La pasión de la desigualdad
- Última actualización en 10 Agosto 2012
- Escrito por: Alma Bolón
“¡Cómo saben hacerse los amables, estos agentes de las Grandes Compañías! El funcionario público que no se defiende de sus excesos de amabilidad ¿cómo podría luego tomar partido en su contra? ¿Cómo, luego, no darles una mano o, por lo menos, cerrar los ojos ante las pequeñas faltas que comenten? Y luego ¿ante las enormes?”
André Gide, Viaje al Congo, 21 de octubre de 1925.
I
¿Los discursos tienen patria? ¿Tienen madre y tienen madre patria? ¿Tienen color? ¿Tienen “raza” o “grupo étnico”? ¿Tienen edad? ¿Tienen geografía? ¿Tienen lugar exclusivamente en su lugar propio?
A menudo estas preguntas son respondidas con síes, explícitos o contrabandeados. Se habla entonces del discurso del hombre blanco, del discurso subalterno, del discurso de las minorías sexuales, o étnicas. Se hace corresponder fragmentos de discurso con enunciadores, en una relación uno a uno, en una ordenada identificación de decires e “identidades”.
“Habla así porque es así”; “Dice esto porque es esto”. Como en las comedias clásicas, el decorum se impone: el rey habla como rey, el labriego habla como labriego. Entonces el viajero imperialista habla como un viajero imperialista, y el subalterno tercermundista habla como un subalterno tercermundista. (Y poco importa que la mayor ambición del labriego sea hablar como el rey o que el hablar labriego sobre todo exista como deseo de hablar regio; y poco importa que la mayor ambición del hablar regio sea que lo tomen por un regio labriego.)
Sin embargo, en otras oportunidades el discurso es entendido como una abundancia de formas fluentes –conjunto regulado de aseveraciones incongruentes y coexistentes– que atraviesan fronteras políticas, geográficas, edades, colores de piel e inclinaciones sexuales. Este conjunto abigarrado e incoherente de enunciados no se distribuye ordenada y establemente entre los miembros de un conjunto de enunciadores reconocibles por ciertas marcas (sexo, edad, lugar de nacimiento, fisionomía, nivel de educación, nivel de consumo, nivel de endeudamiento, etcétera).
Abigarrados, incoherentes y regulados, los enunciados son repetidos, es decir se encarnan en unos y otros enunciadores, traspasando esas supuestas fronteras llamadas “identidades”. Palabras que se hacen carne en unos y en otros, saltando barreras y regulándose de espaldas a las ficciones identitarias.
II
En 1927 André Gide publicó Viaje al Congo, libro que es una suerte de desprendimiento del diario que este autor mantuvo a lo largo de toda su vida, desde 1889 hasta 1950, un año antes de su muerte. Viaje al Congo es entonces un diario de viaje, registro del recorrido que durante diez meses realizan Gide y su compañero Marc Allégret por lo que entonces se llamaba “Afrique occidentale française”, inmenso territorio colonial que multiplicaba más de 12 veces la superficie de la metrópolis. Gide y Allégret van tocando los puertos de Dakar, Conakry, Lomé, Cotonou, Libreville y Matadi, hasta alcanzar, en ferrocarril, Brazzaville-Kinshassa y luego remontar el río Congo y después agarrar hacia el norte, atravesando la jungla, hasta el lago Chad. Viaje al Congo tuvo un particular destino editorial.
Como se sabe, Gide fue un escritor muy aclamado, muy publicado, muy leído. En 1947 recibió el doctorado honorífico de Oxford y el premio Nobel; hasta su muerte soportó constantes presiones, a las que no cedió, para que formara parte de la Académie Française. Un año después de su muerte, su obra mereció el honor de ser inscripta en el Index del Vaticano. En Francia, su escritura marcó a autores tan disímiles como Jacques Lacan, Jean-Paul Sartre, Maurice Blanchot, Roland Barthes y Alain Robbe-Grillet. Las relaciones entre su revista (la Nouvelle Revue Française) y la porteña Sur fueron intensas; Julio Cortázar tradujo El inmoralista (en 1947) y Así sea (en 1953), aunque en España se lo traduce desde comienzos de los años veinte. La publicación reciente del diario de José Pedro Díaz muestra hasta qué punto André Gide estaba presente para este intelectual uruguayo; también se encuentran sostenidas referencias a Gide en Onetti, en sus ficciones, notas periodísticas y correspondencia.
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