Madre de dos hijos, abuela de seis nietos, bisabuela de cinco niños (“y uno más viene en camino”), la producción de Linda no se agota en la pintura, pero es ésta la que hilvana con rigor y maestría su derrotero cosmopolita, como habitante de Milán, Montevideo, Buenos Aires y San Pablo. Conversar con Linda Kohen es una experiencia que concilia la lucidez con la cordialidad. Ella es su pintura, y su pintura refleja a conciencia su cultura y su vida: son las “horas del día” y las “soledades” compartidas.
—¿Cómo surge el vínculo con el mundo de la pintura?
—Es algo que casi no puedo distinguir, el no pintar. Mi padre pintaba muy bien. No era un pintor profesional pero su pintura era de primer orden y era muy amante de las artes. Era un gran tenor de ópera, cantaba arias con una gracia… era fantástico. El me inició, porque en mi casa siempre se vio pintura. Me llevaba los domingos a las iglesias o a los museos en una ciudad como Milán, que se presta mucho para eso. Mi padre me mostraba cómo le gustaba, me ayudaba a ver. Pero ya en 1938 empezaron las leyes raciales.
—¿Provienen de una familia judía religiosa?
—Nosotros somos judíos italianos. No recordamos otra cosa que Italia, desde innumerables generaciones. Hay judíos italianos que están allí desde antes de Roma. Nuestra familia es de origen sefardí, habrán venido de España. Siempre festejamos el Año Nuevo, el Día del Perdón y Pascuas, y allí se terminaba todo. No éramos religiosos. Pero éramos judíos. Y en ese momento las leyes se pusieron duras. Con decirte que no podíamos ir más a la escuela, al liceo. Entonces se creó un liceo sólo para judíos, con director judío, profesores judíos… porque nadie podía hacer cosas para los judíos, desde tener personal doméstico, hasta enseñar. Mi hermano Mario, quien luego sería esposo de la pintora Eva Olivetti, no podía seguir la facultad, entonces mi padre lo mandó a Suiza, al final se recibió de ingeniero en Uruguay.
—Intuyeron lo que vendría.
—No. Bueno, desde la primera ley racista mi padre dijo: ‘Yo, ciudadano de segunda categoría en mi país, no me quedo’. Y como había tenido una experiencia laboral previa en Argentina, consiguió visas y en setiembre de 1939 nos fuimos con toda la familia, incluidos mis abuelos maternos.
—Tu madre estaba de acuerdo.
—De acuerdo totalmente. De nuestra familia sólo dos señoras, una tía que casi no conocí y su hija, se quedaron. La señora, muy mayor, dijo “Qué me van a hacer a mí que soy tan vieja”. La hija se quedó junto a ella para cuidarla. Murieron en un campo de concentración.
—¿La familia tenía un buen pasar económico?
—Vivíamos muy bien. No nos imaginábamos todo lo que iba a suceder. Había unas leyes que no aceptamos. Nos embarcamos con todo, como para quedarnos. Nos fuimos a Argentina, pero a mi padre le surgió un trabajo en Uruguay y a los pocos meses nos vinimos a Montevideo.
—Viviste esa partida con angustia.
—Con angustia. Lloré mucho por haber abandonado a mi perrito, a mis amistades. Al principio estábamos como resentidos con mi padre. No nos dábamos cuenta de lo que significó ese acto, casi heroico, pues nos salvó la vida. Tengo recuerdos de las compañeras mías de ese liceo judío, que fueron asesinadas en campos de concentración. Sentíamos nostalgia, el desarraigo, el haber dejado todo. Es que fue mi niñez y mi adolescencia. Íbamos a esquiar, patinábamos, hacíamos paseos en el lago, veraneábamos en el mar, la riviera, en lugares soñados… y de pronto, la ruptura, el vacío. Pero tengo que decir que desde el primer momento nos enamoramos de Uruguay. Porque una cosa no excluye a la otra. Y te cuento una anécdota: cuando vinimos en el barco, en el Augustus, y llegamos a Montevideo, quisimos mandar una tarjeta postal a la familia. No teníamos plata uruguaya y a un señor cualquiera, que estaba allí, le preguntamos dónde se podía conseguir dinero. Y este desconocido de la calle le dio la plata a mi padre para comprar la estampilla. ¡Y ese fue nuestro primer contacto con Uruguay!, de verdad muy lindo.
—¿Cuándo empieza la formación en pintura?
—Yo siempre dibujaba. En cierto momento, no recuerdo cómo, fui a parar al taller de Pierre Fossey, que recuerdo estaba en la plaza Independencia, con una vista muy linda. Él era una persona amable y también muy buen dibujante. Luego participé en una muestra en la Galería Moretti y Eduardo Vernazza hizo una crítica de la exposición en el diario El Día. Me gustó ese texto y fui a hablar con él. Y fue así como empezó a darme clases en casa. Tengo un montón de dibujos de sus manos, su figura, su silueta, su cara también. Me posaba y me corregía; yo creo que le debo mucho. Y eso fue hasta que me casé en el año 46. La primera obra, que está expuesta ahora en el museo, es de 1944.
—¿Tu padre esperaba que te dedicaras a tareas hogareñas o a alguna profesión liberal?
—Yo simplemente quería elegir una carrera y estudiar. Pero jamás me llegaron los papeles de Italia y entonces iba como oyente a la Universidad de Mujeres, siempre con la esperanza de seguir. Pero se dieron varias circunstancias. Me enfermé con bastante gravedad, tuve varias pulmonías y una pleuresía. Yo creo, deduzco ahora por el tratamiento que me hicieron, que mi médico sospechó tuberculosis. Tuve una convalecencia muy larga. Dibujaba y después hice el profesorado de inglés. Luego conocí a Rafael (Kohen), su familia era vieja conocida de la nuestra en Italia. Él vino a Montevideo por asuntos de trabajo. Nos conocimos, después nos tratamos, nos ennoviamos, nos casamos y fuimos a vivir a Buenos Aires en el año 46. Volví en 1947 a Uruguay para tener aquí a mi primera hija. El motivo era que, de ser varón, no tuviera que hacer el servicio militar. En Buenos Aires frecuenté al taller de Horacio Butler. Él pintaba también durante las clases, corregía, enseñaba teoría del color.
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