La comunicación mueve montañas
- Última actualización en 24 Agosto 2012
- Escrito por: Ronald Melzer
He aquí, entonces, el resultado de una amalgama perfecta y premeditada de tres elementos, recursos o circunstancias que en el cine moderno suelen correr por carriles diferentes. Primero –porque está originado según se fueron dando los hechos– la reconstrucción o, a los efectos cinematográficos, construcción de un caso doloroso, uno de los más angustiantes y de más difícil tratamiento que uno pueda concebir: el cáncer cerebral que afectó a un niño de un año de edad, el pánico, la toma de conciencia y la laica fe de sus padres, la lucha de toda su familia por obtener la mejor cura o, en todo caso, el mejor paliativo, la reacción de la sociedad y, sobre todo, de las instituciones y las personas médicas (las cuales, cabe señalarlo, quedan mucho mejor paradas que lo habitual en la prensa, los documentales y las ficciones de hoy: otro manifiesto y, acaso, un acto de justicia). Segundo, el carácter profundamente autobiográfico de la historia a contar. Úsase el término “profundamente” como respuesta o corrección al más vano “completamente”. Donzelli y su compañero, el actor y aquí también colibretista Jéréim Elkaim, pasaron, a comienzos de la década pasada, por esta situación; la afrontaron, juntos y luego separados, como pudieron, nunca dejaron de ser ellos, nunca se traicionaron en lo íntimo, nunca ocultaron sus divergencias y sus disputas. La película reconstruye esa convivencia, es fiel en la puesta en escena de algunos lugares, como los hospitales, donde ocurrieron los hechos; altera conveniente y dramáticamente otros, no duda en recurrir a actores para interpretar a otros personajes; a la manera de un documental reconstruido como una ficción, juguetea con lo accesorio y mantiene la esencia. Tercero, la voluntad de comunicarse a toda costa, afectiva y estéticamente, con el público más o menos masivo de hoy; entonces la cámara es ágil y movediza, las tomas son breves y contundentes, los diálogos son coloquiales, los personajes son reconocibles a primera vista, el humor campea por doquier, la música de fondo es popular y ganchera y hasta hay un despertador o un celular desde el cual se escucha la melodía de “La Internacional”. Esto no se contradice ni con el carácter autobiográfico ni con la gravedad del tema. La idea es que ayude a trasmitirlos y, por qué no, a popularizarlos.
Son ésos la idea y el principal logro de la directora, a la que por cierto podrá reprochársele la evidente aceleración dramática de varias decisiones de su propio personaje, el aparente facilismo de algunas decisiones e, incluso, el haber atravesado en más de una instancia la barrera que separa la alegría de la frivolidad. Pero lo que nadie debería reprocharle es su habilidad, hija de su determinación, para convertir el más temerario de los asuntos en la más asequible, entretenida y comunicativa de las películas posibles.

