Brecha Digital

Después del cáncer, la vida, y el cine

Serge Catoire, que reparte su vida entre Francia y Uruguay, fue el productor ejecutivo de Declaración de guerra, la película que ayer estrenó Cinemateca Uruguaya. Su perspectiva es, desde ya, la de alguien sinceramente involucrado en este exitoso emprendimiento.

 

—¿Cuál fue exactamente tu función en Declaración de guerra?
—Fui el productor ejecutivo, aunque en realidad mi trabajo fue el de una especie de superdirección de producción. Me involucré a pleno en todo el proceso, desde la preparación hasta la entrega de la copia para la proyección en el Festival de Cannes.
—Estuviste obligado, entonces, a tomar decisiones importantes todo el tiempo.
—Sí, como la de insistir, luego de muchos trámites, en que la película sí se podía hacer en las condiciones deseadas, lo que incluía filmar en hospitales a los que los protagonistas habían ido como padres, siempre que el equipo fuera chico y controlable. Eso decidió al productor a seguir adelante con el proyecto. También logré, modestamente, que se filmara con niños muy chicos, con bebés, en Francia, donde este asunto está muy controlado. Mucha gente nos recomendó filmar en Bélgica, donde la legislación es más laxa. Esto era imposible, porque la nuestra era una historia real. Le buscamos la vuelta, como la de trabajar con más de un niño, aunque uno de ellos era el principal y obtuvo “más cámara”.
—¿Cómo surgió este proyecto?
—Fue una iniciativa personal de Valerie Bonzelli, guionista, directora y actriz principal, que cuenta su vida y se interpreta a sí misma, al igual que su ex marido. Valerie es una actriz conocida y prestigiosa, y ya había dirigido una película en 2009, La reine des pommes. Pero Declaración de guerra era en realidad su primer proyecto, desde siempre, o desde que vivió junto a Jérémie la experiencia de tener un hijo de un año de edad con un tumor cerebral. Nueve años más tarde el niño estaba bien y ella se impuso dirigir esta película para recién después dedicarse a hacer otra. El productor Edouard Weil le dijo: “Bueno, la hacemos pero tendrá que ser muy chica, con poca producción, porque una película sobre un niño con cáncer no irá a verla nadie”.
—¿Cómo reaccionó Valerie?
—Estaba feliz. Tener el sí del productor, de que la película se hace, es siempre una buena noticia. Valerie no es tonta, ella sabía que no podía imponer condiciones como las de un presupuesto más holgado –tuvimos alrededor de un millón y medio de euros–, y además sólo había dirigido un largometraje de bajo perfil que había vendido unas 30 mil entradas. Decidimos privilegiar la idea de que tenemos aquí una directora y actriz que cuenta su vida. Que vivió algo complicado que quiere compartir con los demás. Algo muy grave que, además, superó. Eso puede funcionar como un llamador para el público, y además había ingredientes de historia de amor.
—¿Todo lo que se cuenta es real?
—Bueno, yo no estuve allí, en la vida real…, pero lo fundamental sí es fiel. Los hospitales, por ejemplo, fueron los verdaderos. Además ni siquiera teníamos la plata para filmar en otro lado, lo que nos hubiera costado no menos de 3 mil euros al día sólo para eso. Al final convencimos a los involucrados y esa parte salió fácil y gratis. La oficina del cirujano profesor Sainte-Rose es la de él, aunque para el rodaje busqué quitar algunos diplomas de la pared, porque quedaba demasiado ampuloso. Trabajamos muy artesanalmente, con un equipo técnico de 12 a 15 personas, sin tener un solo camión, apenas una camioneta chica. Aunque tuvimos un rodaje largo, de 11 semanas.
—¿La idea siempre fue la de seguir puntualmente la historia?
—En lo básico. No respetar religiosamente todo, sí lo fundamental, como lo de los hospitales. Lo que creo que es tal cual es la resolución de la historia y detalles como la configuración de la familia de ellos dos, por más que se contrató a actores para que interpretaran a los personajes reales. Eso sí, el niño al que filmamos ya grande (10 años) y las enfermeras, son los verdaderos.
—¿Nunca se plantearon introducir más elementos documentales?
—No, la búsqueda principal era la de las emociones. Valerie tenía todo en la cabeza, lo tuvo durante casi diez años. Cuando se enteró de que su hijo estaba enfermo empezó a anotar cosas para la película que, quizás, haría después. Eso le dio una gran densidad e intensidad.
—Lo que no quita que tenga mucho humor.
—Fruto, en parte, de un rodaje muy feliz. Éramos pocos y el ambiente entre nosotros era muy lindo, con mucha energía. Eso facilitó la irrupción del humor.
—Casi un millón de entradas en Francia, ¿cómo se llegó a eso?
—Una sorpresa enorme. Algo de suerte, claro. Pero también la conjunción de ciertas cualidades: es buena, es compartible, es de fácil acceso, termina bien. Me hizo acordar a otra película en la que intervine y que conocés, El baño del papa.
—¿A quién se le ocurrió el título, La guerre est déclarée, que me parece fantástico?
—A Valerie. Al distribuidor francés no le gustaba, pero después de la primera presentación pública vio que tenía una pepita de oro y no jodió más.
—¿Cuáles son tus próximos proyectos?
—Tengo algunos en Francia y uno en Uruguay, junto a mi amiga y productora Elena Roux, una película de animación sobre la fuga de los tupamaros de la cárcel de Punta Carretas.

Comentarios   

 
0 #1 NORA 02-09-2012 01:58
mE Gustó mucho la pelicula y seguro me va a gustar lapróxima por la temática..
habrá extras?
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