Brecha Digital

Muerte de una inmortal

Chavela Vargas (1919-2012)

“Quiero morirme un martes, para no fregarle a nadie el fin de semana”, había declarado al diario La Jornada en 2007. Sin embargo, Chavela Vargas se fue el pasado domingo, ensombreciendo el fin de semana de millones, y fue homenajeada el lunes en la plaza Garibaldi de Ciudad de México, lugar histórico de la música ranchera que Chavela cantó como nadie.
Lila Downs, Tania Libertad y Eugenia León cantaron sus canciones más emblemáticas: “El último trago”, “Paloma negra”, “Un mundo raro” y, por supuesto, “La llorona”.

Costarricense de cuna y mexicana desde los 17 años, se fue a los 93, tras haber hecho una última gira por España el mes pasado y haber permanecido en contacto con el mundo a través de las redes sociales a las que era especialmente aficionada. En su cuenta de Twitter escribió hace pocas semanas: “Me tomé cuarenta y cinco mil litros de tequila y aún puedo donar mi hígado”.
Fue empleada doméstica y vendedora de ropa antes de alcanzar fama internacional como cantante en los años cincuenta. Su éxito inicial se cimentó en el Champagne Room, de Acapulco, donde cantó para un público de celebridades como Ava Gardner, Grace Kelly, Elizabeth Taylor y Rock Hudson. Recién en 1961 grabó su primer álbum, Noche de bohemia.
Publicó luego más de 30 discos larga duración y sedujo al mundo con su voz áspera, inconfundible, dueña de un especial dramatismo –inédito hasta entonces en la canción ranchera mexicana– y a la vez una entrañable alegría de vivir. Precisamente, Chavela vivió como quiso, haciendo alarde de su homosexualidad en un país ultramachista como México, siendo la primera mujer que cantó vestida de hombre, manejando su mg convertible por el Paseo de la Reforma, habano en mano, y compartiendo tertulias con amigos de la talla de Pablo Neruda. Federico García Lorca, Jorge Negrete, Pedro Infante, Frida Kahlo y Diego Rivera y, muy especialmente, José Alfredo Jiménez, el compositor de música ranchera por definición, compañero de juergas y de serenatas entonadas a mujeres al pie del balcón, y autor de “El jinete”, “Amanecí en tus brazos”, “La media vuelta” y “Ella”, que Chavela cantaba con particular devoción.
Tras años de olvido, fue devuelta a la gran fama por Pedro Almodóvar y Joaquín Sabina, del mismo modo que Ray Cooper regresó a la fama a notables artistas cubanos en el proyecto Buena Vista Social Club. A veces, para ser profeta en tierra de uno, se necesitan profetas importados que presten su lucidez y apoyo.
Inteligente y lúcida hasta el final, su lengua era especialmente afilada. De su patria adoptiva, dijo: “México me dio todo, menos dinero”. De su condición sexual: “Yo no estudié para lesbiana. Nací así”. Y sobre las nuevas generaciones: “A los 93 estoy grabando un disco para dar una bofetada a los jóvenes que a sus veintitantos se sienten cansados”.
Es especialmente recordada la referencia que sobre ella hizo Joaquín Sabina en su disco de 1994, Esta boca es mía, cuando en “Por el bulevar de los sueños rotos” canta que “las amarguras no son amargas/ cuando las canta Chavela Vargas/ y las escribe un tal José Alfredo”.
Todos dicen que no habrá otra Chavela. Y no hace falta. Con ella, inmortal, alcanza.

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