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“The original of Laura”, tal el nombre de un germen de novela que el gran escritor ruso-estadounidense dejó al morir, fue publicado en una cuidada edición en el mundo anglosajón hace unos meses, y ya está pronta en español. El resultado no hace sino habilitar otros aspectos del mismo debate.
VLADIMIR NABOKOV ESCRIBIÓ muchas de sus novelas con lápiz y en fichas de cartulina blanca regladas. Contra lo que pudiera suponerse –contra la perspectiva que impuso la revolución digital y las prevenciones que atribuyamos a las conocidas excentricidades de este ruso emigrado–, esa costumbre no tenía nada de extravagante en la segunda mitad del siglo pasado. Fue un sistema habitual para investigadores y académicos, y nuestros críticos del 45 las usaron largamente. Cuenta su biógrafo que cuando escribía ¡Mira los arlequines!, la última novela que publicó en vida, Nabokov numeró por primera vez las tarjetas que usaba y dispuso que si moría antes de terminarla se destruyesen las que no tenían números. Cuando murió, en 1977, estaba trabajando en otra novela y también tuvo la precaución de numerar sus tarjetas, pero no la de disponer su selectivo destino. En cambio, pidió a su esposa Vera que destruyese todo el manuscrito. Vera no tuvo el valor y lo guardó en el cofre de un banco suizo. Al morir ella en 1991, Dmitri su único hijo y heredero quedó a cargo de la decisión. Inacabada y fruto de una desobediencia, El original de Laura, salvado de la pira, se publicó en inglés a fines de 2009 y acaba de ser traducida por Anagrama aunque todavía no ha llegado a Uruguay. La edición inglesa es suntuosa y el lujo, por esta vez, pertinente y honrado. Diseñado por Chip Kidd (dícese que uno de los mejores diseñadores disponibles en el mundo), el libro en tapa dura reproduce facsimilarmente impresas a color y en cartulina de buen gramaje las 138 fichas sobrevivientes desplegadas sólo en las páginas impares de las 278 que engrosan el libro (en las páginas pares va el dorso vacío de esas tarjetas), y abajo, impreso, el breve texto que cada una puede alojar. El diseño es exquisito aunque ofrece el abultado aspecto de un best-seller. Suma un detalle cortazariano: cada tarjeta está perforada de modo que pueda desprenderse y barajarse y alterar a voluntad el orden de lectura. La sobrecubierta en blanco sobre negro muestra la fantasmal difuminación del nombre del autor, del título y del subtítulo, que se disuelven en un fondo negro. El subtítulo –una intromisión editorial– lee: “una novela en fragmentos”. La tapa propiamente dicha reproduce en tela una hoja del manuscrito diferente a las tarjetas, vertical y cuadriculada, que se repite en el interior del libro, y donde la caligrafía de Nabokov propone esta lista de sinónimos: “efface, expunge, erase, delete, rub out, wipe out, obliterate”. Palabras que refieren al contenido del libro pero también a la historia del amenazado manuscrito.
TESTAMENTARIA. Irónicamente, el volumen que se edita treinta años después de muerto el escritor lleva impreso en la portada el mandato que no se cumplió: “desaparecer, tachar, borrar, suprimir, eliminar, acabar”… con el manuscrito. En 2008 María José Santacreu publicó en Brecha una nota* sobre las tribulaciones de Dmitri y acuñó un término eficaz: “maxbrodizar”. Primero Vera y luego Dmitri se habrían maxbrodizado consecutivamente al negarse a cumplir el mandato del padre. El tema convoca varios asuntos fastidiosos e interesantes. Paralela a la historia de la literatura, la de los herederos concentra pasiones y culpas novelables. Entre la desidia y la avidez, los albaceas, viudas póstumas y otros especímenes, alternan acciones de censura, omisión o codicia. Las decisiones están siempre bajo sospecha. Ahora Dmitri escribe un prólogo en el que reincide en convocar el ejemplo de Brod, y juega a adivinar los deseos de su padre (necesariamente los deseos no manifiestos o que presume modificados por el transcurrir del tiempo). En Lecciones de literatura, al estudiar La metamorfosis, Nabokov había opinado sobre el caso Brod-Kafka. Y lo resuelve escuetamente: Kafka “pidió a Max Brod que quemara todos sus manuscritos. Afortunadamente, Brod no cumplió los deseos de su amigo”. Elemental y transparente, todo el argumento recae sobre el adverbio. La desobediencia será afortunada siempre que lo sea la literatura que preservó en su traición. Como la discusión en torno a la publicación de Laura fue pública, manida y opinada, la recepción del libro en el mundo anglosajón ha quedado mayormente reducida a enjuiciar la decisión del hijo, a aprobar o desaprobar la publicación. El primero en admitirlo tácitamente es Dmitri, que se muestra a la defensiva en un prólogo que parodia los rasgos más desagradables de su padre atacando preventivamente a virtuales detractores tratándolos de “periodistas iletrados” y “espíritus inferiores” y donde habla más de su “dilema” (así lo llama) que de la obra. Concluye con un cambio de tono poco feliz: “Pero entonces, míster Nabokov, ¿cuál es la verdadera razón para publicar Laura? Bueno, yo soy un buen tipo y habiendo notado que en todo el mundo había gente que me llamaba por mi nombre y se solidarizaban con el ‘dilema de Dmitri’, sentí que sería cortés de mi parte aliviar su sufrimiento”.
Más de un círculo dantesco podría poblarse con los crímenes de los herederos literarios según sus posibles categorías. ¿Califica éste para la de quienes rascan los cajones y publican hasta las cuentas de almacén del extinto? Según el mayor biógrafo de Nabokov eso está lejos de suceder. Brian Boyd anuncia una lista de novedades sustanciosa: las “Cartas a Vera” para 2011, “Cartas a la familia” (fundamentalmente a los padres) y “Cartas rusas” de su juventud a editores y amigos. También la publicación de sus poemas rusos en traducción de Dmitri, y su contrapartida, poemas de autores rusos en traducción del propio Nabokov. Habrá más “lecciones” tanto rusas como occidentales y un tomo misceláneo preparado por Boyd –Think, write, speak– que toma su título de la frase memorable que prologaba Opiniones contundentes: “Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño”. Que una colección de fichas, un bosquejo de novela como Laura, se haya impuesto sobre la expectativa de estos tesoros nabokovianos tiene tal vez dos explicaciones. Por un lado es (o iba a ser) una novela, el género que todo editor codicia aunque Nabokov haya declarado que escribió sus libros en contra de la idea de novela. La otra razón está en que la larga comedia de enredos, promesas y ocultamientos en torno al dilema de la publicación de Laura resultaron en la mejor campaña de promoción posible. Hipnótica; desde que incluye escenas tan nabokovianas y sutilmente cómicas como aquella en que Vera admite a un expectante biógrafo en las habitaciones del Montreux Palace Hotel, y sin sacarle de encima su ojo de pájaro, despojado de lápices y en prohibición de tomar nota alguna, lo deja leer sin respiro las tarjetas del original. También Dmitri colabora a la función semejándose a alguno de los personajes que creó su padre.
El peligro estuvo en que se creó una exagerada expectativa que milagrosamente salvó el packaging en el último minuto. El talento del diseñador democratizó el acceso a un work in progress por lo general reservado a críticos y académicos y disponible ahora a todo el que desembolse 37 dólares. Un hermoso fetiche, un regalo para nabokovianos (así lo obtuve yo), el libro es menos una promesa de lectura que un homenaje y la ocasión para renovar la atención sobre un escritor mayor del siglo XX. También, alivio delicioso y ganancia colateral, es descubrir que el insufrible gran Nabokov comete faltas de ortografía en inglés. ¡Al fin un rasgo de humanidad!
L AMOR, EL ARDOR Y EL DESEO DE UNA NUEVA ANA KARENINA. “Otra vez Lolita”, tituló enigmáticamente Onetti en 1959 su primera y precoz lectura del libro más polémico y célebre del ruso. Y esas mismas palabras podrían repetirse ante este nuevo libro: ¡Otra vez Lolita! Tal vez el mayor interés que presenta El original de Laura esté en el pretexto para revisar su obra. En su último y también póstumo libro, el crítico Edward Said recreaba el concepto de “estilo tardío” acuñado por Adorno para el caso de Beethoven. No ha mucho comprobé que el concepto iluminaba la obra tardía de Onetti. Como para las últimas novelas de Onetti, también ha habido para Nabokov acusaciones de decadencia. “Un escritor muere dos veces, una cuando deja de existir su cuerpo y otra cuando muere su talento”, afirmaba un defraudado discípulo de Nabokov para quien El original de Laura sería –él no lo formula así– la obra de un cadáver. Ante un material tan incipiente, este juicio, y otros del estilo, resulta algo desmesurado. La idea de estilo tardío, sin embargo, es útil: el escritor ya viejo se siente exiliado del tiempo y se refugia en su obra que se embebe de ese exilio voluntario y se repliega sobre sí misma. El borramiento de la frontera que separa lo real de lo creado, la endogamia intertextual y la fragmentariedad son consecuencias de ese ensimismamiento. Si para el caso de Laura la fragmentariedad es un accidente provocado por la muerte –en rigor es menos la “novela en fragmentos” que pretende el subtítulo que unos fragmentos destinados a convertirse en novela–, la reiteración de algunos temas, los guiños a pasadas escrituras y la conciencia extrema de ser una ficción la ubican en esa categoría tardía y melancólica.
Y es tiempo ya de decir de qué va el libro. Como otros grandes modernistas, Nabokov fue experimental sin renunciar a contar una historia, pero su manera de contarla tuvo siempre caminos sinuosos, oblicuos, de lectura exigente. Así Laura se inicia con un recurso bien nabokoviano, la respuesta a una pregunta que no ha sido formulada. En Cosas transparentes (mi comienzo favorito junto al de Habla memoria) Nabokov da inicio a su historia con un fresquísimo: “Aquí está la persona que necesito. ¡Hola persona! No me oye”, que no pierde profundidad porque su protagonista se llame Hugh Person y que la gana porque enseguida suma: “Tal vez si existiera el futuro, concreta e individualmente, como algo que un cerebro superior pudiera discernir, el pasado no sería tan seductor”. En Laura, el inicio dice: “Su esposo, respondió, también era escritor, pero de un modo modesto”. Así se introduce Flora, la protagonista que ha ido sola a esa fiesta pero se retira con el presunto escritor que le formuló la pregunta sobre la profesión de su marido y la acompaña a un apartamento prestado donde hacen el amor. Los primeros capítulos van en tarjetas numeradas y son comprensibles: Flora es una mujer joven y atractiva que está casada con el doctor Wild, un hombre mayor y gordo al que le es infiel. Cuando era una niña de 12, fue acosada por un tal Hubert H Hubert, a la sazón amante de su madre. La edad, la misma de Lolita, la circunstancia y el nombre, deliberadamente asimilable al Humbert Humbert de Lolita, instalan a la nueva obra en los márgenes de la pedofilia y a Flora en la serie de núbiles ninfas que pueblan el universo Nabokov. Es la zona más comprometida de su obra, la más escandalosa y también la más sofisticada y artística. Las nínfulas nabokovianas han sido rastreadas hasta fines de la década del 30 cuando estaba exilado en Europa y quería convertirse en un escritor ruso, y persisten en distintas estaciones hasta esta última despedida póstuma. La dádiva (1938), El hechicero (1939), Lolita (1955), Ada o el ardor (1970), Cosas transparentes (1972) y ¡Mira los arlequines! (1974) alojan todas a alguna ninfa de 12 o 10 años y precoz sensualidad y casi todas a un adulto obsesionado por ellas.
El porqué de esa insistencia promueve indagaciones interesantes y peligrosas. Nabokov tuvo éxito en mantener las explicaciones a distancia. “Detesto el entrometimiento en las preciosas vidas de los grandes escritores, y detesto el asomarse a fisgar en esas vidas; detesto la vulgaridad del ‘elemento humano’”, un rechazo paralelo a su desdén por el arte comprometido y “el mensaje” sobre los que previno en el pórtico de sus “lecciones” y que no parece fácil de transgredir cuando se acepta la excelencia que esas premisas le han dado a su arte. Un ejemplo de esa pleitesía está en los, por otro lado excelentes, dos tomos de la biografía que le dedicó Brian Boyd, donde insiste algo machaconamente en deslindar para cada uno de sus libros las tendencias equívocas de los personajes: “Incluso algunos autores, por lo demás cultos, supusieron que si Nabokov era capaz de plasmar a Humbert de manera tan vívida, él mismo debía sentir atracción por las jovencitas”, estipuló oficiosamente. Nabokov lo refrenda al declarar que detesta a Humbert Humbert tanto como al seductor Van Veen de Ada o el ardor, pero esa repulsa ejecutada en entrevistas no disuelve la perturbadora persuasión que presta a esos personajes dentro de la obra, dándoles su voz de narrador y todo su talento. Martin Amis ha recordado ahora que su proclividad a la pedofilia corre paralela con su obsesivo odio a Freud, “el charlatán de Viena”, como lo llamó. Y acusa: “A los escritores les gusta escribir sobre las cosas en las que les gusta pensar. Y, para decirlo de la manera más dura, la mente de Nabokov, durante la última etapa de su vida, no honró suficientemente la inocencia –no honró suficientemente el honor– de las chicas de 12 años”.
Tal vez sea posible avanzar más allá de la censura o la aquiescencia si se coloca el tema en una perspectiva literaria y a las ninfas en la estirpe de Ana Karenina. En su finísimo análisis de la novela de Tolstoi, Nabokov señala que hay en Ana Karenina una grandeza trágica que trasciende el drama de un adulterio clandestino, porque, a diferencia de Ema Bovary, Ana le entrega a su amante su vida entera. Dice también que la perdición de Ana no está en haber desafiado convencionalismos sociales, sino en algo más profundo, en que su alianza con Vronski se fundamenta sólo en el amor carnal, no en el amor, y que eso determina su perdición. Desde la muerte del protagonista de El hechicero –arrollado por un camión–, los paralelismos y contactos con Ana Karenina hacen pensar que la pedofilia ocupa en la obra de Nabokov el lugar del adulterio en las novelas del siglo XIX. A cada tiempo su motivo de infracción sexual. Entre las criaturas de Nabokov, la única que se salva es Ada, donde la transgresión de la pedofilia se sustituye por la del incesto fraterno. Ada y Van, los dos niños que creen ser primos y en las primeras páginas de la novela están desnudos y descubren en un álbum familiar –y ya demasiado tarde– el secreto de que son hermanos, comparten su amor y pasión y una excepcional felicidad en la vejez. Nabokov afirma en sus Lecciones que la grandeza de Tolstoi estaba en que supo asir el tiempo de la manera que lo sienten sus lectores, pero el tiempo se había hecho añicos en el siglo en que le había tocado escribir. Tal vez por eso su obra comparte la obsesión de Van Veen por comprender “La textura del tiempo”. El orden de la pasión y el del tiempo son los dos ovillos que tejen en tensión la narrativa de Nabokov tanto en la evolución ensimismada de su carrera como en su inserción en una tradición.
Como si hubiese previsto la polémica provocada por Laura, Nabokov había adelantado en ese sentido su credo de que “la mejor parte de la biografía de un escritor no es la crónica de sus aventuras, sino la historia de su estilo. Sólo a esa luz se puede determinar en debida forma la relación, si la hay, entre mi primera heroína y mi Ada reciente”.
VIDA Y ARTE. En Habla memoria, Nabokov evoca su fantasía de niño de introducirse en un cuadro que había en su dormitorio hasta verse caminando por un sendero entre abedules. También por el arte está obsedida su obra. Poblada de artistas y escritores, sus personajes escriben la novela que el lector lee y que también pueden leer otros personajes. Los juegos textuales se despliegan barrocamente. En Laura, Flora oficia de modelo para un best-seller titulado “Mi Laura” que escribe “un intelectual neurótico y dubitativo”. Flora es literalmente “el original de Laura”, pero también hay una Aurora Lee (anagrama de Laura) que habita una tarjeta no numerada y juega un sueño de hermafroditismo que haría las delicias de Roberto Echavarren.** El esposo de Flora, Philip Wild, opina que ese libro es “una obra maestra” pero él también comparece como personaje de “Mi Laura” bajo el indisimulado nombre de Philidor Sauvage. Y Wild, como anunciaba Flora en la primera línea, también escribe. Compone un tratado de neurología donde expone una técnica de autosugestión por la que puede hacer desaparecer su cuerpo empezando por sus dolorosos pies hasta la disolución final. Asoma allí otro eje temático: la idea del suicidio que alumbraba el subtítulo elegido por Nabokov: “Morir es divertido”. Cervantinamente Flora es instada por una amiga a leer su propia y fantástica muerte en el libro. Los juegos hacen eco a un rasgo de estilo de Nabokov y sólo es dable adivinar la complejidad y pertinencia que pudieron haber alcanzado. Tal vez, así como lo más desagradable se concentra en el personaje del marido, con sus desarreglos intestinales, su inepta sexualidad, sus adoloridos pies de uñas encarnadas (Dmitri cuenta en el prólogo que esos padecimientos son una herencia de su padre, aunque en verdad ya habían sido transferidos con menos grotesco al protagonista de Cosas transparentes), lo más interesante en este juego de espejos sea la relación que tiende Nabokov entre la joven y la novela: “Su exquisita estructura ósea inmediatamente se deslizó en una novela, se convirtió en la estructura secreta de esa novela, además de sostener un número de poemas”. Sobre el cuerpo de Flora se escribe la novela de Laura. La idea ilumina la persistencia en las ninfas como hecho literario. Y el esfuerzo de leerla en inglés compensa con la delicadeza de sus aliteraciones: “her abdomen was so flat as to belie the notion of belly”.***
Nabokov es uno de esos escritores extraños que se deleitan en la ambigüedad de los contrarios. Puede ir de lo exquisito sublime al grotesco pornográfico. Tiene, además, la rara osadía de no pretender justificar nada, ni a sí mismo, en su obra. Tal vez, más allá de las maniobras de Dmitri, del pretexto de la publicación de un manuscrito inacabado, esos enigmas estén en la matriz de las polémicas que convoca. Hay una mancha en la pared y es imposible dejar de mirarla. n
* “El legado de Nabokov”, Brecha, 25-I-08, pág 18.
** Roberto Echavarren ausculta la androginia nabokoviana en un capítulo de Fuera de género, Buenos Aires, Losada, 2007, págs 37-53.
*** “Su abdomen era tan plano que contrariaba la noción de panza.”
La mancha
“EN UN SUEÑO recurrente en mi niñez veía una mancha en el empapelado o sobre la superficie blanca de la puerta, una mancha asquerosa que comenzaba a cobrar vida y se convertía en un monstruo parecido a un crustáceo. Apenas comenzaba a mover sus extremidades, me despertaba atravesado por una corriente de ridículo horror; pero esa misma noche o la siguiente volvía otra vez a encontrarme enfrentado ociosamente a alguna otra pared o pantalla desde la que una mota de polvo empezaba a crecer y volvía a capturar la cándida atención del durmiente, con sus improvisadas gesticulaciones, hasta que otra vez yo me las ingeniaba para despertar antes de que el bulto lograse desprenderse de la pared. Pero una noche, alentado por alguna engañosa posición, una depresión en la almohada o algún pliegue en las sábanas, me sentí más valiente y lúcido que de costumbre y dejé que la mancha continuase su evolución y valiéndome de un guante imaginario simplemente borré a la bestia. Tres o cuatro veces volvió a aparecer en mis sueños pero entonces yo daba la bienvenida a su forma creciente y alegremente la hacía desaparecer. Hasta que se dio por vencida –como un día también lo hará la vida– y dejó de molestarme.”
(De The original of Laura, págs 249 a 253. El título es nuestro.)
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Obras citadas
DE NABOKOV: THE original of Laura, Knopf, Nueva York, 2009.
Opiniones contundentes, Taurus, Madrid, 1977.
Lecciones de literatura y Lecciones de literatura rusa, Emecé Editores, 1984 y 1985, respectivamente.
Habla memoria, Anagrama, Barcelona, 1988.
(Todas las novelas y los Cuentos completos de Nabokov han sido reeditados por Anagrama y son distribuidos en Uruguay.)
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De Brian Boyd: Vladimir Nabokov. Los años rusos y Los años americanos, Anagrama, Biblioteca de la Memoria, 1992 y 2006, respectivamente. De aquí también provienen las fotos de este artículo.
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