Brecha Digital

El cajón de San Marcos

Hay que detenerse frente al retablo, que luce como perdido en una exposición* de refinada artesanía contemporánea, aunque sean evidentes los lazos que la unen con las formas y motivos ancestrales de un país tan rico en culturas pretéritas.

Corregir; no es un retablo, aunque hace décadas se les llama así. Es un cajón de San Marcos, y no se trata de un elemento decorativo, como está clasificado en el catálogo de la exposición –aunque así se lo use probablemente hoy, dado el difundido gusto por lo (“étnico”–. Basta detenerse a mirarlo con atención, a escrutar a las figurillas colocadas en el piso de arriba y el piso de abajo de lo que parece un templo para, aun sin ser alertado por información alguna, intuir que detrás de ellas circulan ideas sobre lo cotidiano y lo sagrado. No son pisos, son mundos. En el mundo de arriba viven las entidades superiores, y están tres santos: Marcos, Juan Bautista y Lucas. El primero es el protector de las reses, el segundo el de las ovejas, el tercero, de los bichos peligrosos, como los pumas, porque también las fieras son hijas de la creación. En un costado una figura femenina, Santa Inés, protectora de las cabras, y en el otro San Antonio con su niño en brazos, que se encarga de los burros. Hay también pequeñas figuras de animales: puma, oveja, caballo, búho, un pájaro negro, y hombres: uno con una guitarra, otros con un cántaro, un tambor o una oveja al hombro que en realidad llevan “arriba” algo que después sucederá “abajo”.
Porque el cajón de San Marcos también contiene tiempo. En el mundo de abajo campea un hombre con un libro adelante. No es un santo ni un maestro; es el patrón. Al centro hay una mesa con botellas, y llama la atención una figura que está al fondo y a la izquierda: un hombre colgado cabeza abajo, herido. Detrás de él, una mujer que llora, y un niño o joven que parece rezar o pedir. Si arriba está el sagrado orden, abajo hay una historia: el castigado es un ladrón de ganado, por el que lloran y piden clemencia mujer e hijo. Pero a la derecha, cuatro músicos con sus instrumentos hablan de fiesta.
Me explica esta imagen inquietante –vía correo electrónico– Alicia Seade Delboy, la responsable de este cajón de San Marcos: “Al castigado, en un segundo más, el patrón, que ya está con la mano levantada, lo perdonará. Su mujer, que está quarawindo (gimiendo) ahí detrás, lo lava, le da una botella de aguardiente, y se integran los dos a la fiesta, que terminará en un acto de ‘fecundidad humana’ de marca mayor. Aparte de la consabida marcación de ganado, claro”. La fiesta de la marcación del ganado –nuestra yerra–, fundamental en toda cultura campesina y ganadera, recompone el orden antes perforado por el delito y el castigo, y la pueblan todas esas figuritas a la derecha, mujeres, hombres y animales. Desde arriba del conjunto, contemplando la escena, el cóndor.
Es que toda esa imaginería cristiana difícilmente esconde el sincretismo esencial de estas representaciones. Alicia Seade Delboy es uruguaya, hija del pintor Felipe Seade, y la recordarán sin duda quienes estudiaron en la Facultad de Arquitectura a fines de los años sesenta y comienzos de los setenta. Hoy es también peruana en razón de los años que hace que vive en Perú y de la familia que formó, y entre otros trabajos siempre vinculados a la expresión visual –ha hecho carátulas, diseños, dirección de arte–, también ha sido restauradora y dirigió un museo de arte precolombino y colonial en Ecuador. Quizás de ese contacto con formas, temas y materiales de un pasado que emerge siempre de manera incompleta, viene su curiosidad apasionada por la cultura popular expresada en manifestaciones de las consideradas artesanales, la que la llevó a indagar en los orígenes de los hoy llamados retablos. Así llegó al cajón de San Marcos, ya olvidado en su función primigenia, suerte de altar trashumante encargado por los arrieros que debían atravesar los peligrosos caminos de la puna, como protección y como conjuro contra los ladrones, las fieras y los espíritus malos. Así Seade encontró que después de siglos de evangelización, los viejos ritos prehispanos se superponían a o se disfrazaban bajo las imágenes cristianas. El cóndor no es sólo un pájaro, es el Wamani, el espíritu de la montaña. El contenedor, el cajón, no es un templo, es la montaña, el Apu andino. La sangre del ladrón debe llegar a la tierra, la Pacha Mama, para purificar al pecador. La fiesta será una explosión de los sentidos, una invocación a la fecundidad. No hay que extrañarse del disgusto de la Iglesia Católica frente a esta mezcla pagana.
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