El carpintero que salió a bucear
- Última actualización en 17 Agosto 2012
- Escrito por: Fabio Guerra
—¿Puede sintetizarme sus comienzos?
—Uh, es una historia muy trillada, los que lean van a decir “otra vez Wifredo contando que vino de Treinta y Tres, que es hijo de campesinos criado en el campo, que aprendió el oficio de carpintero, se vino a Montevideo, se volvió artista plástico y le dijeron que trabajaba bien”. Es un recocido, todo eso. Y pintoresco, claro. Alguien inmerso en lo práctico se pone a crear objetos que caben en las denominadas artes plásticas, la crítica les da permiso de circulación y hasta elogios, y el individuo, incitado por esas reacciones, se la cree y decide jugarse entero por ese camino, para ver si realmente tiene el potencial que le adjudica quien arriesgó su prestigio opinando a su favor. Tuve esa suerte, la crítica me apoyó.
—El estupendo catálogo que Galería Latina editó para su muestra Cajas, cajitas y cajones, de 2006, cuenta que Ángel Kalenberg, luego de conocer su producción, le dijo: “Tendrá noticias mías”. ¿Fue pionero en descubrirlo?
—Antes estuvieron otros, entre ellos María Freire, Eduardo Vernazza, María Luisa Torrens, Amalia Polleri, Roberto de Espada. Mi primera exposición fue en 1968 y el contacto con Kalenberg se produjo en 1985, en ocasión del primer envío de arte uruguayo posdictadura a la Bienal de San Pablo. En calidad de director del Museo Nacional de Artes Visuales y curador de nuestro aporte a la bienal, sus consideraciones sobre mi obra la hicieron levantar vuelo. El envío sirvió para mostrar, además, que los artistas uruguayos, a pesar de las prohibiciones, no habían interrumpido el trabajo en sus talleres. Bueno, en general los plásticos somos unos empecinados y solitarios egoístas.
—¿Van juntos, empecinamiento y egoísmo?
—El ego, en su fiebre creativa, intuye que lo que niega del mundo inmediato podrá compensarlo el destino posterior de la obra. La posibilidad de “chancear” que tendrá.
—¿Chancear?
—La chance de generar un hecho comunicativo.
—Usa la palabra egoísmo, entonces, como sinónimo de aislamiento.
—Sí, sí, porque nada en esto es gratis; el que las hace las paga. Todo el que pretenda dejar su huella sobre la tierra debe asumir esa verdad, de la que no escapó ni Jesucristo. Y desde luego quien se siente convocado a seguir este trillo, se pone la sotana y sabe que juega todos sus boletos al azar, porque no sabe si lo que hace tendrá aceptación. Son asuntos de trámite difícil.
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