Estilos sin manual
- Última actualización en 17 Agosto 2012
- Escrito por: Ignacio Bajter
En la entrevista con Juan Casamayor, publicada en Brecha hace tres semanas, el editor de Páginas de Espuma habló de la situación de la crítica en términos que daban lugar a una nota al margen. Dijo que la crítica ha perdido, literal y simbólicamente, gran parte de su papel: “máximo de espacio, doscientas palabras”. El achique es tal que “el derecho a ejercer la creación ya no es posible”. En España las revistas literarias están desapareciendo, y la anorexia del medio cultural no ofrece estímulos ni garantías a nadie. Sucede en todas partes: “ves un suplemento de hace 15 años y lo ves ahora, y es otro universo, algo totalmente distinto”. Está de acuerdo en que después de 500 años de imprenta, la legitimidad de la escritura es dada por la máquina y el papel, no por la pantalla, “ese lugar intermedio, esa selva”, un mar de comentarios superfluos, “dañinos gratuitamente algunos”. Cree que falta mucho para que aparezca “un Harold Bloom virtual”: por ahora la ley la impone la imprenta. ¿Cómo se lleva con quienes comentan sus libros? “Una relación buena, incluso encajo las malas críticas, no hay problema en eso”. Refiere a www.factorcritico.es, y como curiosidad dice que trabaja para el sitio un reseñista ciego, al que le envía libros en pdf junto a un programa de lectura. Factor Crítico es una revista sin publicidad cuyo equipo editorial está formado por nombres desconocidos por aquí y firmas incitantes y curiosas, como las de “El Amante de la Cafeína”, “Tabaret” y “La Paja en el Ojo”. ¿Cómo funciona el crítico ciego? “Es duro, eh, durísimo.”
Desde hace por lo menos una década no se discute otra cosa que la decadencia progresiva de los medios escritos tradicionales. En tiempos de especulación e incertidumbre, “cada vez el libro interesa menos porque la prensa está entre la espada y la pared: la desaparición o la no desaparición”. La literatura asiste al desmoronamiento de una historia, ligada a los diarios, que tiene más de dos siglos y sostuvo a la figura moderna del crítico. Queda por verse qué espacios sobreviven a las pantallas y qué hacen los críticos literarios –cada vez más al borde de la silla–para jugar sus cartas. En principio pocos salen de la tendencia general que ve al lector como un “encefalograma plano”, “idea totalmente equivocada”, dice Casamayor. Crece el mito de que al otro lado, si es que hay alguien, nadie entiende nada. La crítica literaria está en pleno trabajo de rehacerse y de buscar equilibrio entre el papel, escaso, y la invasión de pantallas. La regla del presente supone que el mayor caudal de información pasa, sin pausas, por la fibra óptica, de modo que si alguien quiere noticias de un escritor y de un libro lo resuelve de inmediato por vía rápida, no tiene que esperar a que un lector profesional abra cajas, se tome el trabajo de leer, consulte el Larousse Ilustrado y diga algo.
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