más novela, no lo niego.

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—¿Cuáles creés que son las causas que le hicieron perder al género la buena fama?
—Es una imposición del mercado. Vamos hacia una sociedad de consumo más rápido, una sociedad líquida en la que consumir supone el acto de volver a consumir. Se impuso en los noventa, cuando el mundo occidental encuentra un curioso estado, digamos, de bienestar, que tenía un paralelo: el mismo sistema generaba un deseo de consumo inmediato en los ciudadanos. Y es ahí cuando se nos quiere imponer la creación de un producto lo más horizontal posible. El libro en un caso ha sido como la televisión, ha ido cayendo en la calidad de sus contenidos. La respuesta que se da: “esto es lo que el público quiere”. “No, perdone, no es lo que el público quiere.” La gente consumía televisión antes y la consume ahora. Si tenemos la televisión que tenemos, de reality shows y demás basura, es porque ustedes la producen y ustedes nos la dan. Si tenemos novelas como el cauce general de venta de libros literarios, libros que se producen casi en cadena y por lo tanto en contradicción con el propio hecho creativo, en el que el escritor debe madurar un trabajo, crear una obra, estamos en las mismas directrices y en las mismas coordenadas de aquellos que fabrican televisión. Y el cuento ahí no entra, por supuesto, no olvidemos que tiene exigencia literaria, precisa de un lector formado e informado, alguien que pueda entrar y salir de distintos universos. Es mucho más fácil entrar en una lectura plana, llena de acontecimientos, donde en las tres primeras páginas ya has tenido un asesinato, el enigma se ha despertado, tienes cuatro sospechosos y una persecución y a partir de ahí todo es posible. Ese universo es plano, constante, está estudiado. Junto con eso hay novelas extraordinarias que tarde o temprano se convierten en clásicos. En ese marco social el cuento ha tenido las de perder.
—¿Qué te has propuesto con las antologías temáticas? Cuentos de médicos, de ajedrez, de amor, policiales… Cuentos de caballeros extraordinarios y de damas fantásticas…
—Las antologías son alimenticias. Este es un término de Luis Buñuel. Creo recordar que en ese libro de “damas fantásticas” estaba Bioy Casares…
—Es un cantado, un especialista…
—Sí, ¡con damas reales e irreales! De seguro había autores que conocías y otros que no. La edición de estos libros viene por este lado: teníamos una conciencia de educación hacia el cuento para el lector español menos habituado al género. Al que le interesaba, por ejemplo, el mundo de los trenes, porque su padre había sido maquinista, podía encontrar Cuentos de trenes. Vida sobre raíles. Ese lector puede descubrir, por ejemplo, a un tal Juan José Arreola, ¿entiendes? Y así lo introduces en el cuento. Para nosotros la antología temática también es una forma de tener a ciertos autores difíciles en cuanto a los derechos. Mi gran mito como editor es haber publicado algunas páginas, por lo menos algunas, de grandes escritores. Cuentos de Borges, Bioy, Rulfo, García Márquez, Cortázar.
—¿Cuándo se abre la línea de “ensayos del yo”?
—Pues mira, eso viene dado porque teníamos el catálogo de ficción y ante algunas primeras dudas de la colección de ensayo, más amplia en contenidos y demás, nos encontramos con la presencia de algunos títulos que empiezan a funcionar bien y eso alimenta una línea editorial en la que hay que seguir trabajando. Nos rodeamos de profesionales que hacen este trabajo y lo hacen bien. Por otro lado, los “ensayos del yo” vienen a constituir algo muy emparentado con el predominio de lo que ahora también funciona en España: la recuperación del clásico contemporáneo a partir de la traducción.
—Caso de Diario de un escritor, de Dostoievski, de Cuentos completos, de Guy de Maupassant.
—Esos libros son durísimos de hacer. Es un gran placer, por un lado, y por otro un camino largo y tortuoso en el que hay que tener paciencia. El de Dostoievski es complicadísimo: tres traductoras y un traductor, Paul Viejo, que ejercía de editor literario general del libro. Teníamos a una traductora en Moscú y otras dos, una española y una rusa, en España. Había que coordinar a toda esa gente y pedir datos a Moscú… El libro de Maupassant es un proyecto de casi cuatro años de trabajo y tiene 3.500 páginas, es la primera vez que se traduce completo al español. Trabajamos con Mauro Armiño, que conoce la obra de Maupassant, un autor muy sensible a su contexto inmediato y difícil de traducir. Nombra un café de París, por ejemplo, que en 1800 y pico estaba de moda, leía tal sección de un periódico, en fin, hay que conocer bien la época y hacer una anotación clara para que el lector sepa qué trascendencia tenía o qué significaba estar o no en ese café o leer ese periódico. Mauro Armiño conoce la historia francesa desde la revolución hasta el período de entreguerras, la conoce entera, sabe todo. Llegó a traducir 310 cuentos y un apéndice de textos híbridos, entre el artículo periodístico y el cuento. Solamente leer eso, maquetarlo, corregirlo, saber la inversión de dinero que vas a tener que hacer, la preocupación de que funcione y demás, es un trabajo arduo. Como todo editor es un lector, en paralelo disfrutas, lo pasas bien, descubres textos. Los clásicos perduran, ahí están y van a caminar. Forman parte de nuestro “catálogo de fondo”. Es el caso de un libro tan personal para mí, el primero de Páginas de Espuma: Escritos de Luis Buñuel. Se vende en todas partes porque es Buñuel.
—¿Cómo se equilibra un catálogo de clásicos y autores nacidos en los sesenta y setenta? Después de un período prolongado y de exigencia altísima, se juzga que la narrativa en general cayó a pique. ¿Cómo lo ves?
—A ver, vivir como escritor en castellano con la conciencia de que tienes detrás a Borges, Onetti y Rulfo, bueno, si piensas en eso cierras, te vas, no escribes, ¿para qué? Lo que está muy bien es que la generación de escritores nacidos en la década del 60, donde hay algunos que se reconocen como cuentistas y novelistas, han sido excelentes nietos de estos abuelos. No han tenido la necesidad de matar al padre. En el caso español, la realidad de quienes escribían en los cincuenta o sesenta tendría que ser muy dura, no sólo por la censura y por la situación cultural empobrecida a un grado máximo, sino porque había que escribir en una literatura donde abundaban los escritores brillantes, que además tenían la industria editorial a sus pies, eran editados con regularidad. Ahora los jóvenes latinoamericanos y españoles no tienen marcas geográficas y eso para ellos es ya un gran alivio. Un escritor peruano, o de Barcelona, no tiene la necesidad de recurrir a su contexto, algo que a veces es una exigencia editorial. Se pide que un colombiano escriba como se espera de un escritor colombiano. “No, perdona, un colombiano puede hacer una maravilloso libro de cuentos que transcurra en Samoa, por qué no.” Los narradores jóvenes no piensan que sus novelas o cuentos se van a juzgar al lado de Todos los fuegos el fuego o Pedro Páramo. Desde ahí escriben con libertad. Y hay semejanza en las dos orillas.
—¿Reconocés restos de lo que se entendía como “literatura latinoamericana”?
—La encuentro en otro espacio. Varios escritores lo están explorando. Hay un fenómeno que es el del escritor latinoamericano que no vive en su país. De ahí se produce una literatura mestiza, híbrida, un escribir desde la otra vida, una vida hecha por las razones que sea. Hay escritores que ahora rozan los 60 años y dejaron sus países porque los mataban o simplemente porque los llevó la vida. En algunos casos, de forma más aguda, se escribe desde esa vida que no es plena porque atrás quedó otra, todavía posible. Es como si el viaje que les ha llevado a vivir en otro lado fuera un viaje equivocado. A partir de ahí se estructura otro tipo de literatura, sabes, hay un camino que pasa por la nostalgia y otro en el que se estudia el entorno desde el extrañamiento, y el extrañamiento es una actitud espléndida para el escritor porque lo mantiene alerta. Para el cuento y el discurso literario narrativo en general es una maniobra estupenda.
***
—¿Te preocupa qué hace la gente con la vida y con el ocio?
—Mucho más que los libros electrónicos, que vinieron para quedarse. Esta sociedad ha afectado los hábitos de lectura. En España se lee más que nunca. Pero claro, hay una unificación terrible. Estamos congregando la lectura masiva en unos pocos títulos. Esto tiene dos caras: por un lado toda la rapidez, la facilidad y la fluidez de la información y la comunicación permiten y favorecen que tu contenido se disperse, se extienda, y que tus libros lleguen a personas que estaban esperando precisamente ese contenido. Desde ese punto de vista, tu pequeñita comunidad puede ser más amplia. Eso no deja de ser un pasillo algo estrecho, estrangulado por la realidad del día y toda esta información. La gente ha entrado en una esquizofrenia y en una oligofrenia, sabes, a todo le falta contenido. Vivimos en un gran océano de dos centímetros de profundidad. Es como si vieras mi Facebook, que no tengo, y ahí leyeras: “Estoy en Montevideo tomándome un café”. Es que vamos a eso: “Estoy comiendo un huevo frito”. En la comunicación rápida se pierden casi todos los ángulos de la experiencia. Vamos hacia esa sociedad que está en contra del espíritu del libro, que necesita de un tiempo de maduración y de un acto íntimo. Ahora tenemos cada vez menos actos íntimos, todo tiene que ser “compartir”. La lectura es algo que se vive y luego se comparte. Hoy en día “compartimos” cuando nada ha pasado. La experiencia en realidad no se comparte: “compartir” es la experiencia. Es terrible. La sociedad me interesa porque me preocupa.
—¿Seguís creyendo que es el editor quien inventa al lector?
—Claro, es un ejercicio político. El editor forma lectores porque crea posibilidad de lecturas, de una sensibilidad en dirección a algo. Nosotros hacia el cuento.
—Voy a leerte algo que decías en Internet: “Somos la última generación política de este país, la generación de la insumisión frente a los grandes grupos editoriales. Responde a una conciencia social, cultural y literaria del editor”. ¿Qué hay después?
—Los ciudadanos nacidos en España en los sesenta somos la primera generación que disfrutamos plenamente de la democracia, aunque en nuestra infancia hemos conocido el franquismo y en la adolescencia la transición. Somos una generación con conciencia del costo que tuvieron ciertos logros democráticos y defendemos la importancia que tiene la política para el ciudadano. Y ante ciertas situaciones se tiene que ser insumiso, por supuesto. El término no es mío, es herraldiano. Jorge Herralde dijo que ellos fueron unos editores insumisos frente a la dictadura franquista, y que los editores de los años noventa fuimos insumisos frente a la dictadura comercial. La tesis es suya. En parte fue así. De ese Estado de bienestar europeo vienen generaciones que le dan la espalda a la política. Entre los intereses de los jóvenes, hace unos años, política nada, se veía en todas partes. Ahora, con la crisis, creo que estamos recuperando una juventud que se va a comprometer porque está en juego su futuro y porque ve que cierto ámbito natural, donde se vive, está siendo sistemáticamente cercenado. Los jóvenes van a salir a la calle y la van a pelear y eso es necesario. Necesitamos que los chavales de 20 años hagan ese ejercicio de rebeldía y de insumisión. Las sociedades han avanzado a través de estos estímulos. n

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