Al tablado con lupa académica
- Última actualización en 24 Agosto 2012
- Escrito por: Carolina Porley
En un despacho de la unesco en la Ciudad Luz está el expediente presentado por la Intendencia de Montevideo y la Facultad de Ciencias Sociales de la Udelar para que el organismo internacional apruebe la creación de una Cátedra unesco en Carnaval y Patrimonio.* La iniciativa, que de aprobarse permitirá impulsar la investigación en el área, comenzó a tramitarse en 2009 a iniciativa de la comuna, que se acercó a la Universidad y luego a la Facultad de Ciencias Sociales (fcs), para hacer una propuesta en conjunto. Rápidamente el tema recayó sobre la principal investigadora que tiene el país en el tema, la historiadora Milita Alfaro, quien en el marco de la futura cátedra preparó un proyecto de posgrado en el área (véase recuadro).
—¿Cómo ves el estado de la reflexión académica sobre el Carnaval?
—De a poco el Carnaval tiene más visibilidad, y hay un mayor interés por su estudio. Eso se vincula a los cambios significativos que se han dado tanto a nivel del propio Carnaval como en las ciencias sociales. En los últimos años, quizás décadas, el Carnaval empezó a transitar por nuevos carriles desde lo artístico y estético, con un cuidado mayor en los guiones, los coros, el vestuario, la actuación, que le han permitido acceder a un público que antes lo miraba con cierta prevención, o no lo valoraba como manifestación cultural.
Hoy uno ve espectáculos con un nivel de sofisticación impresionante. Antes ibas a ver la murga al tablado y punto. Ahora está esa exigencia de ver la actuación en el Teatro de Verano, porque si no te perdés una cantidad de cosas (el sonido, la iluminación, etcétera). Eso no me gusta demasiado, porque se pierde cierta comunicación directa con el espectador. Me parece bárbaro que el espectáculo crezca y se haga más sutil y sugerente, con más recursos, pero al mismo tiempo hay pérdidas. Por ejemplo el sonido tradicional de los coros de antes. Si se los analiza desde el punto de vista musical, encontrás allí muchas debilidades, seguramente no se entienda de qué están hablando, pero tienen un sabor irrepetible. Creo que hoy el Carnaval está perdiendo cierta convocatoria, porque está dirigido más a una clase media “progre”, familiarizada con determinada sofisticación del lenguaje. Y hay gente que se aburre. Esto se ve más en la murga que en las otras categorías.
Entonces, a esos cambios internos del Carnaval se suman cambios –poco a poco– en las ciencias sociales. La academia está renovando sus intereses, está abriendo su mirada a manifestaciones populares que antes no se estudiaban, los temas eran bastante tradicionales.
Cuando a fines de los ochenta comencé con el tema desde la historia, fui bastante incomprendida. Tuve sí el apoyo entusiasta de José Pedro Barrán, que ya había incursionado en el tema desde la historia de la sensibilidad. A él le pareció notable, y sin duda lo consideró un enfoque que se justificaba. Pero para la mayoría no era así. Incluso hasta hoy sigue siendo una cosa no muy aceptada.
Hay gente que piensa que estudio el Carnaval porque me gusta. Y en realidad el Carnaval es una forma de aproximación a la forma de pensar de la gente, sobre todo de ciertos sectores de la sociedad cuyas voces no se encuentran documentadas de otra forma. No es sólo un objeto en sí mismo. Te ayuda a estudiar a la sociedad desde otro lugar. Y a hacer un tipo de historia diferente. Estudiar por ejemplo de qué se ríe o de qué se burla la gente. El Carnaval te habla muchísimo de una sociedad desde un lugar que no son los tradicionales de la historia política o económica. Esto está muy incorporado en otras historiografías, en Europa, no tanto acá. Es una forma de microhistoria: un recorte histórico que permite estudiar la sociedad desde temas supuestamente menores, invisibles en los grandes procesos.
A mí me gustaría ver esto como una historia de la risa. De qué se han reído los uruguayos a lo largo del tiempo. Cómo cambiaron las letras. En los años veinte hay letras muy absurdas. Por ejemplo “las peroratas”. Todo era con pe: “pueblo presente pero público paciente, procedamos prudentemente poniendo punto”. La crítica política estuvo siempre. El Carnaval es uno de los pocos medios que tenés para saber qué pensaba la gente. Cuando la creación de ancap, las murgas estaban en contra. Lo vieron como forma de ampliar el Estado, más cargos públicos, puro clientelismo. En 1932 hay cuplés contra la “caña fulera” de ancap, que “si hasta bronca da tomarla” (antes se tomaba caña cubana).
—Lo que hoy son las encuestas de opinión, podrían tener su equivalente en las letras de murga en los años treinta…
—Por supuesto. Pero creo que aún no hay real conciencia de la riqueza del material. Los colegas me llaman y me dicen: “Milita, ¿no tendrás alguna letra que diga algo de tal o cual cosa?”. Y lo incorporan a su investigación, pero de un modo anec-dótico, ilustrativo. A nadie le da por hacer el trabajo duro de estudiar los libretos.
Es importante ver en los años treinta la gran xenofobia que había contra el inmigrante, sobre todo el de Europa oriental. Las cosas que decían contra los judíos son impresionantes. Al español y al italiano no los señalan tanto porque ya están incorporados, asimilados. Pero el judío y todos los inmigrantes que vienen del este de Europa son unos mugrientos, tienen olor, son lo peor que hay, te sacan la plata y el trabajo, nos van a sacar todo y se van a quedar ellos con el Uruguay. Es terrible. Hay un contexto de crisis económica que hace que el inmigrante sea visto como un competidor, una amenaza. Lo interesante es que uno ve la famosa ley antiinmigración de Terra, que es una ley racista (específicamente no permite la entrada de ciertos grupos), y piensa ¡qué horrible Terra!, pero la gente lo estaba pidiendo. No es el gobierno, es la sociedad misma la que tiene esa actitud xenófoba. Eso te interpela la imagen del Uruguay integrador.
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