Brecha Digital

Libros sin pasaporte

La escena es habitual: un transeúnte camina por la vereda de 18 de Julio, pasa frente a un quiosco, observa las tapas de los diarios y revistas argentinos. A veces vuelve sobre sus pasos, el título de alguna noticia lo retuvo. Esta escena por el momento no se da en la vecina orilla con las publicaciones uruguayas. Desde setiembre del año pasado el gobierno argentino bloqueó el ingreso de libros, diarios y revistas de confección nacional.

 

Es difícil escribir sobre las medidas de proteccionismo económico del gobierno argentino en una página de cultura. La discusión es básicamente política, ya lleva varios meses y mucha tinta derramada, y de alguna manera está repercutiendo en la industria editorial uruguaya y afectando a la población letrada argentina.
Todo comenzó en setiembre de 2011, cuando el secretario de Comercio Interior argentino, Guillermo Moreno, comunicó a las editoriales la instrumentación de nuevas regulaciones, agregando que “mientras haya un pobre en la Argentina el sistema va a ser éste”. Más allá de las molestias y entredichos que evidentemente despertaron esas declaraciones, la medida sobre los libros parecía ser provisoria. Se esperaba que en vísperas del comienzo de la Feria del Libro en Buenos Aires el gobierno bajara las revoluciones y se diera cuenta de que la medida era desde todo punto de vista descabellada. El problema fue que llegado el momento las editoriales uruguayas se enfrentaron a grandes problemas para ingresar sus libros a Buenos Aires y armar los stands. Se necesitó la intervención de los gobiernos de ambas orillas para que, por un cierto lapso, se levantara el bloqueo. Un grupo de editores uruguayos y argentinos expresó sus molestias a Moreno, lo increparon por la medida, él dijo como toda respuesta: “Si se bloquea el ingreso de medicamentos, qué me va a preocupar el ingreso de los libros”.
La medida proteccionista –como toda medida de este tipo– tiende a fortalecer a la industria interna de Argentina. Se estableció una regulación por la cual las editoriales y librerías pueden importar la misma cantidad de productos que la que exportan. De alguna manera, este “uno a uno” permitiría evitar un avasallamiento de las publicaciones realizadas en el exterior, con vistas a fortalecer la producción nacional.

DAÑOS A TERCEROS. Las primeras en recibir los coletazos de esta medida –además de las editoriales que no pudieron colocar sus títulos en Argentina– fueron las imprentas uruguayas. Con un mercado interno tan pequeño y con maquinaria ideada para producir en grandes cantidades, el mercado argentino siempre fue una salida perfecta. Era frecuente que las editoriales argentinas enviaran a imprimir sus libros en Uruguay, por los bajos costos y la calidad del producto.
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