Gotas sociales en el océano francés

Jean-Pierre y Luc Dardenne viven en Lieja, una de las ciudades más importantes de Valonia, la región de Bélgica idiomática y culturalmente más cercana a Francia. Suelen rodar sus películas en la vecina Seraing, un pequeño centro industrial de pasado próspero y presente caracterizado por una fuerte oleada inmigratoria, pero ese lugar nunca es señalado como tal. Se trata, más bien, de una escenografía impersonal, fría e indiferente, que podría ser la de cualquier suburbio o pueblo a uno u otro lado de la frontera entre Bélgica y Francia. Eso explica la comodidad con que su cine asume la idiosincrasia, las tonalidades y los valores que el resto del mundo identifica como franceses y que asimismo han sido impuestos por la lógica de la coproducción, necesariamente comandada por el “hermano mayor”. En todo caso, sus métodos creativos, la operatividad de una propuesta que no disimula su radicalidad en el desprecio a las soluciones fáciles o sencillas, su marxismo aggiornado y la fuerte impronta colectivista de una mirada que presta una atención especial al entorno que rodea a sus personajes y revela tanto de éste como del pretexto dramático que se desarrolla en su interior, son percibidos, desde aquí, como unas gotas de compromiso social en medio de un océano francés o francófono usualmente surcado por aguas existencialistas o individualistas.
No son las únicas gotas, en Bélgica y en Francia. Están por supuesto los documentalistas como Raymond Depardon. Y dentro del cine de ficción, los compañeros de ruta que, como ellos, han asumido el compromiso autoral como una prolongación, una consecuencia o un apéndice del compromiso social. La lista es corta pero significativa. Como son significativas las diferencias (conceptuales, metodológicas, ideológicas) que los distinguen, sin juicio de valor de por medio, de los Dardenne. El provenzal Robert Guediguian (Marius y Jeanette, La ciudad está tranquila) es un comunista redivivo sinceramente preocupado por el devenir comunitario de los proletarios de Marsella, que ya no piensan en ninguna revolución sino en conservar lo que puedan de su dignidad; sus “soluciones”, empero, están impregnadas de un tinte romántico impensable en el cine de los Dardenne. El tunecino Abdellatif Kechiche (Juegos de amor esquivo, Cous-cous) se centra en las vicisitudes de los inmigrantes, preferentemente árabes, se abre a otras razones y a otras etnias y evita los dogmas; también evita lo que él quizás tildaría de rigor excesivo u objetividad autoimpuesta. El cine de Laurent Cantet (Recursos humanos, Entre los muros) es metodológica y conceptualmente tan marxista como el de sus colegas belgas, con la salvedad –o acaso la ventaja– de que no procura disimular el afán dialéctico de su materialismo fílmico; es entonces más frío, más plano, más ejemplar, menos abierto, aunque igual de valioso.
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