Las preguntas fueron concisas pero fomentaron torrentes de caracteres –en algunos casos excedidos de la extensión solicitada, síntoma de un estimable afán expresivo–. Se propuso que las respuestas fueran por separado o en un texto único inspirado por ellas. Contestaron a estas tres preguntas:
1. ¿Qué cosas (recursos, formas, etcétera) hacen admirable a una crítica cinematográfica?
2. ¿Cuáles la arruinan irremediablemente?
3. ¿Cuál diría que es el estado de la crítica cinematográfica en su país hoy?
Jorge Abbondanza. Artista plástico, escritor y crítico uruguayo de cine en el diario El País, en donde dirige la página de espectáculos.
1. La transparencia, es decir la posibilidad de enseñar al lector a ver más allá de la apariencia de una película, descubriendo su entrelínea, descartando artificios y abriendo los significados perdurables cuando los hay. Eso conviene hacerlo con estilo claro y directo, que atraiga la atención sin intimidarla ni hacerla tropezar. Porque un crítico debe ser como el arquero que dispara su flecha luego de afinar la puntería.
2. La tendencia autorreferencial, el alarde de erudición, la vaguedad de planteo, la sobredosis de adjetivos, la tentación de irse por las ramas, la imprecisión del juicio, las precariedades de lenguaje.
3. Se encuentra en un declive similar al del propio cine industrial, que a su vez participa del baño de trivialidad en que duerme la cultura de hoy. La crítica recorre esa pendiente que preocupa a muy poca gente, donde en general –salvo excepciones– la afectan además la pérdida de espacios, la pérdida de público, la pérdida de credibilidad, la pérdida de puntos de referencia, la pérdida de rigor, la pérdida de independencia. Pero esos eslabones perdidos son también los de la enseñanza o los de la política, otras cadenas igualmente estropeadas. Ningún deterioro es casual ni se produce aisladamente.
Diego Brodersen. Crítico argentino de El amante cine, colaborador en Página 12 y Rolling Stone y programador de la sala Leopoldo Lugones del teatro San Martín.
1. Quisiera creer que la crítica de cine tiene un origen claro: el amor por las películas. Y que su función primordial es observar el mundo a través del cine y el cine a través del mundo. Un filme es siempre el reflejo de la sociedad y los tiempos que le dan origen, la consecuencia de un complejo engranaje donde el arte, los negocios y la necesidad de decir algo sobre el ser humano chocan y se estimulan entre sí. La buena crítica de cine no debería perder de vista ninguno de esos elementos. Por supuesto, no es lo mismo reflexionar sobre el cine en radio o televisión que redactar un texto para un diario o revista, como no es comparable aquella crítica escrita expresamente para un medio especializado con otra publicada en un periódico de circulación masiva. De todas formas, en todos los casos el crítico de cine no debería olvidar nunca los tres ejes fundamentales que sostienen su métier: subjetividad, capacidad argumentativa y estilo.
2. La falta de alguno de esos tres pilares. Un texto mal escrito, con pocas o malas ideas o que intenta hacer pasar por verdad revelada el canon de un cierto gusto personal o colectivo. Una película nunca es la suma de los elementos que la componen, o es mucho más que eso. No hay nada menos estimulante que la mera acumulación de adjetivos o algunas muletillas del tipo “los amantes del género disfrutarán…”. La crítica entendida como “recomendación” es también un mal generalizado, del cual a veces es difícil escapar por presiones editoriales o de otra clase. Ni hablar de aquellos cronistas que repiten conceptos de las gacetillas de prensa, el Mal con mayúsculas.
3. No es de las peores del mundo, eso es indudable. De un tiempo a esta parte, gran cantidad de firmas en medios gráficos y digitales ofrecen, con amor por el cine y rigor profesional, un variopinto abanico de ideas sobre el cine. Al mismo tiempo, la democratización generada a partir de la proliferación de sitios web y blogs ha dado luz a una suerte de neocrítica amateur que –con las excepciones que, afortunadamente, sí existen– suele reproducir los peores males de la crítica profesional pero pocas de sus virtudes. Transitamos un momento crítico (valga el uso polisémico del término) de la crítica de cine.
Ascanio Cavallo. Politólogo y publicista chileno, crítico de cine en el diario El Mercurio, autor de varios libros de cine así como de historia política de su país.
1. Una buena crítica habla de cine con sencillez y familiaridad, buscando el diálogo imaginario con el lector. Una gran crítica habla también de la vida desde el cine.
2. Hay ruina segura cuando se echa mano a Deleuze, al estructuralismo o a technicalities como el guión, los actores, la fotografía u otras igual de poco sustantivas.
3. Goza de buena salud. ¿Será buena salud que haya mucha gente escribiendo en distintos soportes? ¿Será?
Gonzalo Curbelo (y Tüssi Dematteis, músico). Crítico uruguayo, periodista y editor de cultura de La Diaria.
1. Me resulta complicado definir un formato exclusivo de crítica admirable; me ha pasado de estar completamente de acuerdo con dos críticas diametralmente opuestas sobre la misma película, pero que partían de concepciones estéticas y de expectativas diferentes. Lo único que pido siempre en una crítica o reseña (se podría diferenciar entre los dos términos, personalmente asocio al primero con una evaluación más apoyada en un marco teórico y al segundo con una apreciación más impresionista –en el sentido que académicamente se le da al concepto de “impresionismo”–) es que esté en castellano legible, que no se apoye exclusivamente en las reacciones emocionales inmediatas del crítico y/o reseñador, y tenga un marco referencial razonablemente alto. Es decir, que al menos me dé la impresión de haber visto antes algo más que cuarenta o cincuenta películas.
2. Me molesta mucho el subjetivismo asumido y totalitario, es decir, esa cosa de comentario de web de “es buena porque me gustó”. También me molesta el automatismo de escuela, una costumbre muy habitual dentro de los reseñadores “de culto”, de adjudicar virtudes o defectos simplemente por el pertenecer a determinada escuela o característica estética. También me incordia bastante una costumbre muy extendida ahora en la crítica estadounidense y que consiste esencialmente en una suerte de juicio moral de la obra, o que evalúa su inteligibilidad por encima de su expresividad (algo también habitual). Y por supuesto también me molesta que el reseñador escriba como el orto.
3. Ha tenido momentos mejores, pero también ha tenido momentos peores. Hace tres décadas la crítica era lo bastante importante como para influenciar en forma decisiva en la recepción de un filme. Hace una década prácticamente había desaparecido y todo lo que había eran informes previos basados en las gacetillas de prensa. Hoy en día hay un cierto regreso a la crítica medianamente seria, pero al mismo tiempo veo por todas partes –tal vez no necesariamente en la crítica uruguaya, pero es una tendencia mundial en alza– eso de resumir la función de la crítica en sucesiones de estrellitas o dedos en alza o baja, algo que jamás puede resumir ni iluminar las virtudes o defectos de una película.
Gustavo Noriega. Crítico y periodista gráfico argentino. Director de la revista El amante cine.
1. Una crítica debe ser parte de una conversación que incluye a la película, a sus creadores, al público, los lectores y el crítico. Como toda conversación, se valora que se hable claro, con amabilidad, honestidad y conocimiento de lo que se está diciendo. También, que en el transcurso de la charla uno tenga la posibilidad de ir cambiando su punto de vista, sus opiniones, alguna valoración. Las conversaciones son entre pares, y pararse en un sitial de superioridad para recomendar que se vea tal o cual película no es conversar, y por lo tanto no es crítica. El que te dice a qué sala ir es el que corta las entradas en el multicine, el crítico está para otra cosa.
2. Así definido, es fácil decir qué puede arruinar a una crítica cinematográfica: que el crítico no diga lo que piensa sino que adapte su discurso al oyente o a alguna otra parte del intercambio. No hablemos ya de querer agradar a la distribuidora o, en el caso de alguna película local, a los realizadores, lo cual sería un acto de deshonestidad inaceptable. Simplemente al querer complacer a la audiencia se distorsionan los parámetros de una conversación libre e interesante.
3. El peor lugar para un crítico, ya lo hemos dicho, es lamentablemente el que más se espera de él: el de recomendador. Cada persona es un mundo y cada película un universo: la idea de que uno tenga que conocer cada una de las dos partes de la ecuación y correlacionarlas es ilusoria y pone al crítico en un lugar de omnisapiencia que no puede sostener.
Hoy, la crítica en Argentina está en un lugar mejor que hace unos años, con muchos colegas bien formados, que saben de lo que hablan y pueden poner cada película en un contexto adecuado. Sin embargo, la importancia relativa del crítico ha decrecido, como en todas partes del mundo. Su palabra vale cada vez menos, en cuanto el consumo de cine se ha convertido en algo mucho menos digno de una conversación.
Manuel Martínez Carril. Periodista, crítico cinematográfico, docente, gestor cultural, coordinador general de Cinemateca Uruguaya de 1978 a 2009.
Creo que lo mejor que le puede ocurrir a una crítica de cine es que sea lo menos admirable posible, con lo que de paso evitará que pueda surgir algo que la arruine. En los años cincuenta Giselda Zani publicaba una columna semanal en El Diario de la noche. Esas columnas escritas en primera persona no servían para nada, y en particular una en la que contaba que a la salida de un ascensor en París su autora se había cruzado con la humanidad imponente con cara de oso de Jean Renoir, uno de los cineastas más voluminosos y artísticamente reconocidos de la época (eran los años de El río sagrado, La carroza de oro y French Cancan). Semejante acontecimiento, y en París, la había conmocionado mucho a Giselda, quien por supuesto lo declaraba explícitamente. La columna provocó la burla de Homero Alsina Thevenet, que no se emocionó gran cosa y terminaba preguntándose a quién le podía interesar que Giselda se hubiese cruzado con Renoir a la salida de un ascensor en París. El problema era que el sujeto y protagonista de la columna era en realidad Giselda Zani y no Jean Rendir, como un lector desprevenido podía haber pensado.
Para evitar despistes similares durante años se recomendó a los críticos escribir modestamente en tercera persona, lo que obligaba a dejar el yo a un lado por lo menos transitoriamente y a sentirse menos importantes de lo que le sugería al cronista la autoestima, que en general es mala consejera. Aun así parte de la crítica pasada y presente suele creer que lo importante es lo que se le ocurre al cronista, sus gustos y disgustos, sus fobias y filias, como si el lector estuviera esperando por sus verdades reveladas. Debe saberse que esa escritura, salvo demostración en contrario, no sirve para mejorar la sensibilidad del espectador, ni ayuda a reflexionar con el crítico, ni mejora el descubrimiento de la obra que el cronista, en el mejor de los casos, podría ayudar a percibir. Pero el riesgo mayor de la primera persona es que uno como lector se entera demasiado de lo que le pasa al crítico (como si ello importara de veras), y aprende poco o nada de la obra de creación y de su autor.
En los últimos tiempos los desplantes críticos se confunden con supuestos actos creativos. Esos desplantes son ocurrencias críticas ajenas y difícilmente tolerables por las obras de creación. Así, los críticos se han convertido en protagonistas sin que nadie se lo haya pedido. El perjudicado es el lector. Y la desaparición de la crítica didáctica y formativa, que fue el mejor aporte de varias generaciones críticas, del 45 en adelante.
Ronald Melzer. Crítico uruguayo de cine desde el año 1981, distribuidor y productor independiente, y responsable del Video Club Imagen.
1. He leído o escuchado pocas críticas de cine a las que pueda catalogar como “admirables”. Ahora mismo no recuerdo ninguna y en cambio recuerdo muchas que presumían de esa condición, o sea que lograban lo contrario. Es más, no creo que la “admiración” sea una de las sensaciones u objetivos de un texto de semejante naturaleza. A éste le pido, en cambio, otras virtudes, que paso a ordenar. La primera, que, cuando está originalmente dirigida al público de habla hispana, esté redactada en un español correcto. Ya no necesariamente elegante, brillante o florido, sino que se base en frases bien estructuradas, que no contenga errores de sintaxis, que carezca de faltas de ortografía, que use oraciones cortas, largas o medianas pero que expresen lo que pretenden expresar con claridad y sin ambigüedades, más allá de la ambigüedad del objeto de análisis, que todo puede justificar menos la incapacidad de su intérprete de decir o escribir lo que piensa sin ambages. La segunda virtud es que quien redactó la crítica tenga un mínimo conocimiento de la materia a la que se refiere y sea capaz de exponerlo sin pedantería, vocación enciclopédica o autosuficiencia: trama, estilo, adscripción o no a algún género –es decir, a un conjunto de reglas narrativas consensuadas–, uso de recursos expresivos, contexto histórico, geográfico e industrial, nombre y antecedentes de los autores principales (director, actores, libretista), propósitos de la obra –digo “obra”, no “obra de arte”–. Estos conocimientos no tienen por qué reflejarse directamente en la crítica. Mejor aun, sólo se harán explícitos cuando el texto así lo requiera. Pero su inexistencia es fácil de advertir e incrimina, siempre, al autor. La tercera virtud es que la crítica en cuestión proponga algo que la justifique en tanto (modesto) acto creativo: un punto de vista, una mirada, una extrapolación útil, una referencia o un conjunto de referencias, una voluntad de comunicación, una necesidad, en el mejor de los casos una revelación. Esto no sólo no quiere decir que la “originalidad” sea una premisa sino, si bien se mira, su opuesto: una consecuencia. La cuarta y última virtud es que la crítica analice y, si quiere y puede, juzgue la película en cuestión en un diálogo permanente con el contexto de ésta, no en función de la ideología, las teorías, el humor y los gustos personales de su autor, los cuales poco o nada importan.
2. Lo que arruina a una crítica es la prevalencia de todo lo que contradice mis autoritarios preceptos del párrafo anterior. Evito, entonces, las críticas mal escritas, las conceptualmente confusas, las que se limitan a contar un argumento, las que se vanaglorian de su subjetividad, las que no aportan una idea interesante, las que pretenden tener la “última palabra”, las que omiten contextos fundamentales, las que olvidan o desprecian una máxima estética que resumo en la frase “las películas no surgen de los repollos”.
3. Por falta de espacio no voy a opinar sobre el estado actual de la crítica. O, por falta de espacios no voy a opinar sobre el estado actual de la crítica. O, por falta de espacio y de espacios no voy a opinar sobre el crítico estado actual.
Leopoldo Muñoz. Crítico chileno de cine para Las Últimas Noticias, cnn Chile y la revista Mabuse.
1. La imaginación y la originalidad resultan esenciales para la crítica de cine. El análisis especulativo, poder proyectar ideas y generar sistemas de pensamiento a partir del lenguaje cinematográfico son primordiales para que la crítica de cine no sea una mera revisión de datos. Por eso, la crítica está en las antípodas del chequeo automotor, donde se revisan motor (guión), carburador (puesta en escena), frenos (actuaciones), etcétera. En ese sentido, tampoco la crítica debe ser un ejercicio de justicia, pues la representación de ésta es invidente y por el contrario el crítico debe tener los ojos muy abiertos y la pasión a flor de piel. Es preferible la exageración que genera odiosidades que la tibieza en pos de optar por una imparcialidad que no estimula en nada al espectador. La crítica que no provoca amor u odio se transforma en letras vacías e innecesarias. También es primordial que la crítica, como el cine mismo, se relacione con la realidad y la urgencia social, incluso con el quehacer rutinario y la experiencia personal. Todas situaciones que suceden allende la sala oscura, pues si no el oficio no avanza más allá de un ejercicio de pedantería intelectual.
2. La falta de independencia es fatal para el ejercicio crítico. Autonomía imperiosa no sólo respecto al medio que publica las críticas (siempre el personaje de Joseph Cotten en El ciudadano Kane debe ser un modelo a seguir), sino respecto a las distribuidoras, con sus regalías disfrazadas de marketing y los comprometedores press junket. Sin embargo, el mayor riesgo para la libertad del oficio se alberga en el propio crítico, ya sea en la vanidad o el miedo. Ambas emociones van de la mano, por regla general, cuando se analiza la obra de cineastas nacionales. Tanto el temor como la amistad hacia ellos impiden realizar la crítica con el indispensable rigor y convierten al crítico en un títere. Ceder al amedrentamiento –a ratos insultante, como sucede en el anonimato de las redes sociales– o a los aduladores palmoteos en la espalda puede funcionar en las relaciones públicas, pero en el caso de los críticos borra de un plumazo, y para siempre, cualquier prestigio más allá de los años de experiencia o influencia que posea el redactor.
3. Al igual que en la mayoría del Tercer Mundo (a diferencia de lo que puede ocurrir en California), la crítica de cine en Chile es un trabajo mal remunerado –mi país cuenta con dos consorcios periodísticos escritos que acaparan la oferta de lectoría– y también es desdeñada por los otros actores relevantes de la industria audiovisual. Panorama alicaído y que con el auge de las nuevas tecnologías tampoco ha salido de su estancamiento. Pero el mayor problema es que las nuevas generaciones –a diferencia de aquellas previas a la dictadura o las que vivieron bajo su terror– sienten que se puede aprender a realizar la crítica de manera exclusivamente autodidacta, basándose en los parámetros del gusto y no del canon o lenguaje audiovisual. Falacia, pues sin duda resulta imprescindible para el aprendizaje del crítico contar con un conocimiento más allá del audiovisual y además con la presencia de un maestro (o mentor) que ofrezca una perspectiva que nos abra los ojos y trasmita códigos de conducta que trasciendan el análisis estético.
Rosalba Oxandabarat. Periodista cultural, crítica de cine uruguaya desde el año 1974, y actual directora de Brecha.
1. Como toda cosa que se lee, lo primero es lo primero: que genere el deseo de seguir leyendo, lo que tiene que ver sobre todo con la forma. La crítica es también un género literario, y como tal debe tener capacidad de seducción. Luego, en lo específico, aprecio en una crítica –y no sólo de cine– la capacidad de “revelar”, es decir, de señalar aspectos estéticos y/o de contenido que escapen a la obviedad, y puedan así enriquecer la percepción de quien lee. La erudición en torno al cine me atrae cuando se usa para encuadrar y relacionar un filme con su historia y su entorno, cuando es una especie de humus asentado que nutre la opinión de un crítico, pero me aburre cuando aparece como una catarata de datos para exhibir cuánto sabe ese crítico, tapando lo esencial, que es la capacidad reflexiva.
2. El exhibicionismo erudito, como se desprende de la respuesta anterior. Una crítica desarrollada de forma rutinaria: la fotografía tal cosa, el montaje tal otra, el libreto, actuaciones, etcétera. El abuso de la subjetividad del crítico, que obviamente siempre está pero no debe interferir metiéndose todo el tiempo entre el objeto analizado y el lector. Las posturas previas con respecto a una película: defiendo esta porque es nacional o latinoamericana, defiendo aquella porque su realizador es infalible, defiendo la otra porque la hizo un joven y siempre defiendo los jóvenes, o porque la hizo una mujer y soy feminista, etcétera. Un crítico puede equivocarse, pero no porque se juegue de antemano a lo que cree una “causa”.
3. A las pruebas me remito: casi no existe en los medios –no son más de cuatro las publicaciones que le acuerdan algún espacio, incluyendo Brecha–. El brote de espacios en la web señala, en todo caso, que está creciendo una nueva forma de crítica, que no necesita asentarse en un contexto colectivo y laboral porque basta armarse un blog y puedes hacer tu crítica y discutir con otros blogueros. Esto democratiza las oportunidades de opinar y puede generar cosas muy fermentales, pero no tiene más legitimación que la cantidad de entradas que registra, lo cual puede ser una forma, claro está, de probar sintonías de diverso orden, pero aleja lo que podríamos llamar “nociones de calidad”. n